Jorge Sagrera Escritor/Lic. en Comunicación Social

lunes, 10 de septiembre de 2007

El loco y la cuerda (un cuento de docentes)

Jorge L. Sagrera
sagreravilla@redsp.com.ar



El loco y la cuerda



El chico golpeaba la pata del escritorio con la punta del zapato. Una y otra vez. Tum, tum, tum. Niño deja de joder con la pelota. El profesor Quintana también se acordó del sacerdote aquél, el de la canción de Facundo Cabral: Dejad que los niños se acerquen a mí... ¡pero no tanto, carajo!... ¡No tanto!
Ese golpeteo fastidioso del muchacho, le recordó que debía cambiar el cuerito de la canilla de la cocina. Ya eran dos noches: las gotas cayendo sobre la pileta de zinc, no lo dejaban dormir.
Tum, tum, tum.
La mamá de Ramírez, el joven anárquico de 3º Polimodal, interrumpió su monólogo y sacudió a éste, su otro hijo, por el hombro de la chomba.
-¡Quedáte quieto! -dijo.
La Directora entró al despacho con el libro de Actas en la mano. Miró a la mamá de Ramírez, a su hijo menor. La expresión de esas caras, le hicieron decir:
-Me cuidan el despacho, por favor.
La mamá de Ramírez, que ya era como de la casa, dijo "Buen día, Norma". Cuando se puso de pie para querer saludarla con un beso, se le vino abajo la bolsa de los mandados que tenía en la falda. Eran sólo naranjas. Una rodó por debajo del escritorio, otra fue a parar hacia los pies de la Directora: tuvo la tentación de darle un puntapié, pero la mamá de los Ramírez fue más rápida y se agachó a recogerla. Desde ahí abajo saludó:
-Cómo le va, Norma.
A la Directora le gustó un poco esa situación: alguien a sus pies, saludándola. Evocó aquel cuento donde el protagonista se siente un dios porque unos conejos danzan a su alrededor. En ese momento no pudo precisar el título. Lo habían trabajado en una capacitación docente, eso sí lo recordaba, pero el título del cuento, no. ¿Y el autor?: jamás iba a saberlo. El encargado de traer las fotocopias se disculpó diciendo que, a él, le habían dicho que fotocopiara el cuento. Nada más.
El hijo menor de los Ramírez andaba en cuatro patas debajo del escritorio buscando la otra naranja. La consiguió. Enseguida gateó en reversa y se levantó, pero lo hizo antes de superar la línea del escritorio. El ruido que hizo la cabeza con el borde de madera interrumpió el diálogo entre la Directora y la madre de Ramírez.
La Directora se dirigió al profesor Quintana.
-El acta -dijo.
Quintana encogió leve los hombros.
La Directora entrecerró los ojos.
-Venga, por favor- dijo.
Se colocaron detrás del busto de Sarmiento. La Directora se sentía especialmente protegida por ese bronce. Como siempre, a Sarmiento le habían hecho la cabeza desproporcionadamente grande. Semejante cabeza, a la Directora, le daba seguridad.
-Quintana -dijo la Directora-. No me revuelva las tripas. Escriba todo en el Acta. Todo lo que haya que escribir, ¿me entiende? Y punto. Racionalización, profesor. Organización. Si no, ésto, se convierte en un caos. Y a decir verdad, no me importa demasiado lo que usted opine, y más teniendo en cuenta su situación. ¿Comprende, Quintana?
-Sí.
-No lo olvide: organización racional... "Guarda el orden que el orden te guardará a ti". ¿Quién lo dijo?
El profesor Quintana pensó un momento. No se le ocurría gran cosa. Recordó algo parecido en la bandera del Brasil: orden y progreso.
-Fernando Collor de Mello -dijo.
-Usted es nacido acá, debe haberlo escuchado alguna vez. Si iba a misa en los años setenta, debe haberlo escuchado.
-Pablo VI
-Deje de hacerse el imbécil, Quintana. Si sigue así... me está obligando a adelantar...
Se interrumpió ahí, porque se dio cuenta que había alzado la voz. La mamá de Ramírez miraba a uno y a otro y tomaba cuenta de la conversación.
La Directora salió del despacho y el profesor regresó al escritorio. Se sentó. El chico lo miraba. Criatura. Chicuelo. Retoño. Galopín. Impúber. Vástago.
La mujer comenzó a hablar del hijo por el que había sido citada: el Ramírez que iba a 3º Polimodal.
El joven, en un trabajo de Lengua y Literatura, había cambiado un poco las estrofas del Himno Nacional Argentino. Quintana, había puesto especial énfasis en que iba a tener muy en cuenta, sobre todo, la forma. Y en ese sentido, la tarea de Ramírez, seguía las reglas del género. Era un buen trabajo desde ese punto de vista. Sin embargo, no era para hacerlo circular líbremente por ahí: resultaba ofensivo desde el lado que se lo mirase. Pero el joven hizo unas cuantas copias y se dedicó a empapelar la escuela. Incluso mandó su trabajo a algunos medios de comunicación.
La mamá de Ramírez hablaba. El hijo menor tenía metido el dedo en la nariz. Sacó algo del agujero, lo estudió un momento y, sin dejar de mirarlo, lo depositó en el borde del escritorio.
Quintana no pudo evitar un gesto de repugnacia.
La mamá de Ramírez tomó nota de ese gesto.
-Claro -dijo la mujer-, a mí me causó la misma impresión que a usted... Es terrible, verdaderamente terrible que estemos viviendo algo así...
La mujer se quedó esperando la compasión del profesor de su hijo.
-Sí... terrible -dijo Quintana.
-Mi marido dice que, por una actitud como esa, su padre lo habría molido a golpes. Ya se sabe cómo piensan los policías respecto a la patria.
El chico sacó otro moco, lo presentó ante sus ojos y lo estudió hasta quedarse bizco. Luego lo colocó, con prolijidad, paralelo a la extracción anterior.
Parecía que marcaba la cacha de un colt.
Dos mocos muertos, pensó Quintana. Dos mocosos muertos.
De repente el muchacho estornudó: de uno de los agujeros de la nariz le quedó colgando algo parecido a un caracol aplastado.
El chico miró al profesor. A la madre:
-Mamá- dijo.
-Asqueroso- dijo la madre y, con el pulgar y el índice, le limpió la nariz; luego bajó la mano. El profesor la veía maniobrar. No supo el destino final del moco: tanto podría haber ido a parar debajo del escritorio, como a plastificar el vestido de la mujer.
-Es travieso el galopín.
-¿Eh? -dijo la mamá de Ramírez.
A Quintana le gustaba jugar con sinónimos. Lo que más le gustaba era la cara de la gente cuando los escuchaba.
-El vástago -dijo el profesor y lo señaló con un gesto de la cabeza- , es travieso.
-Ah... sí.
La mujer continuó hablando. Ahora el tono era confidencial. Quintana no podía concentrarse.
El chico rascaba, con la uña del dedo índice, la esquina de una foto que sobresalía por debajo de la tapa vidriada del escritorio. Era una foto reciente de la Directora con el Ministro de Educación de la Provincia. A la Directora se la veía muy contenta y estaba orgullosa de esa instantánea. El chico arañaba la fotografía, como si quisiera sacarla de ahí.
-... le dije a mi marido, no digas esas cosas del profesor: un momento de descontrol lo puede tener cualquiera...
Quintana se dio cuenta de que hablaba de él. Sintió ese súbito calor, que le dejaba como un mapa la piel del cuello.
-Últimamente -dijo la mamá de los Ramírez-, los chicos vienen muy mal educados: un coscorrón no le hace mal a nadie, ¿no?
No había sido un coscorrón, claro. Al profesor Quintana se le presentó el desafortunado incidente con aquel alumno de 2º año. Pensó que si la señora de Ramírez lo sabía, todo el mundo lo sabía.
-A nosotros nos agarraban con el cinto -dijo la mujer-, con la hebilla, y tan mal no quedamos, ¿no?
-No... - alcanzó a decir Quintana.
El chico no conseguía quitar la foto de ahí, sólo había dejado, como si la hubiese roido una rata, carcomido uno de los ángulos.
-¡Dejá eso! -dijo la mujer y lo zamarreó de la chomba.
El chico le dijo ¡Puta! y le tiró un puntapié.


No era mucha la velocidad, pero el taxi se le venía encima. El profesor Quintana miró el semáforo y preparó una disculpa: Disculpe, iba distraído. Comprobó que, el verde, no habilitaba al taxista.
-¡Está en rojo! -dijo Quintana.
El hombre sacó el brazo por la ventanilla y alzó el dedo medio.
¡Ah... bueno!, se dijo el profesor, hoy me sale todo mal ¿Todo mal?, le había dicho la psiquiátra. No, Quintana. No. Es uno el que ve todo mal, las cosas suceden, nada más. Son buenas o malas desde el punto de vista de uno. Desde dónde uno se ubica para mirarlas.
Ahora, más atento al tráfico, cruzó la calle para ir hasta la ferretería. Recordó que no había confeccionado el Acta. Mañana iba a tener un problema. Él iba a tener un problema y la Directora un excelente motivo para pedirle que tome una licencia mientras se resolvía el asunto del sumario.
Los del gremio se lo habían sugerido: tareas pasivas hasta jubilarse.
-¿Cuánto le falta, Quintana?
-Seis años -dijo él.
-Y bueno... yo que usted...
Quintana, en ese momento, iba a decir algo sobre la vocación. Pero no lo hizo.
Entró a la ferretería. El dueño maltrataba a los clientes. El profesor se había preguntado por qué, entonces, siempre iba ahí. Cuando el ferretero comenzó a llamarlo: "maestro"; "qué lleva, maestro", no le disgustó. Pensó que el hombre intentaba diferenciarlo. Sin embargo, otro día, el dueño trató de la misma forma a otro cliente. "Qué más, maestro". El profesor no era clasista, pero le molestó un poco esa banalización y desdibujamiento de roles y categorías.
Como el dueño nunca lo hacía, Quintana entró sin saludar.
-La canilla gotea -dijo Quintana-. Deme dos o tres cueritos.
El ferretero fue hasta la estantería y comenzó a rebuscar en una gaveta. El profesor se distrajo mirando las herramientas que se exhibían colgadas de los tirantes del techo. Luego se detuvo un instante en la vitrina de los pegamentos. Se quedó mirando el Poxiran y enseguida pensó en el hermano menor de Ramírez: dentro de cinco años, quizá, lo tendría como alumno. En un rincón, junto a unas mangueras y cadenas desordenadas, estaba la cuerda. Enrollada como un turbante, el extremo descansaba en el piso. Desde ahí abajo parecía acecharlo (o invitarlo).
La serpiente del génesis acechándome el talón.
El ferretero guardó los tres cueritos en una bolsita y la tiró sobre el mostrador.
-Dos con cincuenta- dijo.
El profesor se lo quedó mirando un momento. Desvió la vista hacia el Poxiran y luego hacia el rincón.
-¿Y esa cuerda? -dijo el profesor-, ¿es resistente esa cuerda?
-Sí, maestro. Lo suficiente como para colgar un cuerpo.
El profesor se quedó pensando un momento.
-Tal vez -dijo-, el problema esté en el vástago de la canilla...
El ferretero no respondió.
-Déme un vástago también... no sea cosa que...
-De qué tipo..
-Ah... hay de varios tipos...
-Claro.
-Mmmm... Para esas canillas... -el profesor hacía el gesto, girando las manos- esas canillas... cómo se dicen... mezcladoras. Eso es: mezcladoras.
El ferretero trajo el vástago y lo dejó sobre el mostrador. El profesor lo miró esperando que dijera el importe total de la compra. Pero no, el otro no decía nada. Entonces, el profesor abrió la boca como para preguntar.
-Cuántos metros va a llevar- dijo el ferretero.
El profesor Quintana pensó que, acaso, esa no iba siendo una mala jornada. Todo tenía que ver con el lugar dónde él se iba a ubicar para verla.
-Usted creé que con tres metros va a andar bien.
-Sí, maestro, con tres metros le alcanza perfecto.
-Bueno -dijo el profesor-, entonces, déme tres metros.

Tags: Cuento; literatura, docencia.

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