domingo, 16 de septiembre de 2007
Publicado por Desconocido @ 1:25
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El séptimo roble

(Cuento)


Por: Jorge Luis Sagrera
sagreravilla@redsp.com.ar





Gladys, la monjita, caminaba rápido hacia la Rectoría del colegio. Llevaba sujeta por el brazo a Luciana, la chica de tercer grado. La monjita era flaca y alta y el brazo de la chica se había ido hacia arriba. El antebrazo le colgaba sin vida, como un ahorcado, balanceándose de atrás para adelante con la misma velocidad que atravesaban el patio de baldosas terracota.
La Hermana Gladys pertenecía a las Inspiradas en María, congregación boliviana, que desde hacía cincuenta años trajinaban Latinoamérica bajo el lema: “Ayer, María, sirvió a Jesús. Hoy, nosotras, servimos al Sacerdote”.
Cuando el padre Licurgo solicitó al Arzobispo de Buenos Aires el envío de las Inspiradas en María, para ocuparse de los servicios del templo, la limpieza de la casa parroquial y de la catequesis del colegio, no tuvo en cuenta que, la Hermana Gladys y su comunidad eran, enteramente, de nacionalidad boliviana.
El colegio, donde las Inspiradas en María enseñaban religión, era un colegio de mujeres. La dificultad se presentó en la catequesis, sobre todo en la del primer ciclo. Gladys, refiriéndose a las chicas, decía: las bolitas.
Según opinaban algunos papás, éste no era el mayor problema. Había ejemplos históricos, decían, en los que, calificativos humillantes, eran resignificados y utilizados con gran acierto político. La hermanita Gladys había dado una magnífica muestra de misericordia: aceptó el despectivo bolita, con el que se señalaba a los de origen boliviano, e intentó convertirlo en un calificativo cariñoso. Sin embargo, insistían algunos papas, éste no era el mayor problema. El problema era cultural.
El padre Licurgo defendió a las Inspiradas en María. En la reunión de padres, argumentó que la instrucción religiosa, es decir la catequesis, debía abordarse desde lo intelectual, como si fuera una materia más. Como Matemática, Computación o Biología, dijo.
Aquella vez, la mamá de un chico de segundo grado se puso de pie y pidió la palabra.
-Quiero hacer una pregunta- dijo la mujer -. Antes que nada veo necesario aclarar que no tengo nada personal con las Inspiradas en María, porque acá no estamos cuestionando valores morales, ¿me comprende, padre?
Licurgo titubeó.
-Perdón- dijo -, ¿me puede repetir la pregunta?
La mujer quedó estupefacta y con ella la mayoría de los papás. Sobre todo los que estaban sentados en el fondo, próximos a la mujer.
-Todavía no la hice- dijo.
La mujer no pudo evitar ponerse colorada.
-Adelante, adelante- la animó el sacerdote, y reforzó esas palabras con un gesto de la mano.
-Lo que quiero preguntar, padre Licurgo, es lo siguiente: teniendo en cuenta que estamos en la Argentina; digo yo, encargando la catequesis a una congregación boliviana, ¿no cree que podemos repetir el error de 1492?...
Licurgo ahogó el micrófono con su mano derecha, giró la cabeza hacia el Administrador del colegio.
-¿Qué dijo?- murmuró -. ¿Qué pasó en 1942?, ¿se refiere a la postura del Vaticano en la segunda guerra mundial?.
-Creo que dijo 1492- respondió el Administrador.
-¿La ostopilitik de Pablo VI?.
-No- dijo el administrador -, eso fue posterior. Ella dijo 1492.
La mujer seguía hablando.
-¿No cree usted- dijo – que la Hermana Gladys conducirá hasta Dios a nuestras hijas, las bolitas, en la forma y el sentir boliviano?.
Licurgo no pudo reprimir una sonrisa. Llevó la mano al micrófono y luego se inclinó hacia el secretario que tomaba apuntes para el acta: "No anotes nada de lo que está diciendo", dijo, "se salió del orden del día".
-... si el choque de culturas producido en 1492- dijo la mujer - aún no pasó por el taller del chapista... ¿Por qué nos empeñamos en seguir a contramano de la historia?
El padre Licurgo prometió que iba a tener muy en cuenta esa opinión. También dijo que si no había otra pregunta daban por terminada la reunión, porque ya eran las once de la noche, estaban en el mes de mayo y comenzaba a hacer frío.

La hermana Gladys, convencida de que sólo siendo puros se llegaba a contemplar el rostro de Dios, intentaba que las bolitas oraran en castellano castizo. "Haznos dóciles a ti, Señor", gustaba rezar Gladys. Luciana, la chica de tercero, afirmaba que, dicho así, parecía que todos ellos eran unos reverendos asnos.
Además, la chica de tercer grado, se negaba a rezar: “Dios, tú sabes”, o “Dios hacia ti voy”. Argumentaba que, a los chicos y chicas de su barrio, o a las compañeras del colegio, les decía: “Vos sabés”, o “Voy para allá”.
Sin embargo, éste no era el motivo que las llevaba a la Rectoría. El motivo era que Luciana se negaba a entonar el himno número 52: “El Creador se regocija con las bolitas bien aseadas”, una metáfora del Sacramento de la Reconciliación.
Entraron a la Rectoría. Con un gesto, Gladys, indicó una silla a la chica.
-Te sientas ahí hasta que llegue tu padre.
-¿Dónde?- dijo la chica, revisando el lugar.
-¡Ahí!- dijo la Hermana Gladys -. ¡Ahí!.
-Pero... hay una maceta...
-Pues, te la sientas en la falda
Luciana se sentó y sostuvo la maceta sobre su pollera roja y negra, a cuadritos. Era una bonita maceta de barro cocido. La planta era muy apropiada para un colegio religioso: un Alhelí, de flores crucíferas. Luciana inclinó la cabeza y hundió la nariz entre las flores. Aspiró breve y con devoción. En el acto regresó a su posición inicial: la planta era de plástico.

El papá de Luciana entró a la Rectoría. Lo primero que vio, fue a su hija, sentada en un rincón, con una planta entre las manos. Lo segundo que vio, fue que su hija tenía los cordones desatados. Iba a saludar a Luciana y a atarle los cordones, pero la puerta se abrió intempestivamente.
Era la Psicopedagoga. La cortina de la puerta no había dejado de flamear y la Psicopedagoga se estaba disculpando.
-Perdón por la demora- dijo, sin esperar el perdón de nadie.
-Todavía no empezamos- dijo Gladys.
-... es que hay un chico en primero “C”... ¡Ese chico es insoportable!
-El papá de Mariana acaba de llegar- dijo Gladys.
-¡Luciana!- dijo Luciana detrás de las cruces rosas del Alhelí.
-... terrible- continuó la Psicopedagoga -, estos chicos cada vez miran más televisión.
-Por qué no nos sentamos- dijo la Hermana Gladys.
-... antes de traerlos al colegio- dijo la Psicopedagoga -, tendrían que hacer un año de instrucción militar.
-Qué buen chiste- dijo Gladys.
-Lo digo en serio...
La Psicopedagoga estaba dispuesta a explicar los excelentes resultados que se podrían conseguir con un año de instrucción militar, pero la Hermanita Gladys se le adelantó.
-Por qué no le comenta al papá de Luciana- dijo -las dificultades que tenemos con su bolita.
El papá de la chica se puso colorado y se dio cuenta de que era tarde para frenar el movimiento, era tarde para volver atrás: se había llevado las manos juntas a la altura de la bragueta.
-Anda bien en matemáticas- comenzó a explicar la Psicopedagoga, disfrutaba la turbación del papá de la chica -, pero no tan bien en Ciencias Sociales.
-Tampoco anda bien en Catecismo- dijo Gladys -. Nada bien, señor: Hoy se negó a cantar el himno cincuenta y dos. Tampoco había estudiado los dones del Espíritu Santo, señor.
El papá de la chica se llevó una mano a la boca, simuló toser. No volvió a bajar la mano a la altura de la bragueta. Con los brazos cruzados se sintió mejor.
-Ciencias Sociales y Catecismo- dijo la Psicopedagoga -. Materias humanísticas... - hizo una pausa, calculada, como quien va a aportar una buena reflexión - Como si la vida le costara- dijo -. Como si vivir le costara.
-¿Y a quién no?- dijo la monjita Gladys -. A todos nos cuesta vivir, pero no andamos por ahí viviendo anárquicamente...
-Disculpen- dijo el papá de Luciana.
La Psicopedagoga, hizo un paneo lento con la cabeza, mientras aleteaba sus pestañas como una mariposa.
-Sí, cómo no- dijo -, ¿qué duda tiene?
-Mientras hablamos, digo, Luciana ¿no podría esperarnos afuera?.
Dijeron que no había ningún inconveniente. Es más, agregó la Psicopedagoga, psicopedagógicamente hablando es conveniente que, el educando, no participe de la reunión.
Antes de que Luciana traspusiera la puerta de la Rectoría, el papá bajó hasta los pies de su hija para atarle los cordones.
Al atravesar el patio de baldosas terracota, un remolino de viento salpicó los zapatos de Luciana con hojas secas y papeles de golosinas.
Al fondo, en el bosque de los siete robles, el hombre de mantenimiento amontonaba las hojas caídas con la escoba de alambre. La chica se encaminó hacia allí. Cinco árboles ya estaban totalmente vacíos y cinco bolsas de plástico negro se alineaban como deudos a un costado del camino. Ahora, el hombre, había dejado la escoba de alambre y tenía una caña larga que remataba en un gancho de hierro en la punta.
Luciana se quedó junto a uno de los robles pelados. Después, se sentó en cuclillas. La espalda apoyada en el tronco. Era una chica flaca y las rodillas le rozaban las orejas. Sentada ahí, contra el tronco del roble, tenía todo el aspecto de una rana.
El hombre, mientras agitaba la caña entre las ramas del sexto roble, dijo:
-No escuché el timbre para salir al recreo.
-No- dijo la chica -. El timbre no sonó: mi papá está en la Rectoría.
El hombre de mantenimiento interrumpió la tarea un instante. Movió los hombros en forma circular. Se masajeó el cuello.
-¿Se portó mal tu papá?- dijo.
-No, él no- dijo la chica, con seriedad -. La que se portó mal fui yo.
El hombre de mantenimiento reanudó la tarea; se aferró al tronco del sexto roble y comenzó a sacudirlo de aquí para allá. Las hojas de color cobre caían como una lluvia de verano; Luciana puso las palmas hacia arriba y consiguió una.
-Te portaste mal- dijo el hombre -, y qué fue lo que hiciste, si se puede saber.
-No quise cantar el himno cincuenta y dos.
-Ah...- suspiró el hombre de mantenimiento. Una hoja había quedado en la rama más alta -. El himno cincuenta y dos.
-¿Lo conocés?- dijo la chica.
-¿El himno cincuenta y dos? Sí, claro- dijo el hombre -. Lo cantaba en mi época de monaguillo.
No tenía la menor idea de cuál era el himno cincuenta y dos.
-Tampoco estudié los siete dones del Espíritu Santo- dijo ella.
-Ajá...- dijo él - los siete dones...
Se estiró hasta ponerse en punta de pie. Con el gancho de fierro consiguió la rama de más arriba; la sacudió. La hoja se vino abajo. Mientras la miraba oscilar en el aire, dijo:
-Honrar padre y madre, santificar las fiestas y todas esas cosas.
-No- dijo la chica -, esos son los mandamientos. Los dones del Espíritu Santo son: Piedad, Entendimiento, Temor de Dios...
-¡Uh!- dijo el hombre -, Temor de Dios, qué miedo, ¿no?
Se acomodó el faldón de la camisa que se había salido atrás.
-¿No te gusta ver caer las hojas?- dijo la chica.
-¿Ver caer las hojas?
-Sí.
-Sí- dijo el hombre -, me gusta.
-¿Por qué no te sentás, entonces?
-¿Sentarme a ver caer las hojas?
Luciana hundió todavía más la cabeza entre las piernas, ahora las rodillas superaban las orejas. La chica tenía el aspecto de un conejo. Desde ahí abajo miraba hacia arriba y esperaba una respuesta.
-No puedo sentarme a ver caer las hojas- dijo el hombre -, tengo que reparar unos pupitres.
Miró hacia el galpón donde se amontonaban los pupitres. Inmediatamente agarró la escoba de alambre y comenzó a barrer las hojas.
-Mientras arreglás los pupitres- dijo la chica -, ¿por qué no dejás que las hojas se caigan solas?
El hombre dejó de barrer, apoyó el brazo sobre el palo de la escoba. Miró hacia el patio de baldosas terracota; dejó ir la mirada más allá, hacia la Rectoría.
-El viento las desparrama- dijo -, después tengo que andar detrás de ellas por todo el patio.
Caminó hasta el séptimo roble pisando las hojas secas. Con la caña comenzó a pegarle a las ramas.
-Son siete los dones- dijo -, pero mencionaste nada más que tres: Piedad, Entendimiento y Temor de Dios.
Luciana, a medida que el hombre enumeró los dones, alzó el pulgar, el índice y el dedo medio de la mano derecha.
-Consejo- dijo la chica alzando el anular -. Fortaleza y Ciencia- completó con el meñique; y abrió el pulgar de la mano izquierda.
Sopló un poco de viento que amagó con esparcir las hojas del piso. El hombre se apuró a barrerlas. Hizo un pequeño montón al pie del árbol, después las metió adentro de una bolsa.
-Van seis- dijo el hombre.
Alzó la mirada y midió el trabajo que aún le quedaba con el séptimo roble. No era mucho.
-El séptimo no me lo acuerdo- dijo la chica -, por eso se enojó la Hermana Gladys.
-Creí que la Hermana Gladys se había enojado por ese asunto del himno cincuenta y dos.
Sin esperar una respuesta se aferró al tronco del séptimo roble y comenzó a sacudirlo. Varias hojas se vinieron abajo. Luciana atrapó una en el aire, se la llevó a la nariz y respiró hondo.
-No es de plástico- dijo.
El hombre de mantenimiento miró a la chica. Después miró las hojas que quedaban en el árbol. Eran pocas.
-Basta por hoy- dijo.
La chica, que jugaba con la hoja de cobre, dijo:
-¿Qué?
-Van seis dones: falta uno.
La chica empezó a recitar otra vez:
-Piedad, Entendimiento Temor de Dios, Consejo, Fortaleza, Ciencia y... y...
-¿Y?- dijo el hombre de mantenimiento.
En ese preciso momento, una hoja del séptimo roble, se desprendió de su rama. Fue bajando, planeado en el aire, buscando el sitio justo; cayó sin violencia sobre el cabello de Luciana.
-¡Eh!- dijo la chica y llevó la mano a la cabeza -. ¿Qué tengo acá?.
El hombre sonrió.
-Sabiduría- dijo.

Tags: literatura, cuento, religión, catequesis.

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