Héroes eran los de antes (I)
Moisés era un varón importante, hay cuatro libros del Antiguo Testamento, que lo tienen como principal protagonista: Deuteronomio, Números, Levítico, Éxodo. Era un varón importante y bien plantado: en algunas ocasiones lo escuchamos increpándolo a Dios: “Deja de lado tu indignación y arrepiéntete del mal que quieres infligir a tu pueblo”.
¡Qué audaz!, ¿cierto? Así, era este muchacho.
Como puede notarse, en el tándem Dios y Moisés, había algunos chisporroteos y, en uno de éstos, a Moisés le mostraron la tarjeta roja. Dice el pasaje bíblico (Deuteronomio 32.52): “Por eso no entrarás en la tierra que yo daré a los israelitas, sino que solamente la verás de lejos”.
Hablamos, claro, del ingreso a la Tierra Prometida. Quién sabe la que se habrá mandado Moisés para no poder entrar a la Tierra Prometida. ¿Qué era la Tierra Prometida? ¿Qué significaba para el pueblo de Israel? ¿Qué para Moisés? ¿Cuál es su Tierra Prometida, estimado lector? Nos hacemos estas preguntas para tener una idea aproximada de la amonestación de la que el patriarca fue objeto.
Aunque, según Deuteronomio 3. 25, Moisés sería algo así como un primer Cristo: cargó con culpas ajenas. “Déjame ir a ver la hermosa tierra que está del otro lado del Jordán”, le suplica a Dios, y, a continuación, refiriéndose a los israelitas: “Pero por culpa de ustedes Dios se irritó contra mí y no me escuchó”.
Moisés, recordamos, salió de Egipto con todo el pueblo de Dios detrás (a veces iban al costado, porque estaban apurados). Era un líder y un gran conductor. Tomó con firmeza a ese pueblo y lo condujo por el desierto unos cuantos años. Les pasaron cosas en esa travesía. Muchas. Pero en el horizonte estaba la Tierra Prometida. Eso los hacía caminar, los animaba.
Ahora bien, al líder, al conductor, al hombre de la brecha, le advierten, a poquísimo de plantar su huella en la Tierra Prometida: “No entrarás, no pisarás el suelo por el que tanto peregrinaste”. Y no sólo con los pies había peregrinado el patriarca, lo había hecho con el alma.
Lo invitamos a reflexionar: qué hubiera hecho usted estimadísimo lector, si, a pocos kilómetros de la llegada a “la meta” (cualquier meta, por la que valga la pena sacrificarse), su superior le advierte: “¡No entrarás!”. ¿Qué haría? ¿Reflexionaría usted lo siguiente?: “Si yo no puedo entrar me voy ahora mismo”, o “¡Que se arreglen solos, que se arreglen!”. O, tal vez, no tan drásticamente y con la vena del cuello no a punto de reventar, tal vez diríamos al pueblo: “Se me ha informado que no voy a entrar; bien, me lo merezco, sigan ustedes, nomás, yo me quedo acá”. Sí, acaso, ésta sea una reflexión menos histérica y menos caprichosa.
Muy bien, nos pusimos de acuerdo. Pero, ¿qué cree que hizo Moisés?... Sí, señor, ha acertado: usted puede llegar a ser un gran profeta. Moisés siguió al frente de su pueblo, conduciéndolo, aún sabiendo que él no vería, no gozaría, nada por lo que marchó cuarenta (muchos) años.
Suele decirse que la voz del pueblo es la voz de Dios. Ojalá encontremos dos o tres Moisés dando vueltas por ahí.
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