domingo, 23 de septiembre de 2007
Publicado por Desconocido @ 8:48
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Guiño Héroes eran los de antes (II parte y fin)


Por: Jorge Sagrera.

Hola, qué tal. Cómo anda. En la postal anterior hablábamos de Moisés, alguien con una capacidad de renuncia de sí mismo que añoramos en estos tiempos.

El 97% de las personas (dejemos ese 3% restante como una reserva, tal vez sean aquellos que subirán al Arca) tenemos una particularísima perspectiva de lo que, por ejemplo, puede ser la vivencia de determinados tipos de valores.

¿No se ha sorprendido usted, alguna vez, asestándole una pequeña infidelidad a la vida? Digo, un pequeñísimo, insignificante, acto de corrupción. Una norma, un estatuto, un reglamento, una ley, atravesada por el lateral. No estamos diciendo algo grueso (¡en el acto pondríamos stop!); hablamos de cuestiones imperceptibles, “que casi la cumplo, que casi por un pelito la cumplo, o por un pelito no la cumplo. Pero estuve ahí, ¿eh?, casi bien”.

Teoría: Hay que construir un orden más justo, un sitio más agradable. Práctica: siempre y cuando no me toque a mí comenzar.

Solemos tener buenas y nobles excusas para nuestras acciones. Lo digo en serio, yo soy un argentino ejemplo: “¿Entré en contramano?; sucede que vivo acá, a un cuarto de cuadra, no voy a dar toda la vuelta”. “Sí, pasé con el semáforo en rojo, pero lo hice despacito y no venía nadie”. “¿Los desagües se van a tapar porque tiré un papel a la calle?: no exagere, hombre”. “No, no me dio factura por el equipo que compré. Reconozco que estaba a mitad de precio, pero el vendedor me aseguró que no era robado”.

En Los hermanos Karamazov, Dostoievsky, hace decir a uno de sus personajes: “Conocí a un gran idealista a quien, un día, encerraron en prisión. A la semana del encierro, era capaz de vender sus ideales por un paquete de cigarrillos: y un hombre así dice: ‘Voy a cambiar el mundo’”.

¿Qué tal, eh? Parece ser que hace falta una gran fuerza de voluntad para cambiar el mundo. Claro, que habla de un paquete de cigarrillos, es decir: veinte cigarrillos. Tengamos la esperanza de que, por diez, el personaje de Dostoievsky no se hubiera corrompido.

Una curiosidad: ¿cuáles y cuántos son los cigarrillos por los que usted vendería un ideal? (¿Yo?: seis de chocolate, son mi debilidad)

Y hablando de corrupción, le comento que soy optimista. San Agustín, en sus Confesiones, escribe que, si el corazón del hombre se ha corrompido, significa que antes no lo estaba. Es decir, para que una materia se corrompa, necesariamente debe tener un estado anterior sin mácula. ¿No le parece alentador saber que si bien podemos corrompernos, podemos también no hacerlo?

Tal vez usted, estimado lector, se encuentre en ese 3% (¿ha reparado que, “3”, está relacionando con lo trinitario?) que tendrá un lugar en el Arca. En todo caso, ¿no podría hacerme un espacio?

Tags: Opinión, Héroes, Política, Religión, Moisés.

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