Jorge Sagrera Escritor/Lic. en Comunicación Social

jueves, 27 de septiembre de 2007

El talón de Esaú (Novela. Cap. 3/33)

EL TALÓN DE ESAÚ





(novela por entregas. Cap. 3/33)




Jorge Luis Sagrera
sagreravilla@redsp.com.ar







TRES


Construida en mil ochocientos ochenta por los Arquitectos Estevez & Estevez. Entramos a la casa parroquial. Los techos altos nos devolvían una temperatura agradable. Desfilamos frente a la biblioteca, estaba en penumbras. El sillón basculante de esterilla y roble permanecía discreto, junto a la ventana. Tuve ganas de quedarme ahí, para siempre. Un año sabático. Volver a leer "Yo, Francisco" a la luz de una simple vela. Intentar otra vez el pan hecho en el horno de barro, comer tomates y lechuga de la huerta, ir a pescar pejerreyes al Paraná, criar conejos. Correr y correr como un conejo, alejarme rápido de esta humanidad tenaza que quiere partirnos en dos.
-¿Tu jefe?- dije.
-¿El reverendísimo?.
-Sí.
-Está en San Nicolás, en una reunión de presbiterio. A nuestro obispo...
¡Oh!, qué es lo que observo. Movimiento de guadaña con pierna derecha, para impactar con la cara interna del pie.
-Puntapié en el traste- dije.
-Patada lateral ascendente- dijo Butiche -. Se lo sacan de encima: molesta.
-Tu jefe debe estar consternado.
-¡Imaginate!. En el maletín, en lugar de Biblia, llevó un serrucho.
-Parece que el paso del tiempo no lo mejora.
-El paso del tiempo lo único que consigue es suavizar las piedras. Te preparé la habitación de arriba, supuse que no tenías donde ir.
-¿Sigue teniendo olor a sacristía?
-No- dijo Butiche -. La verdad: no sé. Ya se me acostumbró el olfato.
Escalera caracol de chapa. Subimos. Tres o cuatro escalones hicieron ¡kñíck!, o ¡prkñíc! bajo nuestro pies. Butiche abrió la puerta y entró. La habitación estaba ordenada. Un cubrecama a cuadros negros y rojos. Los cuadros del acolchado: perfectamente en línea. Las paredes parecían haber sido blanqueadas media hora antes. Qué olor a cal.
-Ayer pinté las paredes- dijo Butiche.
El escritorio era otro, o lo habían cambiado de lugar: frente a la ventana, animaba a ocuparlo para leer o escribir. En la pared, semioculto por una lámpara de pie, se asomaba un cuadro de la Virgen . Shoen. Shon. No alcanzo a leer.
-¿Una nueva devoción?- dije señalando la imagen con la cabeza.
-Sí- confirmó Butiche -. Devoción escondida. Ya sabés: acá la única que vale es Nuestra Señora de los Desposeídos.
Apoyó el bolso en la cama y abrió, simbólicamente, el cierre, dos o tres centímetros.
-¿Viste qué mirada tiene?
¿El cierre?. Querrás decir: ¿Viste qué dentadura tiene?
-La Virgen- dijo -. ¿Viste qué mirada tiene?
-Ajá- dije, me acerqué a la imagen. Schoens tatt. Eso es, Schoenstatt. Butiche estaba en lo cierto. No se parecía a esas Vírgenes de yeso, o pintadas, con la expresión dolida, como si se hubieran apretado un dedo en el Pórtico de Salmón. Esta era una imagen viva. Una foto en blanco y negro. Tiene unos ojos profundos, preciosos.
-Es milagrosa- dijo Butiche -. Acomodate y bajá. Voy preparando el mate- dio tres pasos hasta la puerta. Se detuvo de golpe y volvió hacia mi. Me tiró una piña en el estómago -. Carajo, Arenz- dijo moviendo la cabeza -. te viniste nomás- y salió.
Algo torcido y sin aire fui hasta la ventana, la abrí. La habitación no había perdido el olor a sacristía que tenía en los años setenta. Una rama de jacarandá, que pegaba contra el vidrio, osciló un instante de arriba para abajo, y después se quedó quieta.
-Se revistieron de violeta- dije a las flores -, pero para la iglesia aún no es tiempo de cuaresma.
Me quedé mirándolas. En vano esperé una justificación: las flores violetas no dijeron nada. Arranqué una. Hice eso que me gustaba hacer cuando caminaba por la calle 9 de Julio, la calle de los jacarandáes. Me la pasé varias veces por la mejilla, como si fuera un plumerito. Dejé caer la flor al piso. La pise. La flor hizo ¡plit!. ¡Oh!, la flor habló.
-Estamos próximos al adviente- dije -. Adviento- repetí -, tiempo de alegría. No hay ninguna razón para que ustedes se revistan de morado.
Levanté la flor, la soplé, como para devolverle la forma y la dejé sobre el escritorio, junto a un block de papel. En la parte superior del block había una leyenda: "Bayaspirina BAYER le recuerda: No lo diga, escríbalo". Bueno. Saqué mi lapicera y anoté: "Hoy es viernes. Son las dos de la tarde y me siento como un lápiz Faber de color gris". Un lápiz gris. Vacío, sin mina. Claro. Más abajo, agregué: "Llamar a Julia". Guardé la lapicera. Leí lo que acababa de escribir. Arranqué la hoja, la hice un bollo y retrocedí hasta la puerta. Calculé, arriesgué, un triple sin tablero. Apunté al cesto de los papeles. Tiré. El bollo pegó en la pantalla. ¡Uh! del velador y cayó arriba de la cama, sobre la almohada. Bajé la escalera salteando el noveno, sexto y tercer escalón. Del resto: ninguno hizo ¡chiéck! bajo mis zapatos.

Tags: Novela por entregas, Literatura.

Comentarios

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  • Fecha: jueves, 27 de septiembre de 2007
  •  | 
  • Hora: 15:22

Autor: Olivia07

DivertidoMe has dejado sin habla, pero no sin dedos,
Deir Yory; tu novela va tomando color por demas interesante, me pregunto el camino del protagonista, si serà futuro sacerdote o llamarà a Julia, estoy intrigada . Como en la Opera:BRAVO,BRAVISIMO!!AngelitoChicaONY