EL TALÓN DE ESAÚ
(novela por entregas. Cap. 10/33)
Jorge Luis Sagrera
DIEZ
Butiche, en la biblioteca, leía la encíclica del Papa, Veritates Splendor. Entré, levantó la cabeza y me guiñó un ojo. Devolvió la atención al documento. Pasé por detrás de él, le di unas palmaditas breves en el hombro y seguí caminando hasta ubicarme frente a los anaqueles. Algunos títulos podían leerse, como lo indican las normas IRAM, volteando la cabeza hacia la derecha, como lo hacen los feligreses de once.
Ping-pong. Calentando los músculos del cuello. ¡Cuidado con las cervicales!. Ping-pong. Ping-pong.
-¿Qué hacés?
¿Sos feliz, Butiche?
Butiche había dejado de leer. Me miraba con cara divertida. Cara de tipo alegre.
-Tengo que contarte algo- dije.
-Escúchote.
Rodeé la mesa y me senté.
-Cuando llegué a Ushuaia- comencé a explicar -. Cuando hace quince años llegué a Ushuaia, una de las cosas que primero hice fue acercarme a la parroquia (todavía no sé si por necesidad o respondiendo a un hábito ineludible). A los pocos días conocí a una hermana.
-No sabía que tenías...
Stop. Danger. Despacio escuela.
-Una hermana- repetí -, con hábitos.
-Es una gran cosa- dijo Butiche con entusiasmo -. Ya lo dice el libro de los Proverbios: "Donde no hay bueyes, el establo está limpio, pero la fuerza de un toro da mucha ganancia". Una hermana con hábitos, es una bendición del altísimo.
-Religiosa- dije -. Siervas del Espíritu Santo.
-Ah, religiosa- dijo Butiche.
-Se llama Julia, Hermana Julia. Yo le digo Julia... todos le dicen... Una bella persona. Linda. Julia es ese tipo de mujeres que andarían fenómeno siendo religiosa, madre, esposa. Es muy carismática, entrás a rodar en su rueda aunque no quieras. Trabajo con ella en un centro de salud.
-No te conocía esas uñas.
-El olor a pobre me deprime, lo hago nada más que para estar cerca...
Butiche no dijo nada, cerró los ojos, como si estuviera a punto de presenciar un accidente. Los abrió.
-Me empezó a gustar- Butiche asentía con la cabeza -. Ahora, creo que se daba cuenta de eso: su esencia es seductora. Yo, más por educación que por convicción, interpretaba, exageradamente, el papel de muchacho prolijo al que no se le conoce pecado de la carne: ése era mi juego seductor. Jamás una palabra fuera de lugar: todo un caballero, o un cristiano, como lo quieras llamar. A algunos fieles varones de la parroquia se le formaban estalactitas en la comisura de los labios. Si ella percibía que la iban a avanzar, decía, Hábitos al viento, "Soy la mujer de Dios". Terminante. Imaginate cómo retrocedían. Con Dios imposible competir. Me animaba la idea de pensar que, en el paraíso, aunque de todos, también iba a ser mía, Y acá en la tierra, como no era de ningún hombre, vivía tranquilo, con la esperanza intacta.
Butiche asentía con la mirada. Parecía comprender muy bien la situación y esperaba que yo continuara hablando.
-La cuestión- dije - es que la hermana Julia quedó embarazada.
En un movimiento instintivo Butiche se echó hacia delante. Esquivé un frentazo que, de todas formas, no iba a llegar.
-¿Qué decís?- dijo.
¿Se te quemó el manual?
-Cómo... - empezó a decir.
Lo interrumpí, para acortar camino.
-Yo no fui... A lo mejor fueron mis ratones.
Mis ratones embarazando una rata.
-Me lo dijo a mí, y a nadie más. Ni el padre lo sabe... El padre fecundador, digo. Y tampoco piensa decírselo: es hijo de un notable de la ciudad.
Butiche gesticulaba, fruncía la cara, como si tuviera retorcijones de estómago.
Aprende. Fogueate, Fray Luis Beltrán.
-La van a separar de la congregación- dije.
-Claro.
-Me ofrecí hacerme cargo.
Se le abrieron los agujeros de la nariz.
Se calentó.
-¿De qué?- dijo -. ¿Hacerte cargo de qué?
-De la mudanza seguro que no, se va tan pobre como vino... Me ofrecí hacerme cargo de su hijo.
Butiche tenía las cejas apretadas: un gallego.
-¿Te lo pidió ella?.
-No.
-¿Entonces?
-Veo que tengo que estar a su lado.
-Yo no lo veo.
-Abrí bien los ojos.
-No digo que te borres, digo que no me parece que la tengas que alzar a upa...
-Bueno... por eso te lo comenté... por un lado me siento despechado, usado (es justo decir que ella nunca me usó). Por el otro, siento que no la puedo dejar...
Butiche me interrumpió.
-Y como ahora ya no es "La mujer de Dios", acaso pueda ser "Tu mujer".
-Tal vez- dije -. Tal vez anime esa esperanza.
-Claro, el dilema es que la tía Julia no piensa para nada que vos puedas llegar a ser "Su hombre".
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