S?bado, 06 de octubre de 2007
Publicado por JorgeSagrera @ 1:45
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(?No, por favor... no me agradezcan nada!)


TIERRA DE HOMBRES



Antoine de Saint-Exup?ry



La tierra nos ense?a m?s sobre nuestra propia Naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste. El hombre se descubre a s? mismo cuando ella se enfrenta a un obst?culo. Sin embargo, para superar ese obst?culo, necesita una herramienta. Necesita un cepillo de carpintero o un arado. Mientras trabaja, el labriego va arrancando poco a poco algunos secretos a la Naturaleza, y las verdades que extrae son universales. Del mismo modo el avi?n, la herramienta de las l?neas a?reas, sumerge al hombre en todos los viejos problemas.
Tengo siempre ante mis ojos la imagen de mi primera noche de vuelo sobre Argentina, una noche sombr?a, en la que s?lo brillaban titilantes como estrellas, las escasas luces esparcidas por el llano.
En aquel oc?ano de tinieblas cada una de ellas se?alaba el milagro de una conciencia. En aquel hogar se le?a, se pensaba, se intercambiaban candencias. En aquel otro, quiz?, se intentaba sondear el espacio. Alguien, acaso, se hallase enfrascado en c?lculos sobre la nebulosa de Andr?meda. En el de m?s all?, de vez en cuando, aparec?an aquellas luces reclamando su subsistencia. Incluso las m?s discretas, la del poeta, la del profesor, la del carpintero... Pero, entre aquellas estrellas vivas, ?cu?ntas ventanas cerradas, cu?ntas estrellas apagadas, cu?ntos hombres dormidos...!
Debemos procurar encontrarnos. Es preciso que intentemos comunicarnos con algunas de aquellas luces que brillan separadas en el campo.


LA L?NEA

Era en 1926. Yo acababa de ingresar como piloto de l?nea en la ?Sociedad Lat?co?re?, que estableci?, antes que la ?A?ropostale? ?la actual ?Air France??, el enlace Toulouse-Dakar. Aprend?a a?n el oficio. Al igual que mis compa?eros, pasaba el noviciado obligado a los j?venes antes de alcanzar el honor de pilotar el correo. Pruebas de aviones, desplazamientos entre Toulouse y Perpignan, aburridas lecciones de meteorolog?a en el fondo de un hangar helado. Viv?amos en el temor a las monta?as espa?olas, desconocidas todav?a, y en el respeto a los veteranos.
A estos veteranos los encontr?bamos en el restaurante, hoscos, un poco distantes, concedi?ndonos de mala gana sus consejos. Y cuando alguno de ellos regresaba retrasado de Alicante o de Casablanca con la chaqueta de cuero chorreante de agua de lluvia, y uno de nosotros le interrogaba t?midamente sobre su viaje, sus respuestas lac?nicas, en los d?as de tempestad, nos constru?an un mundo fabuloso, lleno de trampas, de escotillones, de acantilados surgidos bruscamente y de remolinos capaces de desgajar cedros. Dragones negros defend?an las entradas de los valles y haces de rel?mpagos coronaban las cimas. Aquellos veteranos alimentaban sabiamente nuestro respeto. Mas, de tiempo en tiempo, apto ya para la eternidad, uno de ellos no regresaba.
Recuerdo tambi?n un retorno de Bury, un viejo piloto que m?s tarde se mat? en Las Corbi?res. Acababa de sentarse entre nosotros y com?a pesadamente, sin pronunciar palabra, con las espaldas hundidas por el esfuerzo. Era por la noche de uno de aquellos d?as malos en que, de un extremo a otro de la l?nea, el cielo aparec?a podrido, en que las monta?as daban la sensaci?n al piloto de rodar entre suciedad, como aquellos ca?ones que, rotas las amarras, recorr?an el puente de los veleros de anta?o. Yo mir? a Bury, tragu? saliva y me arriesgu?, al fin, a preguntarle si el vuelo habla sido duro. Bury, con la frente surcada de arrugas y la mirada fija en su plato, no me o?a. A bordo de los aviones descubiertos, cuando hacia mal tiempo, era necesario inclinarse fuera del parabrisas para ver mejor y las bofetadas del viento silbaban despu?s durante mucho tiempo en los o?dos. Por ?ltimo, Bury pareci? o?rme. Alz? la cabeza, corno si recordase de pronto, y estall? en una risa clara. Aquella risa me maravill?, aquella breve risa que iluminaba su cansancio, porque Bury re?a poco. No dio ninguna explicaci?n sobre su victoria. Baj? de nuevo la cabeza y reanud? la masticaci?n en silencio. Pero entre la neblina gris del restaurante, entre los modestos funcionarios que reparaban all? las humildes fatigas de la jornada, aquel compa?ero de anchas espaldas nos pareci? revestido de una nobleza extra?a. Por debajo de su ruda corteza, se pod?a entrever el ?ngel que hab?a vencido al drag?n.
Lleg?, por fin, la tarde en que, a mi vez, fui llamado al despacho del director. Se limit? a decirme.
?Saldr? usted ma?ana.
Permanec? all? de pie, en espera de que me despidiese. Sin embargo, despu?s de una pausa, a?adi?:
??Conoce usted bien las consignas?
En aquella ?poca, los motores no ofrec?an la seguridad de los actuales. Con frecuencia, se paraban de repente, sin previo aviso, entre una batahola de vajilla rota. Y uno volv?a la vista hacia la corteza rocosa de Espa?a, que ofrec?a pocos refugios. ?Cuando el motor se estropea all? ?sol?amos decir?, al avi?n, ?ay! no tarda en sucederle lo mismo.? Ahora bien, un avi?n puede ser remplazado. Lo importante, pues era no chocar ciegamente contra las rocas. Por lo tanto, nos estaba prohibido, so pena de las sanciones m?s severas, sobrevolar los mares de nubes por encima de las zonas monta?osas. El piloto, al hundirse el averiado aparato en el algod?n blanco, no ve?a los picos y chocaba contra ellos.
He aqu? por qu?, aquella tarde, la voz lenta del director insist?a una vez m?s sobre la consigna:
-Resulta muy bonito navegar con br?jula sobre Espa?a, por encima de los mares de nubes. De acuerdo en que es muy elegante, pero...
Y a?n m?s despacio:
-Pero recu?rdelo: debajo de los mares de nubes... se encuentra la eternidad.
Y, de pronto, aquel mundo tranquilo, tan unido, tan sencillo, que se descubre cuando se emerge de las nubes, adquiri? para m? un valor desconocido. Aquella suavidad se hab?a convertido en una emboscada. Me imaginaba aquella inmensa trampa blanca, extendida all?, a mis pies. Debajo no reinaba, como hubiera podido creerse, ni la agitaci?n de los hombres, ni el tumulto, ni el vivo ajetreo de las ciudades, sino un silencio todav?a m?s absoluto, una paz m?s definitiva. Aquella viscosidad blanca se convertir?a para m? en la frontera entre lo real y lo irreal, entre lo conocido y lo desconocido. Y yo adivinaba ya que un espect?culo carece de sentido si no se mira a trav?s de una cultura, de una civilizaci?n, de un oficio. Los monta?eros conocen tambi?n los mares de nubes. Ellos, sin embargo, no pueden descorrer la fabulosa cortina.
Cuando abandon? aquel despacho, sent? un orgullo pueril. A partir del amanecer yo iba a ser, a mi vez, responsable de una carga de pasajeros, responsable del correo de ?frica. No obstante, me embargaba tambi?n una gran humildad. Me cre?a poco preparado. Espa?a presentaba poco refugios. Tem?a, frente a un paro del motor, no saber d?nde buscar la acogida de un campo de aterrizaje. Me hab?a inclinado, sin descubrir las ense?anzas que necesitaba, sobre la aridez de los mapas. Por ello, y con el coraz?n invadido por una mezcla de timidez y de orgullo, resolv? pasar la vela de armas al lado de mi compa?ero Guillaumet. Guillaumet me hab?a precedido por aquellos caminos. Guillaumet conoc?a los trucos que permit?an conseguir las llaves de Espa?a. Necesitaba ser iniciado por Guillaumet.
Entr? en su habitaci?n.
?Ya s? la noticia ?me sonri?. ?Est?s contento? Sac? de un armario oporto y vasos y se acerc? a m?, sin dejar de sonre?r:
?Vamos a remojarlo. Ya ver?s, todo ir? bien.
Aquel compa?ero, que despu?s hab?a de batir la plusmarca en las traves?as postales de la Cordillera de los Andes y en las del Atl?ntico Sur, infund?a confianza con la misma naturalidad que una l?mpara da luz. Aquella noche, algunos a?os antes de su haza?a, en mangas de camisa, con los brazos cruzados bajo la l?mpara, sonriendo con la m?s tranquilizadora de las sonrisas, me dijo con toda sencillez: ?A veces, las tempestades, las nieblas o la nieve, te molestar?n. Piensa entonces en todos aquellos que lo han conocido antes que t? y dite simplemente lo que otros han conseguido, tambi?n yo puedo hacerlo.? Pese a estas palabras, desplegu? mis mapas y le ped? que accediera a revisar conmigo el viaje. Y apoyado en el hombro del veterano, debajo de la l?mpara, volv? a encontrar la antigua paz del colegio.
?Mas qu? extra?a lecci?n de geograf?a recib?! Guillaumet no me mostraba Espa?a. Por el contrario, la convert?a en una amiga. No me hablaba ni de hidrograf?a, ni de poblaciones. No me hablaba de Guadix, pero s? de tres naranjos que, cerca de Guadix, bordean un campo: ?No te f?es de ellos, se??lalos en tu mapa...? Y los tres naranjos ocupaban ahora m?s lugar que Sierra Nevada. No me hablaba de Lorca, sino de una sencilla granja cerca de Lorca. De una granja viva. Y de su granjero. Y de su granjera. Y aquella pareja, perdida en el espacio a mil quinientos kil?metros de nosotros, adquir?a de s?bito una importancia desmesurada. Porque bien instalados en la pendiente de su monta?a, semejantes a guardianes de faros, siempre se hallaban dispuestos, bajo sus estrellas, a socorrer a los hombres.
Extra?amos as? de su olvido, de su incre?ble lejan?a, detalles ignorados por todos los ge?grafos del mundo. Porque, en efecto, el Ebro, que riega importantes ciudades, interesa a los ge?grafos. Y en cambio no les importa ese riachuelo escondido bajo la hierba, al oeste de Motril, ese padre que alimenta a una treintena de flores. ?Desconf?a del riachuelo, estropea el campo... Se??lalo tambi?n en tu mapa.? ?Ah, no! ?No me olvidar?a de la serpiente de Motril! Parec?a completamente inofensiva, como si, con su ligero susurro apenas si encantara alguna rana. Pero dorm?a con un ojo abierto. Desde aquel para?so del campo de emergencia, tendido bajo la hierba, a dos mil kil?metros de aqu?, no dejaba de observarme. A la primera ocasi?n intentar?a convertirme en haz de llamas...
Esperaba tambi?n, a pie firme, a aquellos treinta corderos de combate, colocados all?, al pie de la colina, dispuestos a cargar: ?Te imaginas que el prado est? libre y de pronto... ?zas! Ah? tienes a tus treinta corderos, que se te meten entre las ruedas...? Y yo respond?a con una sonrisa maravillada a una amenaza tan p?rfida.
Y, poco a poco, la Espa?a de mi mapa se transformaba, bajo la luz de la l?mpara, en un pa?s de cuento de hadas. Yo jalonaba con una cruz los refugios y las trampas. Se?alaba aquel campesino, aquellos treinta corderos, aquel riachuelo. Colocaba en su lugar exacto a aquella granjera que los ge?grafos hab?an negligido.
Al despedirme de Guillaumet, experiment? de pronto la necesidad de caminar un poco en aquella helada noche de invierno. Alc? el cuello de mi capote y, entre los transe?ntes que nada sab?an, pase? mi joven fervor. Me sent?a orgulloso al cruzarme con aquellos desconocidos, llevando mi secreto en el coraz?n. Ellos, aquellos b?rbaros, me ignoraban. Sin embargo, habr?an de confiarme, con la carga de los sacos postales, sus preocupaciones y sus esfuerzos, al alzarse el d?a. Ser?a entre mis manos donde depositar?an sus esperanzas. As?, arropado en mi capote, caminaba entre ellos con paso protector. Mas ellos nada sab?an de mi solicitud.
Ellos tampoco recib?an los mensajes que yo recib?a de la noche. Porque aquella tempestad de nieve que acaso estuviera prepar?ndose y que complicar?a mi viaje interesaba a mi misma carne. Las estrellas se apagaban una a una. ?C?mo iban a saberlo los paseantes? Yo era el ?nico en quien hab?a sido depositada la confidencia. Me comunicaban las posiciones del enemigo antes de la batalla...
Sin embargo, yo recib?a aquellas contrase?as que me compromet?an tan gravemente cerca de los escaparates iluminados, donde luc?an los regalos de Navidad. All?, aparec?an expuestos, en la noche, todos los bienes de la tierra. Y yo saboreaba la orgullosa embriaguez del renunciamiento. Yo era un guerrero amenazado. ?Qu? me importaban aquellas vidrieras relucientes destinadas a las fiestas, aquellas pantallas de l?mparas, aquellos libros! Yo me ba?aba ya en la niebla espesa. Yo, piloto de l?nea, mord?a anticipadamente la pulpa amarga de las noches de vuelo.
Eran las tres de la ma?ana cuando me despertaron. Sub? con un golpe seco las persianas, comprob? que llov?a sobre la ciudad y me vest?.
Media hora m?s tarde, sentado sobre mi peque?a maleta, esperaba, a mi vez, en la acera brillante de lluvia a que el autob?s pasara a recogerme. Antes que yo, muchos compa?eros hab?an sufrido aquella misma espera en el d?a de la consagraci?n, con el coraz?n un poco oprimido. Al fin, por la esquina de la calle, surgi? el veh?culo pasado de moda, que difund?a un ruido de chatarra. Y me fue concedido el derecho, como a mis compa?eros antes que a m?, de estrecharme en la banqueta, entre el aduanero medio dormido aun y algunos bur?cratas. Aquel autob?s ol?a a lugar cerrado, a administraci?n polvorienta, a vieja oficina donde se va hundiendo la vida de un hombre. Cada quinientos metros se deten?a para cargar un secretario m?s, un aduanero, un inspector. Los que se hab?an vuelto a dormir respond?an con un vago gru?ido al saludo del reci?n llegado, que se acomodaba como pod?a y, en seguida, se dorm?a a su vez. Era, sobre el pavimento desigual de Toulouse, una especie de triste acarreo. Y el piloto de l?nea, mezclado con los funcionarios, apenas si, de momento, se distingu?a de ellos... Pero los faroles desfilaban, la pista de despegue se acercaba y el viejo autob?s bamboleante no era ya sino una cris?lida gris de la cual el hombre saldr?a transfigurado.
As?, en una ma?ana parecida, cada uno de mis camaradas habr? sentido, bajo su c?scara de subalterno vulnerable, sometido a la aspereza del inspector, nacer en s? mismo al responsable del correo de Espa?a y de ?frica, aquel que, tres horas despu?s, afrontar?a entre rel?mpagos al drag?n del Hospitalet..., aquel que, cuatro horas despu?s, tras haberlo vencido, decidir?a con toda libertad, con plenos poderes, el rodeo por el mar o el asalto directo al macizo de Alcoy, aquel que tratar?a de t? a la tempestad, a la monta?a y al oc?ano.
As?, confundido entre el equipo an?nimo bajo el oscuro cielo de invierno de Toulouse, cada uno de mis compa?eros hab?a sentido, en una ma?ana parecida, crecer en ?l al soberano que, cinco horas despu?s, abandonando detr?s de s? las lluvias y las nieves del Norte, repudiando el invierno, reducir?a el r?gimen del motor y comenzar?a el descenso en pleno verano, ba?ado por el sol esplendente de Alicante.
El viejo autob?s ha desaparecido. Pero su austeridad, su incomodidad han permanecido presentes en mi recuerdo. Simbolizaba bien la preparaci?n necesaria para las duras alegr?as de nuestro oficio. Todo en ?l adquir?a una sobriedad conmovedora. Y recuerdo que fue en ?l donde, tres a?os despu?s, sin que se pronunciaran m?s all? de diez palabras, me entere de la muerte del piloto L?crivain, uno de los cien compa?eros de la l?nea que, cierto d?a o cierta noche de niebla, se retiraron para siempre.
Eran las tres de la ma?ana y reinaba el mismo silencio de siempre cuando o?mos al director, invisible en la sombra, alzar la voz para hablar con el inspector:
?L?crivain no ha aterrizado esta noche en Casablanca.
-?C?mo? ?respondi? el inspector?. ?Qu??
Arrancado de su sue?o, hizo un esfuerzo por despertarse y demostrar su inter?s. Y a?adi?:
?1Ah! ?Si? ?No consigui? pasar? ?Dio media vuelta?
A lo cual, desde el fondo del autob?s, le fue respondido sencillamente: ?No.? Esperamos la continuaci?n, pero no lleg? ni una palabra m?s. Y a medida que los segundos transcurr?an, se hacia m?s evidente que aquella negaci?n no ser?a seguida por ninguna explicaci?n, que aqu?l era un ?no? inapelable, que L?crivain no s?lo no hab?a aterrizado en Casablanca, sino que nunca m?s aterrizar?a en ninguna parte.
As?, aquella ma?ana, en el amanecer de mi primer d?a como correo, me somet?a a mi vez a los ritos sagrados del oficio y sent?a que me faltaba la confianza al contemplar, a trav?s de los cristales, el asfalto brillante en el que se reflejaban las farolas. Se ve?an, en los charcos de agua, correr oleadas de viento. Y yo pensaba: ?Para tratarse de mi primer correo la verdad..., tengo poca suerte.? Alc? los ojos hacia el inspector.
??Esto significa mal tiempo? - pregunt?.
El inspector lanz? hacia la ventanilla una mirada distra?da.
?Eso no significa nada ?murmur?.
Y yo me preguntaba por qu? s?ntomas se reconocer?a el mal tiempo. La v?spera por la tarde, Guillaumet hab?a barrido con una sola sonrisa todos los presagios funestos con que sol?an abrumarnos los veteranos, pero ahora volv?an a mi memoria: ? Compadezco al que no conozca la l?nea, piedra a piedra, si se encuentra con una tempestad de nieve. ?Lo compadezco...!? Necesitaban salvaguardar su prestigio y mov?an la cabeza mir?ndonos con una compasi?n un poco molesta, como si la dirigieran a nuestro inocente candor.
Y, en efecto, ?para cu?ntos de nosotros hab?a servido ya de ?ltimo refugio aquel autob?s? ?Sesenta, ochenta? Todos ellos conducidos por el mismo chofer taciturno cierta ma?ana lluviosa. Yo miraba a mi alrededor. En la sombra, brillaban puntos luminosos, cigarrillos que puntuaban meditaciones. Humildes meditaciones de funcionarios envejecidos. ?Para cu?ntos de los nuestros hab?an actuado como ?ltimo cortejo aquellos compa?eros?
Sorprend?an tambi?n las confidencias que se cambiaban en voz baja. Se refer?an a enfermedades, a dinero, a las tristes preocupaciones dom?sticas. Mostraban los muros de la prisi?n deslucida en la que aquellos hombres se hab?an encerrado... Y bruscamente, se me apareci? el rostro del destino.
Viejo bur?crata, compa?ero m?o aqu? presente, nadie te ha hecho evadir jam?s y t? no eres responsable de ello. T? has construido tu paz a fuerza de cegar con cemento, como lo hacen las hormigas blancas, todas las salidas hacia la luz. Te has enroscado en tu seguridad burguesa, entre tus rutinas, en los ritos sofocantes de tu vida provinciana. Has alzado tu humilde muro contra los vientos y las mareas y los astros. No quieres inquietarte por los grandes problemas. Ya tienes bastante trabajo con olvidar tu condici?n de hombre. No eres en modo alguno el habitante de un planeta errante, no te planteas preguntas sin respuesta. T? eres tan s?lo un peque?o burgu?s de Toulouse. Nadie se preocup? de sacudirte los hombros cuando a?n era tiempo. Ahora, la arcilla de que est?s formado se ha secado, se ha endurecido. Y nada, en adelante, ser? capaz de despertar al m?sico dormido, al poeta o al astr?nomo que quiz?s habitaba en ti en un principio.
No me quejo de las r?fagas de lluvia. La magia del oficio me abre un mundo en el que habr? de enfrentarme, antes de dos horas, a los dragones negros y a las cimas coronadas por su cabellera de rel?mpagos azules. Y all?, cuando llegue la noche, ya libre, leer? mi camino en las estrellas.
As? se desarrollaba nuestro bautismo profesional y as? comenz?bamos a viajar. Tales viajes, la mayor?a de las veces carec?an de historia. Descend?amos en paz, como nadadores de oficio, a las profundidades de nuestro dominio. Un dominio que hoy est? bien explorado. El piloto, el mec?nico y el radiotelegrafista no se embarcan ya en una aventura. Ahora se encierran en un laboratorio. Obedecen a un juego de agujas marcadoras y no al desarrollo de los paisajes. Fuera, las monta?as contin?an inmersas en las tinieblas. Pero ya no son monta?as. Son potencias invisibles, cuya distancia es preciso calcular. El radiotelegrafista anota sabiamente las cifras balo la l?mpara, el mec?nico puntea el mapa y el piloto corrige la ruta si las monta?as han derivado, si las cimas que ?l deseaba doblar a la izquierda se han desplazado frente a ?l con el silencio y el secreto de preparativos militares.
En cuanto a los radiotelegrafistas de guardia en tierra, van anotando en sus cuadernos, en el mismo segundo, el mismo dictado de su compa?ero: ?Las veinticuatro cuarenta. Ruta en 230. Sin novedad a bordo.?
Hoy, las dotaciones viajan as?. No tienen la sensaci?n de estar en movimiento. Se encuentran muy lejos, como la noche en el mar, de todo punto de referencia. Sin embargo, los motores llenan esta c?mara iluminada de un perpetuo temblar que trastrueca su sustancia. Y las horas se desgranan. Y en esos cuadrantes, en las l?mparas de la radio, en las manecillas, se agita toda una alquimia invisible. De segundo en segundo, los gestos misteriosos, las palabras susurradas, la continua atenci?n preparan el milagro. Y cuando la hora ha sonado, el piloto, con absoluta tranquilidad, puede pegar su frente al vidrio. De la Nada ha nacido el oro: all? est?, brillando en las luces de un aer?dromo.
Y, sin embargo, todos nosotros hemos conocido esos viajes en que, de repente, a la luz de un punto de vista particular, dos horas antes de la llegada, hemos sentido nuestra lejan?a como no la hubi?ramos sentido en la India, una lejan?a de la cual ya no esper?bamos regresar.
Tal le ocurri? a Mermoz al atravesar por primera vez el Atl?ntico Sur en hidroavi?n. Al caer la tarde se encontr? en la regi?n del Pot-au-Noir. Frente a ?l vio hacinarse de minuto en minuto las colas de los tornados, como se ve construir una muralla, y, en seguida, la noche que se iba estableciendo sobre aquellos preparativos y los disimulaba. Y cuando, una hora despu?s, se escurri? por debajo de las nubes, desemboc? en un reino fant?stico.
Trombas marinas se alzaban all? acumuladas y, en apariencia, inm?viles, como los pilares negros de un templo. Ellos soportaban, hinchados en sus extremos, la b?veda oscura y baja de la tempestad. Pero, a trav?s de los desgarrones de la b?veda, descend?an haces de luz y la luna llena brillaba, entre las columnas, sobre las losas fr?as del mar. Mermoz prosigui? su ruta a trav?s de aquellas ruinas deshabitadas, oblicuando de un canal de luz a otro, contorneando aquellas columnas gigantescas donde, sin duda, rug?a la ascensi?n del mar, avanzando durante cuatro horas a lo largo de aquellas franjas de luna, hacia la salida del templo. Y el espect?culo era tan abrumador que Mermoz, una vez hubo franqueado el Pot-au-Noir, se dio cuenta de que ni por un instante hab?a sentido miedo.
Recuerdo, tambi?n, una de aquellas horas en las que se atraviesan los lindes del mundo real. Los datos radiogoniom?tricos comunicados por las escalas saharianas hab?an resultado falsos durante toda la noche y nos hab?an enga?ado seriamente, a Neri, el radiotelegrafista, y a m?. De pronto, vi brillar el agua en el fondo de un claro practicado en la niebla. Vir? bruscamente en direcci?n a la costa. No pod?amos saber cu?nto tiempo hac?a que nos precipit?bamos hacia alta mar.
Ya no est?bamos seguros de poder alcanzar la costa. Quiz? no tuvi?ramos gasolina suficiente. Adem?s, una vez alcanzada la costa, todav?a necesit?bamos encontrar la escala. Ahora bien, era la hora en que ni la luna llegaba a su ocaso. Sin datos angulares, adem?s de sordos, nos ?bamos volviendo poco a poco ciegos. La luna acababa de apagarse como una brasa p?lida, entre una bruma parecida a un banco de nieve. El cielo, por encima de nosotros, se cubr?a a su vez de nubes. En adelante, navegamos entre aquellas nubes y aquella bruma, en un mundo vaciado de toda luz y de toda sustancia.
Las escalas que nos respond?an renunciaban a proporcionarnos datos sobre nosotros mismos: ?Sin posici?n... Sin posici?n...?, va que nuestra voz les llegaba de todas partes y de ninguna.
Al fin, bruscamente, cuando ya desesper?bamos, frente a nosotros y algo a la izquierda, se desenmascar? en el horizonte un punto brillante. Sent? una alegr?a tumultuosa. Neri se inclin? hacia m?.. ?y le o? cantar! Aquello no pod?a ser m?s que el aer?dromo, no pod?a ser m?s que un faro, puesto que el Sahara, por las noches, se apaga por entero para formar un gran territorio muerto. La luz, sin embargo, titil? un poco y despu?s se apag?. ?Hab?amos puesto proa hacia una estrella! Hab?a permanecido visible tan s?lo por unos minutos en el horizonte, entre la capa de bruma y las nubes, en el momento de ponerse.
Despu?s vimos alzarse otras luces. Impulsados por una muda esperanza, dirigimos la proa hacia cada una de ellas, una tras otra. Y si la luz se manten?a, intent?bamos la experiencia vital: ?Luz a la vista ?ordenaba Neri a la escala de Villa Cisneros?. Apagad vuestro faro y encendedlo tres veces.? Villa Cisneros apagaba y encend?a su faro, pero la dura luz, la estrella incorruptible que vigil?bamos no gui?aba su ojo.
A pesar de que la gasolina se agotaba, mord?amos cada vez los anzuelos de oro. Era cada vez la verdadera luz de un faro. Era cada vez la escala y la vida. Y un momento m?s tarde ten?amos que cambiar de estrella.
A partir de ese instante, nos vimos perdidos en el espacio interplanetario, en busca del ?nico planeta verdadero, del nuestro, aquel que conten?a nuestros paisajes familiares nuestras casas amigas, nuestras ternuras.
Del ?nico que conten?a... Os revelar? la escena que me represent? mi imaginacj?n aunque quiz?s os parezca pueril. Pero, en el coraz?n de! peligro, uno conserva las preocupaciones propias del hombre y yo sent?a sed. Y tambi?n hambre. Si d?bamos con Villa Cisneros proseguir?amos el viaje, despu?s de llenar los dep?sitos de gasolina, y aterrizar?amos en Casablanca a la hora fresca del amanecer. ?Terminado el trabajo! Neri y yo bajar?amos entonces a la ciudad. Al amanecer, ya se encuentra alg?n cafet?n abierto... Nos sentar?amos ante una mesa, alejados de todo peligro, y podr?amos re?rnos de la noche pasada, ante unos croissants calientes y el caf? con leche. Neri y yo recibir?amos aquel regalo matinal de la vida. Tambi?n la anciana campesina logra comunicarse con su Dios a trav?s de una Imagen pintada de una medalla ingenua, de un rosario. Necesitamos que nos hablen un lenguaje sencillo para que logremos entenderlo. En aquel momento, la alegr?a de vivir se resum?a para m? en el primer sorbo perfumado y caliente, en la mezcla de leche, de caf? y de trigo, por medio de la cual nos comunicamos con los pastos tranquilos las plantaciones ex?ticas y las cosechas, a trav?s de la cual nos ponemos en contacto con toda la tierra. Entre tantas estrellas, no exist?a ni siquiera una que poseyera, para colocarse a nuestro alcance, el taz?n oloroso de la comida del amanecer.
Distancias infranqueables se acumulaban entre nuestro nav?o y aquella tierra habitada. Todas las riquezas del mundo se alojaban en un grano de polvo perdido entre las constelaciones. Y el astr?logo Neri, que procuraba descubrirlo, segu?a suplicando a las estrellas.
De repente, su pu?o golpe? sobre mi hombro. En el papel que aquel empell?n me anunciaba, le?: ? Todo va bien, he recibido un mensaje magn?fico..? Y esper?, con el coraz?n alterado, que terminara de transcribir las cinco o seis palabras que pod?an salvarnos. Por fin, recib? aquel regalo del cielo.
Estaba fechado en Casablanca, de donde hab?amos partido la v?spera al atardecer. Retrasado en las transmisiones, nos llegaba de pronto, a dos mil kil?metros de distancia, perdidos en el mar, entre las nubes y la niebla. El mensaje proced?a del representante del Estado, en el aeropuerto de Casablanca. Y le?: ?Se?or de Saint-Exup?ry, me veo en la obligaci?n de proponer a Par?s que sea sancionado por haber virado demasiado cerca de los hangares al partir de Casablanca.? Cierto que aquel hombre desempe?aba su oficio al enfadarse y yo hubiera acogido aquel reproche con humildad en un despacho del aeropuerto. Pero lo recib?amos all? donde no deb?amos recibirlo. Desentonaba entre las demasiado escasas estrellas, el lecho de bruma, el sabor amenazador del mar. Sosten?amos en la mano nuestros propios destinos, el del correo y el de nuestro nav?o. Nos costaba un enorme esfuerzo gobernar este ?ltimo para poder sobrevivir. Y aquel hombre purgaba contra nosotros su peque?o rencor. No obstante, en lugar de enfadarnos, Neri y yo sentimos un imperioso y repentino deseo de re?r. Aqu? ?ramos los amos. ?l nos lo hab?a hecho descubrir. ?Es que aquel cabo no hab?a visto en nuestras mangas que hab?amos ascendido a capitanes? Se permit?a molestarnos en nuestro sue?o, mientras nos pase?bamos muy dignos entre la Osa Mayor y Sagitario, cuando el ?nico problema lo bastante importante para preocuparnos era aquella traici?n de la luna...
El deber inmediato, el ?nico deber del planeta en el que este hombre se manifestaba, consist?a en proporcionarnos cifras exactas para nuestros c?lculos entre los astros. Y resulta que nos las daban falsas. Por consiguiente, al menos provisionalmente, lo que el planeta ten?a que hacer era callar. Y Neri me escrib?a: ?En vez de divertirse con esas tonter?as, har?an mejor conduci?ndonos a alguna parte.. - ? ? Ellos? resum?a para ?l todos los pueblos del Globo, con sus parlamentos, sus senados, sus marinas, sus ej?rcitos y sus Emperadores. Y, tras haber rele?do el mensaje de aquel insensato que pretend?a meterse con nosotros, cambiamos de rumbo y pusimos proa hacia Mercurio.

Nos salvamos gracias a una extra??sima casualidad: lleg? el momento en que, abandonando la esperanza de llegar a Villa Cisneros, vir? perpendicularmente a la direcci?n de la costa y decid? mantener el rumbo hasta que se terminara el combustible. Me reservaba as? alguna posibilidad de no caer en el mar. Por desgracia, mis enga?osos faros me hab?an conducido Dios sab?a ad?nde. Por desgracia, tambi?n, aun en el mejor de los casos, la espesa niebla entre la cual nos ver?amos obligados a aterrizar, nos dejaba pocas probabilidades de hacerlo sin provocar una cat?strofe. Sin embargo, me resultaba imposible escoger.
La situaci?n era tan clara que alc? melanc?licamente los hombros cuando Neri me pas? un mensaje que, una hora antes, nos hubiera salvado: Villa Cisneros se decide, por fin, a pasarnos la posicion. Villa Cisneros indica: mil doscientos diecis?is. Dudoso... Villa Cisneros ya no se hallaba hundida en las tinieblas. Villa Cisneros se revelaba all?, tangible, a nuestra izquierda. S?, pero, ?a qu? distancia? Neri y yo sostuvimos una breve conversaci?n. Si nos dedic?bamos a buscar Villa Cisneros, se acrecentar?a el peligro de no alcanzar la costa. Neri respondi? al mensaje:
Nos queda combustible para una hora. Obligados a mantener proa al noventa y tres.
Las escalas, no obstante, se iban despertando una por una. A nuestro di?logo, se mezclaban las voces de Agadir, de Casablanca, de Dakar. Las estaciones de radio de cada una de las ciudades hab?an pasado el aviso a los aeropuertos. Los jefes de los aeropuertos hab?an avisado a los compa?eros. Y poco a poco, se reun?an a nuestro alrededor, como alrededor del lecho de un enfermo. Calor in?til, mas, a pesar de todo, calor.?Consejos est?riles, pero tan cari?osos!
Y bruscamente surgi? Toulouse. Toulouse, cabeza de l?nea, perdida all? abajo, a cuatro mil kil?metros. Toulouse se introdujo de rond?n entre nosotros y, sin pre?mbulos, dijo:
?El aparato que pilotan, ?no es un F...? ?(he olvidado la matr?cula).
?Si.
?En tal caso, disponen todav?a de dos horas de combustible. El dep?sito de ese aparato no es standard. Pongan proa a Villa Cisneros.
De este modo, las necesidades que impone un oficio transforman y enriquecen el mundo. Ni siquiera es necesaria una noche semejante para que el piloto de l?nea descubra un sentido nuevo a los viejos espect?culos. El paisaje mon?tono que aburre al pasajero es ya otro para la tripulaci?n. Esa masa neblinosa que cierra el horizonte ha dejado de ser un decorado para ?l. Por el contrario, interesar? sus m?sculos y le plantear? problemas. La tiene en cuenta ya, la mide y un verdadero lenguaje la liga a ?l. He ah? un pico, lejano a?n. ?Qu? aspecto tendr?? A la luz de la luna, constituir? un c?modo punto de referencia. Pero si el piloto vuela a ciegas, si corrige con dificultad su deriva y duda en su posici?n, el pico se tornar? peligroso, llenar? con su amenaza la noche entera, lo mismo que una sola mina sumergida, que vaya al azar de las corrientes, destruye la seguridad del mar.
As? var?an tambi?n los oc?anos. A los ojos de los simples viajeros, la tempestad se mantiene invisible. Observadas desde lo alto, las olas no ofrecen ning?n relieve. Parecen inm?viles. Solamente grandes palmas blancas se extienden a sus pies, estriadas por nerviaciones y rebabas y como aprisionadas en una especie de p?mpano. Sin embargo, la tripulaci?n sabe que cualquier clase de amerizaje resulta all? prohibitivo. Aquellas palmas blancas son para ?l como grandes flores venenosas. E incluso cuando es un viaje feliz, el piloto que navega por el tramo de l?nea correspondiente, no asiste s?lo a un sencillo espect?culo. No admira aquellos colores de la tierra y del cielo, aquellas huellas del viento en el mar, aquellas nubes doradas del crep?sculo, sino que los medita. Semejante al campesino que da un paseo por su dominio y que prev?, a consecuencia de cien signos, la marcha de la primavera, la amenaza de la helada, el anuncio de las lluvias, el piloto profesional descifra tambi?n las se?ales de la nieve, las se?ales de las nieblas y las se?ales de la noche tranquila. La m?quina que, al principio, parec?a apartarle de los grandes problemas naturales, ahora le somete a ellos con mayor rigor a?n. S?lo en medio del vasto tribunal que un cielo tempestuoso le presenta, el piloto disputa su correo a tres divinidades elementales: la monta?a, el mar y la tormenta.






LOS COMPA?EROS

Fueron algunos de mis compa?eros, Mermoz entre ellos, quienes fundaron la l?nea francesa de Casablanca a Dakar, a trav?s del Sahara insumiso. Los motores de entonces resist?an poco y una aver?a entreg? a Mermoz en manos de los ?rabes. No se resolvieron a matarlo. Permaneci? prisionero quince d?as y, despu?s, fue libertado a cambio de un rescate. Y Mermoz sigui? conduciendo su correo por encima de los mismos territorios.
Cuando se inaugur? la l?nea de Am?rica, Mermoz siempre en vanguardia, fue encargado de estudiar el trayecto de Buenos Aires a Santiago. Y, lo mismo que hab?a trazado un puente sobre el Sahara, hubo de se?alar la ruta por encima de los Andes. Se le confi? un avi?n cuya m?xima elevaci?n era de cinco mil doscientos metros. Los picos de la Cordillera se elevan a siete mil. Y Mermoz despeg? en busca de brechas. Despu?s de la arena, Mermoz afront? la monta?a, aquellos picos que, con el viento, hacen flamear su velo de nieve, aquella palidez de las cosas antes de la tormenta, aquellos remolinos tan violentos que, cuando se presentan entre dos murallas de rocas, obligan al piloto a una especie de lucha a cuchillo. Mermoz se dispuso a combatir sin conocer en absoluto al adversario, sin saber si pod?a salirse con vida de aquellos abrazos. Mermoz ?ensayaba? para los otros.
Al fin, cierto d?a, a fuerza de ? ensayar?, se descubri? prisionero de los Andes.
Varados a cuatro mil metros de altura, sobre una meseta de paredes verticales, su mec?nico y ?l intentaron durante dos d?as evadirse de su c?rcel. Estaban cazados. Entonces jugaron su ?ltimo naipe: lanzaron su avi?n al vac?o y rebotaron duramente en el suelo desigual, en direcci?n a un precipicio. Mas el avi?n, al caer, tom? por fin la suficiente velocidad como para obedecer de nuevo a los mandos. Mermoz alcanz? a enderezarlo frente a un pico, que roz?, y, con el agua sali?ndose por todos los tubos, reventados durante la noche a causa de la helada, con el motor parado desde hac?a siete minutos, descubri? por ?ltimo la llanura chilena debajo de ?l, como una tierra prometida.
Al d?a siguiente, volaba de nuevo.
Cuando los Andes quedaron bien explorados y una vez que la t?cnica de las traves?as estuvo perfectamente a punto, Mermoz confi? aquel trayecto a su compa?ero Guillaumet y se dispuso a explorar la noche.
El alumbrado de nuestras escalas no se hallaba a?n organizado. En los campos de aterrizaje, completamente de noche, Mermoz aterrizaba con la d?bil iluminaci?n de tres fogatas de gasolina.
Mas ?l se las compuso a su modo y abri? la ruta. Y as? que la noche estuvo bien amaestrada, Mermoz ensay? el oc?ano. En 1931, el correo fue transportado por primera vez en cuatro d?as desde Toulouse a Buenos Aires. Al regreso, Mermoz sufri? una aver?a en el dep?sito del aceite. La cosa ocurri? en el centro del Atl?ntico Sur, con una marejada muy fuerte. Un barco le salv? a ?l, a su correo y a su tripulaci?n.
As? Mermoz desbroz? las arenas, la monta?a, la noche y el mar. Cay? m?s de una vez en las arenas, en la monta?a, en la noche y en el mar. Sin embargo, cuando regresaba, era siempre para volver a partir.
Finalmente, despu?s de doce a?os de trabajos, mientras sobrevolaba una vez m?s el Atl?ntico Sur, se?al?, por medio de un breve mensaje, que fallaba el motor derecho de su aparato. Despu?s, se hizo el silencio.
La cosa no parec?a demasiado inquietante. Sin embargo, despu?s de diez minutos sin recibir nuevas noticias, todos los puestos de radio de la l?nea, desde Paris hasta Buenos Aires, comenzaron a mostrarse angustiados. Porque, si diez minutos de retraso apenas significan nada en la vida corriente, en la aviaci?n postal adquieren un tremendo significado. En el coraz?n de aquel tiempo muerto, se halla encerrado un acontecimiento a?n desconocido. Insignificante o desgraciado, ya ha sucedido. El destino ha pronunciado su sentencia y esa sentencia es irrevocable. Una mano de hierro ha conducido ya a un aparato hacia el amerizaje o hacia la cat?strofe. Pero el veredicto no ha sido comunicado a?n a los que esperan.
?Qui?n de entre nosotros desconoce esas esperanzas que se tornan cada vez m?s fr?giles, ese silencio que empeora de minuto en minuto como una enfermedad fatal? Esperamos. Pero van pasando las horas y, poco a poco se hace tarde. Al fin tuvimos que convencernos de que nuestros compa?eros ya no regresar?an, que descansaban para siempre en aquel Atl?ntico Sur, cuyo cielo hab?an arado tantas veces. Mermoz, decididamente, se hab?a atrincherado detr?s de su obra, semejante al segador que, despu?s de haber atado bien su gavilla, se acuesta a reposar en su campo.
Cuando un compa?ero muere as?, su muerte se parece a un acto m?s de servicio y, al principio, causa quiz? menos dolor que otra clase de muerte. Cierto que se ha alejado, que ha sufrido su ?ltima mutaci?n de escala, pero su presencia no nos falta a?n con tanta intensidad como pod?a faltarnos el pan.
Estamos, en efecto, acostumbrados a esperar durante mucho tiempo los encuentros. Porque los compa?eros de l?nea se encuentran dispersos por el mundo, desde Par?s a Santiago de Chile, aislados como los centinelas que casi no se hablan. Es necesario el azar de los viajes para que, en alg?n lugar, se re?nan los miembros de la gran familia profesional. Alguna noche, alrededor de una mesa, en Casablanca, en Dakar o en Buenos Aires, despu?s de a?os de silencio, se reanudan aquellas conversaciones interrumpidas y se renuevan los viejos recuerdos. Despu?s, se vuelve a partir. De esta forma, la tierra, es, a la vez desierta y rica. Rica en esos jardines secretos, escondidos, dif?ciles de alcanzar, mas a los cuales nuestro oficio nos conduce siempre, un d?a u otro. Acaso la vida nos aparta de los compa?eros, nos impide pensar mucho en ellos. Sin embargo, sabemos que se encuentran en alg?n lugar, un lugar ignorado, m?s o menos silenciosos y olvidados, ?pero tan fieles! Y si nos cruzamos en su camino, nos sacuden por los hombros con demostraciones c?lidas de alegr?a. Nos hemos acostumbrado a esperar, claro...
No obstante, poco a poco, descubrimos que no volveremos a o?r nunca la risa clara de aqu?l, comprendemos que este jard?n se nos ha cerrado para siempre. Entonces, comienza nuestro verdadero dolor, que no llega a la desesperaci?n, pero s? a la amargura.
En efecto, nada ni nadie podr? remplazar jam?s al compa?ero perdido. Los viejos camaradas no se crean. Nada vale tanto como el tesoro de los recuerdos comunes, de tantas horas vividas juntos, de tantos enfados, de tantas reconciliaciones, de los movimientos del coraz?n. Esas amistades no se reconstruyen. Si se planta un roble, es in?til esperar cobijarse pronto bajo sus ramas.
As? transcurre la vida. Primero nos enriquecemos, despu?s plantamos durante a?os. Pero vienen los a?os en que el tiempo deshace aquel trabajo y el bosque se aclara. Los compa?eros, uno a uno, nos retiran su sombra. Y a nuestra tristeza se mezcla, en adelante, el ?ntimo pesar de envejecer.
Tal es la moral que Mermoz y otros como ?l nos ense?aron. Quiz? la grandeza de un oficio consista, m?s que nada, en unir a los hombres. S?lo existe un lujo verdadero, y es el de las relaciones humanas.
Trabajando ?nicamente por conseguir bienes materiales, no hacemos sino construirnos nuestra propia prisi?n. Nos encerramos solitarios, con nuestra provisi?n de ceniza que no nos proporciona nada que merezca ser vivido.
Si busco entre mis recuerdos los que me han dejado un sabor duradero, si hago balance de las horas que han valido la pena, siempre me encuentro con aquellas que no me procuraron ninguna fortuna. No se puede comprar la amistad de un Mermoz, un compa?ero a quien las pruebas superadas juntos han ligado a nosotros para siempre.
No se puede comprar aquella noche de vuelo con sus cien mil estrellas, aquella serenidad, aquel poder absoluto sentido durante unas cuantas horas.
No se puede comprar ese aspecto nuevo del mundo despu?s de una etapa dif?cil, esos ?rboles, esas flores, esas mujeres, esas sonrisas reci?n coloreadas por la vida que acaba de conducimos al amanecer, ese conjunto de peque?as cosas que nos recompensan.
Ni tampoco aquella noche vivida entre rebeldes y cuyo recuerdo vuelve hasta mi.

Al caer la tarde, tres tripulaciones de la ?Aeropostal? nos encontramos en la Costa de R?o de Oro. Mi compa?ero Riquelle hab?a sido el primero en aterrizar a consecuencia de una rotura de biela. Otro, Bourgat, hab?a bajado a su vez para recoger su equipaje, pero una aver?a sin importancia le hab?a dejado en tierra. Por fin llegu? yo, cuando ya casi hab?a ca?do la noche. Decidimos esperar a que se hiciera de d?a y a que el avi?n de Botirgat quedara reparado.
Un a?o antes, nuestros compa?eros Gourp y Erable, detenidos aqu? mismo a causa de aver?as, hab?an sido asesinados por un grupo de insurrectos. Sab?amos que, en aquel momento, una partida de trescientos fusiles acampaba en alg?n lugar cerca de Bojador. Era posible que nuestros tres aterrizajes, visibles desde lejos, los hubieran puesto sobre aviso. Por lo tanto, comenz?bamos una velada que pod?a ser la ?ltima.
Nos instalamos, pues, para pasar la noche. Desembarcamos de los pa?oles de equipajes cinco o seis cajas de mercanc?as, que, despu?s de vaciadas, colocamos en c?rculo. En el fondo de cada una de ellas, como en el hueco de una garita, encendimos una miserable vela, mal protegida contra el viento. As?, en pleno desierto, en un aislamiento como el de los primeros a?os del mundo, construimos un pueblo de hombres.
Agrupados para pasar la noche en aquella gran plaza de nuestro pueblo, en aquel retazo de arena donde nuestras cajas vert?an una luz temblorosa, esper?bamos. Esper?bamos el alba que nos salvar?a, o, bien, a los ?rabes. Y no s? por qu? hab?a algo en aquella noche que le daba sabor de Nochebuena.
Cambi?bamos recuerdos, nos chance?bamos y cant?bamos. Sabore?bamos un ligero fervor id?ntico al que se experimenta en el coraz?n de una fiesta bien preparada. Y, sin embargo, ?ramos infinitamente pobres. Viento, arena y estrellas. Un estilo duro para monjes trapenses. No obstante, encima de aquel mantel mal iluminado, seis o siete hombres que no pose?an ya nada en el mundo, si no eran sus recuerdos, compart?an invisibles riquezas.
Por fin nos hab?amos encontrado. Los hombres caminan durante mucho tiempo juntos, encerrados en su propio silencio, o intercambian palabras que no conducen a nada. Mas, cuando llega la hora del peligro, entonces nos ayudamos unos a otros. Comprendemos que formamos parte de la misma comunidad. Nos ensanchamos al descubrir otras conciencias. Nos miramos y sonre?mos. Algo semejante a ese prisionero liberado que se extas?a ante la inmensidad del mar.


Guillaumet, voy a decir ahora unas cuantas palabras sobre ti, aunque procurar?, para no molestarte, no insistir demasiado hablando de tu arrojo o de tu esp?ritu profesional. Lo que yo desear?a describir al relatar la m?s bella de tus aventuras es otra cosa.
Existe una cualidad que no tiene nombre. Quiz? podr?a llam?rsele ?seriedad?, mas la palabra no me satisface, ya que la cualidad a que me refiero se acompa?a a veces de la m?s sonriente jovialidad. Se trata de la misma cualidad del carpintero que se instala frente a su pedazo de madera, lo palpa, lo mide y, en lugar de tratarlo a la ligera, a?na para trabajarlo toda su sabidur?a.
En cierta ocasi?n, Guillaumet, le? una rese?a en la que se elogiaba tu aventura. Tengo una vieja cuenta que ajustar con aquella descripci?n infiel. Se te presentaba all? lanzando exabruptos de ?golfillo?, como si el valor consistiera en rebajarse a gastar bromas de colegial en medio de los m?s arriesgados peligros y a la hora de la muerte. No te conoc?an, Guillaumet. T? no sientes la necesidad de burlarte de tus adversarios antes de encararte con ellos. Frente a una tempestad, te dices simplemente: ? He ah? una tempestad.? Y la aceptas y la sopesas.
Yo traigo aqu?, Guillaumet, el testimonio de mis recuerdos.
Hac?a cincuenta horas que hab?as desaparecido, en pleno invierno, durante una traves?a de los Andes. Yo acababa de regresar desde el fondo de la Patagonia. Me reun? con el piloto Deley en Mendoza. Uno y otro, por espacio de cinco d?as, escudri?amos desde nuestros aviones aquel amontonamiento de monta?as, sin lograr descubrir nada. Nuestros dos aparatos no bastaban. Nos parec?a que ni cien escuadrillas, volando durante cien a?os, acabar?an jam?s de explorar aquel enorme macizo, cuyos picos se elevaban hasta siete mil metros. Hab?amos perdido ya toda esperanza. Ni siquiera los contrabandistas, esos bandidos que, all? abajo, cometen un crimen por cinco francos, no se aventuraban a guiar expediciones de socorro por los contrafuertes de la cordillera: ?Ser?a tanto como jugarse la vida ?dec?an?. Los Andes, en invierno, no devuelven a los hombres.? Cuando Deley y yo aterrizamos en Santiago, tambi?n los oficiales chilenos nos aconsejaron suspender nuestra busca. ?Estamos en invierno. Aunque su compa?ero haya logrado salir ileso de la ca?da, no habr? sobrevivido a la noche. All? arriba, la noche convierte en hielo al hombre.? Y mientras me deslizaba de nuevo entre las murallas y los gigantescos pilares de los Andes, me parec?a no estar busc?ndote, sino velando silenciosamente tu cuerpo en una catedral de nieve.
Por fin, al s?ptimo d?a, en tanto almorzaba yo entre dos traves?as en un restaurante de Mendoza, un hombre empuj? la puerta y grit?... ?Oh!, fue poca cosa:
??Guillaumet... vivo!
Y todos los desconocidos que se encontraban presentes se abrazaron.
Diez minutos despu?s, yo hab?a despegado, tras haber cargado a bordo a dos mec?nicos, Lefevbre y Abri. Transcurridos cuarenta minutos, aterric? a lo largo de una carretera. Hab?a reconocido, no s? c?mo, el autom?vil que te llevaba no s? ad?nde, por el lado de San Rafael. Fue un hermoso encuentro. Todos llor?bamos y te estruj?bamos entre nuestros brazos, vivo, resucitado, autor de tu propio milagro. Fue entonces cuando t? manifestaste, y aqu?lla fue tu primera frase inteligible, el admirable orgullo de un hombre: ?Lo que yo he hecho, te lo juro, ninguna bestia ser?a capaz de hacerlo.?


M?s tarde, nos contaste el accidente.
Se debi? a una tempestad que cubri? con cinco metros de nieve, en cuarenta y ocho horas, la vertiente chilena de los Andes, taponando todo el espacio. Los americanos de la ?Pan-Air? hab?an dado media vuelta. T?, sin embargo, despegaste en busca de una rendija en el cielo. Descubriste aquella trampa, un poco m?s al Sur, y, a seis mil quinientos metros de altitud, sobre las nubes que se cern?an a seis mil y entre las cuales emerg?an ?nicamente los altos picachos de la cordillera andina, pusiste rumbo a Argentina.
Las corrientes descendentes producen a veces en los pilotos una rara sensaci?n de malestar. El motor va perfectamente, pero uno se hunde. Se intenta ascender para mantener la altura, mas el avi?n pierde velocidad y se torna blando. El hundimiento contin?a. Se retira la mano temiendo haber insistido demasiado en la subida, se deja derivar el avi?n hacia la derecha o hacia la izquierda para adosarse a la cima favorable, la que recibe los vientos como un trampol?n, pero el aparato sigue hundi?ndose. Es como si todo el cielo descendiera. Entonces te sientes cazado ea una especie de accidente c?smico. No hay ning?n refugio. Intentas en vano dar media vuelta, con objeto de encontrar, detr?s, zonas donde el aire pueda sostenerte, s?lido y lleno como una columna. Pero ya no existe ninguna columna. Todo se descompone y te deslizas por un desquiciamiento universal hacia la nube que va subiendo lentamente, llega hasta ti y te absorbe.
?Hab?a estado ya a punto de chocar ?nos dec?as t??. Sin embargo, a?n no quer?a convencerme. A veces, se encuentran corrientes descendentes por encima de nubes que parecen estables, por la sencilla raz?n de que, a la misma altitud, se recomponen indefinidamente. Todo es tan raro en la alta monta?a...
?Y qu? nubes!
?En cuanto comprend? que me hallaba atrapado, solt? los mandos y me agarr? al asiento para no ser proyectado fuera. Las sacudidas eran tan fuertes que las correas me lastimaban los hombros y hubieran saltado. Adem?s, la escarcha me hab?a privado por completo de todo horizonte instrumental y me hizo rodar como un sombrero de los seis mil a los tres mil quinientos metros.
?A tres mil quinientos, entrev? una masa negra, horizontal, que me permiti? enderezar el avi?n. Se trataba de un estanque que reconoc?: la laguna Diamante. Sab?a que estaba situada en una especie de embudo, en uno de cuyos flancos se eleva el volc?n Maip? a seis mil novecientos metros. Aunque me hab?a desembarazado de la nube, continuaba todav?a cegado por espesos torbellinos de nieve y no pod?a alejarme de mi lago sin estrellarme contra una de las paredes del embudo. Fui dando vueltas alrededor de la laguna, a treinta metros de altura, hasta que se termin? el combustible. Despu?s de dos horas de aquel tiovivo, descend? y capot?. Cuando logr? salir del avi?n, la tempestad me lanz? contra el suelo. Me levant? y volvi? a derribarme. No me qued? m?s soluci?n que arrastrarme debajo de la carlinga y cavar un hoyo en la nieve. Me envolv? all? en sacos postales y, durante cuarenta y ocho horas, esper?.
?Despu?s de lo cual, una vez que la tempestad se apacigu?, me puse en marcha.
?Qu? quedaba de ti, Guillaumet? ?Te encontramos, s?, pero quemado y reseco, encogido como una vieja! Aquella misma noche, en avi?n, te conduje a Mendoza, donde las s?banas blancas se deslizaron sobre ti como un b?lsamo. Sin embargo, no te curaban. Te embarazaba aquel cuerpo derrengado, que t? mov?as y remov?as, sin conseguir alojarlo en el sue?o. Tu cuerpo no olvidaba ni las rocas ni las nieves. Ellas te marcaban. Yo observaba tu rostro negro, tumefacto, parecido a un fruto maduro que ha sido golpeado. Aparec?as feo y miserable y hab?as perdido el uso de tus hermosos ?tiles de trabajo. Tus manos segu?an entumecidas y cuando, para respirar, te sentabas en el borde de la cama, tus pies helados colgaban como dos pesos muertos. Ni siquiera hab?as terminado tu viaje. Todav?a jadeabas y, cuando te volv?as contra la almohada en busca de descanso, una procesi?n de im?genes que no eras capaz de detener, una comparsa que se impacientaba entre bastidores, comenzaba en seguida a danzar en tu cr?neo. Y la procesi?n desfilaba. Y t? volv?as a empezar veinte veces el combate contra los enemigos que resucitaban de entre sus cenizas.
Yo te atiborraba de tisanas:
??Bebe, hombre!
?Lo que m?s me asombr?... ?sabes...?
Boxeador que hab?a vencido, pero que hab?a quedado se?alado por los terribles golpes recibidos, reviv?as tu extra?a aventura. Y te ibas liberando de ella a retazos. Y yo te ve?a, durante tu relato nocturno, andando, sin pico, sin cuerdas, sin v?veres, escalando puertos de cuatro mil quinientos metros, o progresando a lo largo de paredes verticales, con los pies, las rodillas y las manos sangrantes, a cuarenta grados bajo cero. Vaciado, poco a poco, de tu sangre, de tus fuerzas y de tu raz?n, segu?as avanzando con una terquedad de hormiga, volviendo sobre tus pasos para rodear el obst?culo, alz?ndote despu?s de tus ca?das o remontando por pendientes que s?lo conduc?an al abismo, sin concederte el menor instante de respiro, porque sab?as que no hubieras conseguido levantarte despu?s de tu lecho de nieve.
En efecto, cuando resbalabas, ten?as que ponerte de pie inmediatamente, para no quedarte transformado en piedra. El fr?o te petrificaba de segundo en segundo y, por haberte permitido, despu?s del aterrizaje, un minuto de descanso de m?s, te ve?as obligado, para levantarte, a poner en juego m?sculos muertos.
Resist?as a las tentaciones.
?Entre la nieve ?me dec?as?, se pierde todo instinto de conservaci?n. Despu?s de dos, tres, cuatro d?as de marcha, lo ?nico que se desea es dormir. Tambi?n yo lo deseaba. Pero me dec?a: Si mi mujer cree que estoy vivo, me ve caminando. Los compa?eros piensan asimismo que ando. Todos ellos tienen confianza en m?. Y ser? un cerdo si no ando.
Y t? andabas y andabas y, con la punta de tu navaja, abr?as cada d?a un poco m?s el desgarr?n de tus zapatos, para que tus pies, que se helaban y se hinchaban, pudieran resistir.
Me hiciste esta extra?a confidencia:
?A partir del segundo d?a, ?sabes?, mi mayor trabajo consisti? en procurar no pensar. Sufr?a demasiado y mi situaci?n era excesivamente desesperada. Para conservar el valor de seguir andando, era preciso no pensar en ello. Por desgracia, controlaba mal mi cerebro, que trabajaba como una turbina. No obstante, todav?a conservaba la capacidad de escoger mis im?genes. Procuraba recordar una pel?cula, un libro. Y la pel?cula o el libro desfilaban en mi imaginaci?n a toda velocidad. Lo malo era que aquello me conduc?a de nuevo a mi situaci?n actual. De manera irremisible. Entonces me lanzaba hacia otros recuerdos...
Sin embargo, en una ocasi?n en que tropezaste y te quedaste tendido boca abajo en la nieve, renunciaste a levantarte. Eras como el boxeador que, vaciado de repente de toda pasi?n, oye c?mo los segundos van cayendo de uno en uno en un universo irreal, hasta el d?cimo, que es inapelable.
?He hecho todo cuanto he podido y ya no me queda ninguna esperanza, ?para qu? obstinarme en este martirio?
Te bastaba con cerrar los ojos para que el mundo te dejara en paz. Para borrar del universo las rocas, los hielos y las nieves. Apenas cerradas, aquellas pupilas milagrosas no percibir?an ya ni golpes, ni ca?das, ni m?sculos rotos, ni hielo que quemara, ni aquel peso de la vida que se hace menester arrastrar cuando uno camina como un buey y esa vida pesa m?s que una carreta. Tu saboreabas ya aquel fr?o que se hab?a convertido en un veneno y que, parecido a la morfina, te llenaba ahora de bienestar. Tu vida se refugiaba alrededor de tu coraz?n. Algo dulce y precioso se acurrucaba en el centro de ti mismo. Tu conciencia, poco a poco, abandonaba las regiones lejanas de aquel cuerpo que, animal hasta entonces atiborrado de sufrimientos, participaba ya de la indiferencia del m?rmol.
Incluso tus escr?pulos se calmaban. Nuestras llamadas ya no te alcanzaban o, m?s exactamente, se transformaban en las llamadas de un sue?o. T? respond?as, feliz, con una marcha de ensue?o, a zancadas f?ciles que te abr?an sin esfuerzo las delicias de las llanuras. ?Con qu? facilidad te deslizabas por un mundo que tan agradable se hab?a vuelto para ti! Y t?, Guillaumet, decid?as avaro negarnos tu regreso.
Los remordimientos llegaron desde el trasfondo de tu conciencia. Al sue?o se mezclaron, de pronto, detalles preciosos:
?Pensaba en mi mujer. Mi p?liza de seguro la librar?a de la pobreza. S?, pero la p?liza...
En los cases de desaparici?n, la muerte legal se retrasa durante cuatro a?os. Este detalle se te apareci? con tanta claridad que borr? todas las dem?s im?genes. Ahora bien, tu cuerpo estaba ahora tendido boca abajo, en una fuerte pendiente nevada. Y ese cuerpo, al llegar el verano, rodar?a con aquel barro hacia una de las mil grietas de los Andes. T? lo sab?as. Pero sab?as, asimismo, que una roca emerg?a a unos cien metros delante de ti:
?Pens?: si me pongo en pie, quiz? pueda llegar hasta all?. Y si coloco mi cuerpo apoyado contra una piedra, cuando llegue el verano me encontrar?n.
Una vez en pie, caminaste durante dos noches y tres d?as.
Sin embargo, no pensabas llegar muy lejos.
?Muchos signos me presagiaban el fin. Por ejemplo, me ve?a obligado a detenerme cada dos horas, m?s o menos, para ensanchar un paco mi zapato, friccionar con nieve mis pies que se hinchaban o, sencillamente, para proporcionar un descanso a mi coraz?n. Hacia los ?ltimos d?as, perd?a a ratos la memoria. Cuando llevaba ya mucho rato andando, me daba cuenta de que hab?a olvidado algo. La primera vez fue un guante y, con aquel fr?o, la cosa resultaba grave... Lo hab?a colocado frente a m? y me march? sin recogerlo. Despu?s fue el reloj. Luego la navaja. M?s tarde, la br?jula. A cada parada, me iba empobreciendo...
?Lo que salva es dar un paso. Otro paso m?s. Siempre es el mismo paso el que se recomienza.
?Te juro que ninguna bestia seria capaz de hacer lo que yo he hecho.? Esta frase, la m?s noble que yo conozco, esta frase que sit?a al hombre en su verdadero lugar, que lo honra, que restablece las aut?nticas jerarqu?as, no se me borraba de la memoria. T?, por fin, te dorm?as. Tu conciencia quedaba abolida, pero volver?a a renacer al despertarse y dominar?a de nuevo aquel cuerpo desmantelado, arrugado, quemado. El cuerpo, por consiguiente, no es m?s que un buen utensilio, el cuerpo no es m?s que un servidor. Y este orgullo de poseer un excelente utensilio, t?, Guillaumet, sab?as describirlo as?:
?Privado de comida, ya puedes imaginar que, al tercer d?a de marcha..., mi coraz?n no lat?a ya muy de prisa... ?Pues bien! Avanzaba a lo largo de una pendiente vertical, suspendido por encima del vac?o, cavando agujeros para colocar mis pu?os, cuando mi coraz?n sufri? una aver?a. Vacil?, volvi? a latir. Por alg?n tiempo, anduvo a saltos. Yo sent?a que si vacilaba un momento m?s, me soltar?a. Por lo tanto, permanec? inm?vil y escuch? en mi interior. Nunca, ?me oyes?, nunca hab?a estado en mi avi?n tan pendiente de mi motor. Durante aquellos minutos, me mantuve colgado de mi coraz?n. Yo le dec?a: ??Anda, haz un esfuerzo! Procura seguir latiendo... ? ?Por fortuna, era un coraz?n de buena calidad! Vacilaba, pero siempre volv?a a latir... Si supieras qu? orgulloso me sent? de mi coraz?n!
En la habitaci?n de Mendoza donde te velaba, te dormiste, por fin, en un sue?o anhelante. Y yo pensaba: Si le hablaran de su valor, Guillaumet se limitar?a a encogerse de hombros. Pero tambi?n supondr?a una traici?n ensalzar su modestia. ?l est? bastante m?s all? de tan mediocre cualidad. Si alza los hombros es por sensatez. ?l sabe que, una vez metidos en la acci?n, los hombres ya no tienen miedo. A los hombres ?nicamente les asusta lo desconocido. Particularmente cuando lo observan con esta seriedad l?cida. El valor de Guillaumet es, ante todo, un efecto de su rectitud.
Su verdadera cualidad no reside en esto. Su grandeza consiste en sentirse responsable. Responde de s? mismo, del correo y de los compa?eros que lo esperan. Sabe que tiene en sus manos la pena o la alegr?a de aquellos. Se siente responsable de todo lo nuevo que se construye all? abajo, entre los vivos, en lo cual ?l debe participar. Un poco responsable tambi?n del destino de los hombres, en la medida de su trabajo.
Pertenece a ese tipo de hombres generosos que aceptan cubrir amplios horizontes con su sangre. Ser hombre significa, precisamente, ser responsable. Supone conocer la verg?enza frente a una calamidad que no parec?a depender de uno. Supone sentirse orgulloso de una victoria que los compa?eros han conseguido. Supone sentir, al colocar su grano de arena, que se contribuye a construir el mundo.
Se pretende equiparar a tales hombres con los toreros o los deportistas. Se elogia el desprecio a la muerte de ?stos. Pero yo me r?o del desprecio a la muerte. Si no extrae sus ra?ces de una responsabilidad aceptada, no es m?s que un signo de pobreza o de exceso de juventud. Conoc?a a un suicida joven. No recuerdo qu? clase de mal de amores le empuj? a dispararse cuidadosamente un tiro en el coraz?n. Ignoro qu? tentaci?n literaria le llev? a ponerse en las manos guantes blancos, pero recuerdo haber sentido frente a aquella triste mascarada una impresi?n, no de nobleza, sino de mediocridad. Detr?s de aquel rostro amable, bajo aquel cr?neo de hombre, no hab?a existido nada, absolutamente nada. S?lo la imagen de alguna muchachita boba, como hay tantas.
Y frente a aquel destino vac?o, recordaba la aut?ntica muerte de un hombre. La de un jardinero, que me dec?a: ??Sabe usted...? A veces sudaba al cavar. La pierna me dol?a por culpa de mi reumatismo y yo maldec?a aquella esclavitud. En cambio hoy, querr?a cavar, cavar sin tregua la tierra. ?Cavar me parece ahora tan hermoso! ?Se siente uno tan libre cuando cava! Y, adem?s, ?qui?n va a podar mis ?rboles cuando yo falte?? Sab?a que abandonaba una tierra por desbrozar, que dejaba un planeta por desbrozar. Estaba ligado por el amor a todos los ?rboles de la tierra. ??1 era el generoso, el pr?digo, el gran se?or! Era, al igual que Guillaumet, un hombre valiente cuando luchaba, en nombre de la Creaci?n, contra la muerte.



III


EL AVI?N


?Qu? importa, Gujllaumet, que pases tus d?as y tus noches, de trabajo controlando man?metros equilibr?ndote sobre gir?scopos, auscultando el respirar de los motores, descarnando tus espaldas contra quince toneladas de metal? Los problemas que se te presentan son, a fin de cuentas, problemas de hombre y t? alcanzas en su totalidad, al mismo nivel, la nobleza del monta?ero. Eres tan capaz como un poeta de saborear el anuncio del alba. Desde el fondo del abismo de las noches dif?ciles, has deseado con tanta frecuencia como ?l la aparici?n de ese ramillete p?lido, de esa claridad que surge al Este, desde las tierras negras. A veces, esa fuente milagrosa se ha ido deshelando poco a poco ante ti y te ha curado cuando cre?as morir.
El hecho de utilizar un instrumento cient?fico no te ha convertido en un t?cnico a secas. Me parece que quienes se asustan demasiado ante nuestros progresos t?cnicos confunden el fin con los medios. Quienquiera que luche con la ?nica esperanza de conseguir bienes materiales no cosecha, en efecto, nada que valga la pena de vivir. Porque la m?quina no es un fin. El avi?n no es un fin. Es una herramienta. Una herramienta como el arado.
Si opinamos que la m?quina estropea al hombre se debe, quiz?s, a que carecemos de la suficiente perspectiva para juzgar los efectos de las r?pidas transformaciones a que hemos asistido. ?Qu? representan los cien a?os de historia de la m?quina en relaci?n con los doscientos mil de la historia del hombre? Hace apenas unos d?as que nos instalamos en este paisaje de minas y de centrales el?ctricas. Apenas hace unos d?as que comenzamos a habitar esta casa nueva, que a?n no hemos terminado de construir. ?Todo ha cambiado tan r?pidamente a nuestro alrededor: relaciones humanas, condiciones de trabajo, costumbres...! Incluso nuestra misma psicolog?a se ha visto trastornada en sus bases m?s ?ntimas. Las nociones de separaci?n, de ausencia, de distancia y de regreso, aun cuando las palabras hayan continuado siendo las mismas, no definen ya las mismas realidades. Para captar el mundo de hoy, hemos de emplear un lenguaje que fue establecido para el mundo de ayer. Y creemos que la vida del pasado responde mejor a nuestra naturaleza por la sola raz?n de que responde mejor a nuestro lenguaje.
Cada progreso nos ha apartado un poco m?s de las costumbres que apenas hab?amos adquirido. Somos, en verdad, como emigrantes que todav?a no han fundado su nueva patria.
Somos j?venes b?rbaros a quienes los nuevos juguetes maravillan a?n. Nuestras carreras de aviones no tienen otro sentido. Queremos saber cu?l de ellos sube m?s arriba, cu?l corre a mayor velocidad. Y nos olvidamos de por qu? los hacemos correr. La carrera, provisionalmente, es m?s importante que su objetivo. Siempre sucede lo mismo. Para el colonizador que funda un imperio, el sentido de la vida se basa en conquista

Tags: Literatura, Saint-Exupéry.

Comentarios
Publicado por Olivia07
S?bado, 06 de octubre de 2007 | 15:49
Estimado,le confieso que El Principito hace a?os que es uno de mis libros preferidos.Ahora, creo percibir en Ud. cierto deseo de retornar a un punto en que sus lectores ya no regresaremos!!Buenas Tardes.desquiciado
(el saquito en punto cruz qued? precioso)Divertido