EL TALÓN DE ESAÚ
(novela por entregas. Cap. 12/33)
Jorge Luis Sagrera
DOCE
No entré al quincho. El grupo encabezado por Arnaldo y Germán seguía gobernado por el mismo viento. Otro grupo había hecho enroque largo instalándose en la playa. A mi espalda: San Ignacio. Al sudoeste: el sauce llorón que cobijaba la charla caliente de Mia y José. Me decidí por el grupo de la playa (alcancé a ver a Paulita: seguía vestida de payasa, pero sin cara de payasa).
-Buen día- dije.
Nadie contestó. Paulita me dedicó una sonrisa cómplice y me hizo lugar. Le dije al oído:
-¿Cerveza?
-Seis, nomás- dijo ella arrebatándome un pack.
Me senté en canastita dispuesto a disfrutar de la charla.
Hablaba Gloria. Me senté en canastita dispuesto a disfrutar de la noche y la cerveza.
-Arny dice que, hoy día, es imprescindible tener todo eléctrico.
Arny es Arnaldo. Gloria se había casado con él.
-¿Todo?- dijo Paulita.
-Absolutamente todo- dijo Gloria.
-¿El órgano?- dijo la gorda Ravirolta -, también eléctrico?
Nos reímos.
Gloria no.
-¡Vos usás consolador, gorda tetas de tapa de olla!
-¿Y los mosquitos?- pregunté.
-Fuyí Vape, tontuelito.
Insistí:
-¿Y si hay corte de energía?
Hubo una especie de pugilato verbal. Gloria me preguntó si me acordaba quién había sido abanderado, y yo le contesté que sí me acordaba, que había sido ella, que me había sacado dos puntos de ventaja y que desde el momento en que se había casado con Arnaldo los puntos de ventaja treparon a tres. No esperaba esa respuesta: la dejé como un bagre, boqueando panza arriba en la arena. Me levanté sin hacer caso a sus amenazas de contarle todo a su esposo, y enfilé hacia el quincho: Butiche acababa de trasponer la puerta del club. Vi cómo el grupo de navegación lo invitaba, con señas, a sentarse. Intuyendo que se iba a caer al agua, apuré el paso para socorrerlo. Demasiado tarde, Butiche había subido al velero. Arnaldo y Germán eran los únicos que hablaban, y los dos a la vez. Butiche los miraba, alternativamente, a uno y a otro. Parecía que miraba un partido de tenis. Blanco. Butiche estaba blanco. Lo imaginé mareado. No tiene uñas de grumete este muchacho.
-¿Llamo a la prefectura, Dick Turpin?- le dije al oído.
-¿Por?
-Estás blanco como calzoncillo de reverendo.
-¿De rengo?
-De reverendo, sordo.
-¿Quién te dijo que los curas usamos calzoncillos blancos?
-Lo leí en L'Observattore Romano.
Ahora, los muchachos del club De Navegación hablaban de anclas. Del peso apropiado para un velero de doce metros de eslora.
-¿Vamos afuera, Francisco Pizarro?- me dijo Butiche -. Estas conquistas me producen náuseas.
-Vamos.
Nos paramos y encaramos la puerta.
-¡Eh!- dijo Arnaldo - ¿No les interesa la conversación?
Butiche, de niño, asistía a un curso de diplomacia que, todos los jueves en el Centro de Comercio, dictaba Martín Karadagián.
-Pesada- dijo.
-¿Qué?- dijo Germán.
¡Oh!, el calzón del culo reaccionó. Su fundillo no logra zafar de la presión que le ejercen los glúteos.
-El ancla- dijo Butiche con tono de confesor -, debe ser muy pesada. ¿No?
Salimos al parque. Butiche se dirigió hacia el bosquecito de sauces llorones.
-Por ahí no- dije, sujetándolo del brazo.
-¿Por qué?
-Después te digo- consulté mi reloj de pulsera. Recordé las palabras de Mia: "En un minuto estoy con vos".
¿Cómo puedo ser tan desconfiado? Recién van cincuenta segundos y yo soy la Virgen del Santo Rosario de San Nicolás.Tags: Literatura, Novela por entregas.