Del álbum familiar (III)
El viernes 30 compré una tira de asado. La compré con tiempo para asarla el 31 al mediodía. Venían R... y L... a comer. Lo mejor hubiera sido comerla ese mismo mediodía que la compré, porque había dos o tres pedazos que no me gustaban mucho: estaban un poco oscuros. Decidí salar la carne enseguida y la metí en la heladera, en la parte más alta. La de más frío.
Cada vez que habría al heladera la ojeaba.
El sábado por la mañana, tipo once, la saqué: tuve que quitarle algunas partes, que fueron a la comida de los perros. En verdad olía mal.
Al resto que quedó le pasé un poco de vinagre blanco, luego lavé la carne con agua fría y la puse a asar. Para mí, el olor de la carne no era de lo mejor: era como una mezcla de olores. Así que tuve mis dudas con respecto al resultado final.
Se puede decir sin ningún tapujo que lo dejé todo en manos de Dios. Compré unas hamburguesas por las dudas que, luego de asada, la tira de carne estuviera incomible.
Cuando serví. M..., mi esposa, dijo qué buena que estaba la tira de asado.
Por la noche, corté unos pedazos que habían quedado y lo picoteamos fríos con otras visitas que tuvimos. Dijo una de ellas, qué condimento usaste. Está bien salada, dijo otro que sabe mucho de comidas. Dije que sí que la había salado medio día antes. No pude decir toda la verdad.
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