EL TALÓN DE ESAÚ
(novela por entregas. Cap. 14/33)
Jorge Luis Sagrera
CATORCE
José se levantó, sacudió la arena del pantalón y me miró, desde arriba, con esos ojitos que tiene de lobo jubilado.
-Interesante lo tuyo- dijo sin interés, y volviéndose al resto -. En el quincho estaban hablando de motos... ¿alguien quiere venir?
-Sí- dije -. Gloria tiene ganas de ir.
-Yo no voy a ningún lado- dijo Gloria.
-Bueno- dijo José -. Ustedes son los que se lo aguantan... ¡Nos veémos!
-Chauchau.
Te vamos a extrañar, Carlitos Balá. hache cuatro: hundido.
-La verdad que a tu historia no la agarré- dijo la gorda. Lo dijo como pidiendo perdón.
-Era chiquito así cuando me la contaron, tampoco alcancé a entenderla. Pero ahora que soy grande, así de grande, cada vez la entiendo menos.
-Ajá- dijo la gorda.
-¿No sabés quién puede explicármela?- dije.
-No...- dijo ella.
Me miraba con la boca abierta, como si estuviera a punto de escuchar cómo es un día en la vida eterna. Mia me miraba con cara de pobre gorda, dejate de joder.
-Gorda- dije -, creo que la clave de la historia está en el hermano menor.
-¿Ah, sí?- dijo ella mientras tiraba por encima de su cabeza la costilla de vaca, pelada.
-Gorda, qué poca conciencia ecológica- le reproché.
-Los perros se encargan. Seguí.
-Los perros se cagan... ¡les dejaste el hueso pelado!
-¡Seguí, Arenz!
Seguí.
-Como les decía, la clave está en el hermano menor. Pregunto: ¿cómo creen ustedes que llega el hermano menor, con aliento o sin aliento?
Butiche se tapó la cara con las manos. Mia se mordió el labio inferior y buscó la Cruz del Sur. Gloria tenía cara de: "Yo, señorita".
-Llega reventado- dijo Gloria -. Llega sin aliento.
-¡Correcto abanderada!- dije apuntándola con el dedo -. Por eso se negó al Colgate.
La gorda decía: "¡Ajá... ajá!" Paulita armó una albóndiga de arena y me la embocó en la oreja.
Dios, pica.
-Nos agarró para la joda- dijo Gloria.
-No- dije -, no crean...
-Te aplasto- dijo la gorda -, juro que te aplasto.
Empezó otra vez con los movimientos raros.
Movimientos de Tocatta y fuga.
-Un hombre- dijo Butiche justo a tiempo - fue arrojado arteramente por un barranco. En el bárbaro descenso su cuerpo golpeaba en las salientes rocosas y su piel se dilaceraba entre matas y espinas. Por fin llegó al fondo del barranco. Como un tronco sobre una pendiente, el hombre dio incontables vueltas antes de detenerse. Se incorporó maltrecho y, a los tumbos, consiguió llegar a la plaza del pueblo. Allí relató lo sucedido, pero nadie creyó la historia, porque en ese pueblo se juzgaban poco creíbles a las personas que daban vueltas sobre sí mismas.
-El hombre- comencé a opinar - es un pobre tipo... -no pude terminar. La gorda Ravirolta me selló la boca con sus manitas.
-¿Adiviná quién soy?- dijo.
-Mñmnñmm- dije.
Debió haberme entendido, porque me soltó enseguida.
-Vos callate- me ordenó y, dirigiéndose a Butiche -. No es conmovedor, che... Dale, contá algo vos- rogó a Mia.
-Gorda- dije, pensaba explicarle que de la única manera que podíamos conmoverla era sentándola sobre la boca del Vesubio, pero no pude hacerlo, recibí un codazo en el estómago que me dio vuelta. Es decir: hablando al revés, de afuera para adentro.
Eria, orrocos.
Mia empezó a contar con su habitual tono melancólico y consiguió calmarla.
-Jaca. España. Diecisiete de julio de mil novecientos treinta y cuatro. Jaime Provenzal, un muchacho de veinte años, decidió dejar todo para venirse a la Argentina. El día de la partida, con una mano saludada a las muchachas, amigos y parientes que habían llegado hasta el puerto para despedirlo como a un héroe. Con la otra mano, en el bolsillo del saco, acariciaba las hojas de una reciente edición de un libro de Stevenson.
El horizonte deshizo a sus padres y hermanos; a los Pirineos y al sol; a las calles angostas de Jaca y la hermosa costumbre de ir todos los domingos a pasaje Elefante a comer gambas con vino rosado.
Llegó a
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