¿Sirve la lectura?
Alocución de Jorge Sagrera frente al espejo.
1 - La lectura como valor.
2 - ¿Sirve la lectura?
3 - De qué tipo de lectura estamos hablando.
4 - ¿Qué nos puede aportar la lectura?
5 - Qué lugar le damos al libro.
6 - “Por lo menos los chicos leen”.
7 - Párrafo final. Regresamos a la lectura como valor.
1- La lectura como valor.
Permítanme comenzar esta conversación relatándoles un breve episodio. Una joven, que conozco muy bien, estaba confeccionando un currículum vitae. Luego saldría a repartirlo por comercios y empresas, persiguiendo el difícil objetivo de encontrar un trabajo.
Confeccionaba su currículum, decía, y en la sección en la que indica manejo de programas de PC o lo relativo al uso de distintas tecnologías le sugerí: “Escribí que tenés muy buena redacción”. Me dijo: “¿Cómo voy a poner eso? Le dije que, hoy, tener muy buena redacción es un valor. Como le daba vergüenza escribir “Muy buena redacción”, convinimos en que escribiera sólo “Buena redacción”.
Ahora, si llegamos a ponernos de acuerdo en que redactar muy bien, o redactar bien, es un valor, tendremos que coincidir también en que los valores no se consiguen en la estantería de un supermercado. Los valores, la honestidad, la veracidad, por ejemplo, no vienen completamente dados. Salvo para algún virtuoso, que no es mi caso, los valores exigen una actitud no sólo en el ámbito de lo público, sino y más duro el trabajo, exigen una actitud en el ámbito de lo privado, o en el ámbito de lo íntimo: mi alma y yo solamente.
Independientemente de la gracia que hemos tenido de caer en tal o cual geografía, en ésta o en aquélla familia, podemos acordar que, un valor, entonces, se conquista, se construye, exige esfuerzo, dedicación. Y yo estimo que, a la lectura hoy, podemos incluirla en un listado personal de valores.
También, hay que decirlo: cuando uno se ha acostumbrado (o se ha decidido) a pasar por la puerta estrecha, es decir, frecuentar los valores humanos, espirituales o intelectuales, le resulta imposible dejar de hacerlo, porque, a mi entender, si uno no los frecuenta, atenta contra sí mismo.
2 - ¿Sirve la lectura? ¿Se puede contestar esta pregunta? ¿De qué tipo de utilidad estamos hablando? Desde hace tiempo, cualquier actividad artística, en general, está anudada a esta idea: ¿Sirve? (por otra parte, podemos preguntarnos qué queremos decir cuando decimos que algo sirve o no sirve).
En la Revista Ñ del 11 de noviembre de 2006, Wolfgang Schluchter advierte que, en Alemania, carreras como sociología van a tener que luchar por la supervivencia. Habla de nuevas concepciones: las universidades deben adaptarse a los requerimientos de la empresas. Se trata de la comercialización del ámbito académico. Entonces, insistimos: ¿desde dónde se ubican los que preguntan si sirve o no leer?
3 - De qué tipo de lectura estamos hablando.
Y cuando hablamos de leer, ¿a qué tipo de lectura nos referimos?: ¿libros?, ¿revistas?, ¿diarios? Y si hablamos de lectura de libros, ¿qué clase de género?: ¿historia?, ¿ciencia y técnica?, ¿periodísticos?, ¿ensayos?, ¿auto ayuda?, ¿literarios?
Podemos comprobar que se abre un arco interesante, pero muy amplio, casi inabarcable para tratarlo hoy.
4 - ¿Qué nos puede aportar la lectura?
En este punto voy a abrir dos derivas.
La primera. Tiene que ver con la lectura en general, a la lectura como práctica.
Pierre Levy (Túnez, 1956), en su artículo La oralidad primaria, la escritura y la informática, argumenta que, según J. Goody y E. Havelock, cierto tipo de pensamiento racional o crítico no ha podido desarrollarse más que en relación con la escritura.
Neil Postman (EEUU, 1931-2003) dice: por su propia naturaleza la lectura nos enseña a razonar... La cultura del libro nos dota de una mente más analítica, de una recepción más reposada del mundo.
Y la segunda deriva, a mi entender, es más importante que la primera. Leyendo, sobre todo determinados tipos de libro, uno puede encontrarse con escritos como éste:
Ningún hombre es en sí equiparable a una Isla;
todo hombre es un pedazo del Continente,
una parte de Tierra Firme...
La muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque soy una parte de la Humanidad.
Por eso no quieras saber nunca por quién doblan las campanas;
¡están doblando por vos...!
Poesía de Jhon Donne, citada por Ernest Hemingway.
Puede comprobarse así, que el género humano tiene un mismo origen, una misma composición. Leyendo, tengo la gracia de comprobar que, a otros, le pasan las mismas cosas que me pasan a mí, tienen sueños y anhelos similares. Sufren y se alegran como yo.
En el libro Testigo de Esperanza, el biógrafo de Wojtyla, dice: Juan Pablo II estaba convencido de que una de las debilidades de la vida intelectual moderna era la tendencia en todas las disciplinas a pensar que sólo existía un modo de captar la realidad de la condición humana (...) La literatura, sostenía, en ocasiones podía alcanzar ciertas verdades que no se captaban adecuadamente mediante la filosofía o la teología.
Y hablando de la condición humana, transcribimos aquí un párrafo de Los Hermanos Karamázov, de F. M. Dostoievski.
“Escucha: si todos hemos de sufrir para comprar con nuestro sufrimiento la eterna armonía, ¿qué tienen que ver con ello los niños?”
Desde otra postura existencial, en La Peste de Albert Camus, puede rastrearse el gemido del hombre ante el silencio de Dios.
“Hubiera podido decir (sermón del padre Paneloux) que la eternidad de delicias que esperaba al niño le compensaría el sufrimiento... ¿quién podría afirmar que una eternidad de dicha puede compensar un instante de dolor humano?”.
“La virtud de aceptación (del dolor) no debía ser comprendido... como resignación, o como humildad. Se trataba de humillación, pero que el sufrimiento de un niño es humillante para la mente y el corazón, pero precisamente hay que pasar por ello”.
5 - Qué lugar le damos al libro.En abril de 2005, la periodista Susana Reinoso publicó, en el diario La Nación, una interesante entrevista a Fernando Baez: autoridad mundial en el campo de la historia de las bibliotecas e integrante de las comisiones que investigaron el saqueo cultural en Irak.
Baez sostiene una tesis: los que destruyen libros no lo hacen de puros ignorantes que son. No. Lo hacen, precisamente, porque reconocen las importancia que los libros tienen en el pasado, presente y futuro de los pueblos.
Los biblioclastas, dice, saben que, sin la destrucción de los libros y documentos, la guerra está incompleta, porque no basta con la muerte física del adversario. También hay que desmoralizarlo. Y una táctica frecuente consiste en suprimir los principales elementos de identidad cultural, que suelen ser los que más valor proporcionan para asumir la resistencia o la defensa.
A nivel simbólico, comenta Baez, la destrucción de libros más impactante es la de la Biblioteca de Alejandría, porque fue una metáfora del conocimiento.
En la Argentina, desde hace largo tiempo, la fotocopia ha reemplazado al libro en la transmisión de saberes. Lo vemos en la escuela primaria, en la secundaria, en el terciario y en la Universidad. Fotocopias que van y vienen, que lo inundan todo. La fotocopia no permanece; todos lo sabemos: es algo incómoda y poco atractiva para guardar en una biblioteca. Cumplido su objetivo: se desecha. Se descarta.
Es cierto sí, que ante los precios de los libros y para acceder al saber la defensa sea la fotocopia. Hay un largo debate instalado sobre este tema. Habría que detenerse a pensar lo siguiente: un país que se funda en la cultura de la fotocopia, no será un país, sino una fotocopia de país. Todos aspiramos que la Argentina sea un país original.
Argentina no es Alejandría, por cierto. Pero la fotocopia en la Argentina viene a cumplir los objetivos de los biblioclastas, esto es: la destrucción del alma de los pueblos.
6 - “Por lo menos los chicos leen”.
Esta frase suele escucharse en algunos ámbitos escolares cuando intenta justificarse la inclusión de tal o cual libro en la esfera educativa. Pregunta: ¿qué sucedería si a una cultura a la que se quiere iniciar en el formato audiovisual se le exhiben contenidos como “Gran Hermano”, o uno de esos programas que muestran la actividad de los famosos? ¿Diríamos, reconvirtiendo nuestra frase titular: “Por lo menos los chicos ven televisión”? ¿Estaría bien empezar con estos contenidos?
A mi entender, en determinados ámbitos, no se puede esgrimir la sentencia: “Por lo menos los chicos leen”.
La séptima edición de El Alquimista (Edit. Planeta, Bs. As., febrero de 2001) se anuncia de la siguiente manera: Edición especial para el trabajo en el aula con guía de actividades de pre-lectura, análisis y lectura comprensiva. La edición está refrendada por un docente.
En una oportunidad tuve que hacer un trabajo, se titula: De Hermann Hesse a Paulo Coelho, o Siddharta en los tiempos de El Alquimista. Se trata, como su nombre lo sugiere, de comparar, de someter a una especie de conversación, la obra de estos dos escritores.
Era mi intención hacer notar, dado que las historias resultaban similares, la conveniencia de trabajar, en el aula, el libro de Hesse en lugar del libro de Coelho.
En el análisis que hice aquella vez se debatía respecto al estilo, la visión del mundo que cada una de la obras tenía y algunos aspectos del lenguaje, entre otras cuestiones.
El trabajo completo puede encontrarse en este mismo blog, ahora quiero detenerme y compartir con ustedes una parte de ese estudio. Tiene que ver con la cantidad de repeticiones de palabras, oraciones y sentencias que tiene la novela El Alquimista.
Ø Entre la página 124 y la 126 (tres páginas) se repite 22 (veintidos) veces la palabra corazón.
Ø Se acordó, o recordó: puede hallarse en las páginas: 21, 27, 28, 31, 32, 38, 40, 41, 43, 48, 53, 54, 70, 71, 72, 79, 80, 80, 86, 98, 100, 102, 109, 110, 111, 118, 118, 123, 128, 152, 155, 155, 156: 33 (treinta y tres) veces.
Ø Lenguaje del mundo: páginas: 29, 30, 90, 91, 93, 101, 107, 111, 118, 146, 151: 11 (once) veces.
Ø Cuando alguien quiere algo, todo el universo conspira para que esa persona lo logre: páginas: 37; 52; 94; 114; 120: 5 (cinco) veces.
Ø Alma del mundo: páginas: 37, 84, 84, 85, 88, 99, 100, 102, 103, 103, 106, 108, 109, 110, 121, 123, 125, 128, 128, 131, 131, 141, 142, 142, 142, 142, 143, 143, 144: 29 (veintinueve) veces.
Ø Leyenda personal: páginas: 36, 36, 36, 36, 36, 37, 37, 38, 38, 42, 42, 43, 46, 62, 78, 94, 99, 110, 111, 113, 114, 118, 118, 118, 119, 122, 123, 127, 130, 130, 132, 132, 132, 135, 136, 136, 140, 142, 142, 146, 150, 151, 151, 151, 156: 47 (cuarenta y siete) veces.
Entonces, en las 135 (ciento treinta y cinco) páginas que componen El Alquimista hay 147 (ciento cuarenta y siete) repeticiones. Esto supone que el lector se topa con una repetición en cada hoja del texto de Coelho.
Ahora, ¿no se puede leer a Coelho en las escuelas? Se puede, cómo no se va a poder. Podemos recordar aquí la poesía de Jhon Donne, adaptarla y pensar que: si cada hombre es un pedazo de continente, por qué no abrirnos a la idea que, todo escritor, puede ser parte de un continente literario. Toda obra, más cerca o más lejos, puede pensarse en un diálogo con otras.
Sin embargo, insistimos, El Alquimista, o los de su tipo, no pueden convertirse en libros aislados de un todo literario. O mejor: un docente no debería basar sus lecturas y sugerir a sus alumnos, sólamente, obras como las de Coelho.
7 - Párrafo final. Regresamos a la lectura como valor.
Cuando alguien ha descubierto, lo placentero que puede resultar la lectura, lo que tiene de sanador y redentor, lo que aporta a la comprensión del mundo, del prójimo y de sí mismo: no se puede menos que salir a compartir este descubrimiento con los demás.
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