Arendt y Foucault, un diálogo inventado.
Por: Jorge Luis Sagrera
Llegó 20 minutos después de lo acordado. Arendt estaba contra la venta ojeando El horla, de Maupassant.
-Disculpe la demora- dijo Foucault -, cuando venía para acá, me demoré en una manifestación.
-¿Frente a la cárcel?- dijo Arendt, por encima de los anteojos.
-Justamente.
-Tuve que desviarme bastante para poder llegar a horario- dijo Arendt.
Foucault, con un gesto, casi una reverencia, invitó a Hannah a sentarse. La autora de La condición humana, regresó El horla a su estante y luego se acomodó en un sillón basculante de esterilla y roble.
-¿Qué leía?- dijo Foucault.
-El Horla- dijo Arendt.
-Nadie como él para retratar el tema de la locura.
-Sus personajes- dijo Arendt -, me han quedado grabados con gran intensidad.
Foucault asintió con la cabeza, después miró a derecha y a izquierda, dijo:
-¿Nuestros anfitriones?
-Los tres en la cocina- dijo Arendt - : Silvia revisa el grabador; Stella acomoda la cámara fotográfica y Jorge prepara el mate.
-¿Mate?- dijo Foucault -, creo que hemos intimidado a estos muchachos.
-Posiblemente... ¿leyó los textos?
-Sí- dijo Foucault -, qué le parece si vamos conversando un poco...
Arendt miró hacia la cocina. No iba a ser tan sencillo sacarnos de ahí.
-Está bien- dijo.
-Creo que en esta conversación- dijo Foucault -, debemos incluir a Norma.
-Estoy de acuerdo, pero... ¿por qué lo dice?
-Estos muchachos nos pedían conversar respecto a Jorge Semprun y el papá de Norma, nada más. Sin embargo, Norma es quien empuja a su padre a realizar una arqueología de su locura.
-Sí- dijo Arendt-, necesita del relato para acercarse a la verdad... "Todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas".
-Isak Dinesen- dijo Foucault.
Arendt se quedó callada un momento, parecía que su pensamiento anidaba en otro sitio.
-Hay en los dos textos, en La escritura y la vida y en El momento justo equivocado, una apelación a la memoria y al olvido.
Foucault y Arendt ya habían comenzado a hablar: los muchachos no podían ingresar en el living así nomás, graciosamente, y decir "¡Buenas, buenas!", como si se tratara de un día de campo. Romperían el clima. Silvia puso en marcha el grabador y lo acercó a la hendija que ofrecía la puerta entreabierta. Stella debería esperar para sacar sus fotos. Jorge cebó el primer mate.
-Olvido como un proceso psicológico- continuó Arednt -, para que haya memoria, es imprescidible que haya olvido.
-Fue necesario que transcurriera un buen tiempo- dijo Foucault -, para que Semprun diera a la luz La escritura o la vida.
-Los movimientos totalitarios- dijo Arendt - intentan reducir, la existencia de los hombres, sólo a la labor y el trabajo. En Buchenwald no había muchas posibilidades para el arte, sin embargo...
Foucault llevó el dedo índice al cuello de su polera blanca de lana y la estiró hacia abajo.
-Hace calor- dijo.
-Por qué no se quita la polera.
-Sucede que, en la fotas más representativas, aparezco con esta polera blanca.
-Algo similar le ocurre al Ché- dijo Arendt -, está obligado a posar siempre de la misma manera.
Foucault regresó el cuello de la polera a su lugar.
-Otra cosa que podríamos conversar- dijo -, es la actitud pintoresca del jardinero que "zamarreaba con violencia un árbol". Parece que, ahí, podemos reflexionar respecto al biopoder. El jardinero intenta acelerar el devenir natural de la Creación. En ese sentido, lo dice usted en El movimiento totalitario, el nazismo creía en doctrinas como la siguiente: "Cuanto más cuidadosamente reconocemos y observamos las leyes de la naturaleza y de la vida..., tanto más nos ajustamos a la voluntad del Todopoderoso".... El jardinero bajó hojas, el nazismo bajó hombres.
Jorge ofreció un mate a Stella. Olvidó que no le gustaba. Dijo "No", no fue un susurro.
Foucault dejó de hablar y miró a Arendt.
-Por qué- dijo Foucault.
-Por qué, qué- dijo Arendt.
-Por qué, "no".
-No abrí la boca- dijo Arendt -, lo estaba escuchando atentamente.
Foucault se quitó los anteojos y comenzó a limpiar los cristales con un pañuelo de papel.
-Bajó hombres- repitió lacónicamente Arendt -, reducir los espacios... En Buchenwald no había muchas posibilidades para el arte, sin embargo alguna vez se podía recitar a Baudelaire...
-¿Observó- dijo Foucault -, cómo le fue al padre de Norma por dar cuenta de la realidad a través de sus cuadros? Igual que a Picasso, con aquel retrato magnífico en el que consiguió pintar la esencia de Stalin.
-Pero- dijo Arendt -, volviendo a los resquicios que el totalitarismo deja para el trabajo, para el arte; se puede ver cómo Semprun, recitando a Baudelaire y el padre de Norma mirando por la ventana el monte de duraznos, intentan volver a ser humanos, intentan despegarse por un momento de la deshumanización. Como dijo Juan Pablo II, en la ONU, allá por 1979: "Negar a una persona la libertad de buscar la verdad y adherirse a ella significa deshumanizarla, porque dicha búsqueda forma parte de la esencia de nuestra humanidad".
-Esa Papa polaco- dijo Foucault - tuvo que padecer el comunismo... respecto a los fragmentos que usted mencionaba antes, también se pueden relacionar con el panoptismo: los dipositivos del poder no lo pueden ver todo. Algunas cosas se le escapan.
-Sí- dijo Arendt -, el nazismo intentó el desarraigo y el aislamiento, la deshumanización y la muerte. Los dejó sin rostros, sólo podían verse en los ojos de los demás...
-Es patética la descripción que hace Semprun respecto a la mirada de los militares aliados.
-El nazismo intentó todo- continuó Arendt -, fragmentar desequilibrar, como dice usted; sin embargo en las letrinas, esos lugares de desperdicio, eran sitios donde era posible encontrarse, donde era posible la acción. Y coincido con usted: algunas cosas se le escapaban al poder.
Se quedaron un momento en silencio.
-Se podría hablar de la palabra jefe o enfermero , se podría intentar una genealogía de esas palabras - dijo Foucault -, pero nuestros anfitriones no aparecen.
-Se podría hablar de la identidad borrada- dijo Arendt -, de lo apátrida que se siente Semprun y de la imposibildad de volver a la normalidad del padre de Norma, pero usted tiene razón: nuestros anfitriones no aparecen; y Rosângela sólo les ha permitido un máximo de tres páginas... Olvidemos estos dolores, Foucault, sabiendo que olvidar no es borrar, es guardarlo en la memoria para hablar en pasado y aprender para el futuro.
Los muchachos salieron de la cocina y entraron en el living como una tropilla adolescente. Silvia acercó el grabador a Foucault y le pidió un saludito para los profesores de Perspectivas sociofilosóficas. Stella disparó medio rollo contra una Arendt enceguecida por los flashes.
-¿Mate?- dijo Jorge.
-¿Mate?- dijo Foucault -, antes debe decirse jaque.
Nota: Se hace referencia al cuento "En el momento justo equivicado", de Jorge Sagrera, publicado en este blog.
Tags: Comunicación, Sociología, Antropología, Arendt, Foucault.