EL TALÓN DE ESAÚ
(novela por entregas. Cap. 24/33)
Jorge Luis Sagrera
VEINTICUATRO
-Bueno, señor- dijo Butiche en tono de punto y aparte -, archivemos a Jacob y Esaú...
¡Qué voy a archivar, varón? Ni siquiera sé en qué carpeta.
-... y hablemos de "ése" asunto que tanto nos interesa.
-No sé a qué asunto te referís- dije, sabiendo a qué asunto se refería.
-Supongo que estuviste charlando con Mia.
-El agua está fría- dije, devolviéndole el mate. Me levanté de la silla, prendí la hornalla y dejé la pava. Volví a sentarme.
-Estuve- dije.
-¿Y?
-Todavía no terminé de caer.
-Realmente fue una época difícil para ella, pero tiene una... eh, ¿cómo se dice?... un... No encuentro la palabra justa.
Colaboré:
-Unos huevos bárbaros.
-Sí. Algo así.
Realmente una mujer extraña, una especie de minotauro. Qué imbécil soy. Cómo puedo.
-¿En qué quedaron?
La pava silbaba.
Canaro en París. Imbécil es poco. Hijo de puta sería mi talle, pero la vieja esta al margen de la confección del traje que llevo puesto.
-¿Se ven a la tarde?
-No, creo que no.
-¿Cómo que no?
-Y, no. No quedamos en nada.
-No entiendo...- dijo Butiche sonriendo apenas. En realidad quería morderme.
-Si no entendés, inscribite en las academias Pittman.
-... ella me pide que te escriba, vos hacés cincuenta mil kilómetros...
¡Exagerado, no son tantos!
-... ¡Qué manga de pendejos!
La pava resoplaba, el agua se había hervido.
-Se hirvió el agua- dije.
-Dejame de joder, che.
-Vos dejate de joder... Quién sos, ¿la vieja ganchera del barrio?
-Por qué no te vas un poquito a la mierda, Arenz.
-No seas boca sucia.
-Ya sé lo que te pasa a vos...
-¿A ver, niño envuelto, qué es lo que me pasa?
-... es porque le falta un pecho. Es éso.
-No Tu Sam. No es eso: tengo que volver a Ushuaia; le prometí a Julia que...
-¿Pero qué te pasa?- Butiche llevó el dedo índice a la sien. Dibujaba circulitos -. Estás del churrasco... ¿Vos te creés que a "tu monjita" le dieron en el blanco en el primer tiro?
-¿Cómo?
-¡Avivate, viejo! La hermana Julia, antes de que la embocaran en el centro, debe haber practicado bastante...
Yo soy el mar. Soy el último latigazo de la ola que termina de convertir la piedra en arena. Arena suave y blanca en la que otro se tiende a tomar sol.
Me eché a llorar sin consuelo, como aquel siete de enero de mil novecientos sesenta y cinco, día en que me robaron mi revólver de plata, el que me habían traído los Reyes Magos.
Tengo miedo a lo absoluto. Miedo a las palabras: siempre, nunca. Tengo miedo a llevar una mujer al altar y prometerle estar a su lado hasta que la muerte nos separe. Tengo tanto miedo de mí mismo. Soy tan frágil. Tan expuesto a la corrupción, como lo está una pintura de Picasso en un basural.
Butiche me seguía deshaciendo con sus frases, igual que un pico a una casa vieja.
-Pará, loco- alcancé a decir -, me estás haciendo bolsa.
Supliqué, pero él no se detuvo.
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