El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura.
En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia,
Dahlmannn se hechó a llorar, condolido de su destino.