Jorge Sagrera Escritor/Lic. en Comunicación Social

martes, 23 de octubre de 2007

Altruísmo (cuento de docentes)

Altruísmo (un cuento de Docentes)



Por: Jorge l. Sagrera.





Vicky, la preceptora, notó que las flores de las tipas habían comenzado a caer como una nieve de color naranja. Desde la secretaría del colegio, a través de una ventana amplia de estilo colonial, se puede ver el templo de Nuestra Señora de los Desposeídos. La secretaría resulta la habitación mejor iluminada de todo el colegio. Nadie atribuía ese beneficio a la arquitectura del siglo diecinueve, todos afirmaban que la secretaría estaba inundada por la luz del Espíritu Santo: la secretaría y el Sagrario de Nuestra Señora estaban muy próximos entre si.
Vicky, en su escritorio, se dedicaba a asentar los Partes Diarios en el Registro de Asistencias. Pero ahora no trabajaba, sólo miraba por la ventana cómo caían las flores anaranjadas de las tipas. Por entre los árboles centenarios, podía distinguirse el vitraux de la capilla lateral, protegido de las pedradas de los chicos por un alambre tipo gallinero. Más allá del vitraux estaba el Sagrario. Por más que lo intentara, Vicky, no conseguía concentrarse en ninguna oración. Ni siquiera en un mínima jaculatoria. Sólo pensaba en esos diez pesos. Recogió la mirada hasta dejarla en el vidrio de la ventana. Se quedó ahí, indolente, mirando el reflejo de su cara en el vidrio. Se acomodó el flequillo. Se ubicó de perfil y mientras se daba un toque al cabello detras de la oreja derecha, dijo:
-Creo que me diste mal el vuelto.
Perla, la secretaria, tenía el delantal desabrochado y estaba a punto de guardar el bibliorato con el pago de las cuotas, pero quedó con el brazo suspendido en el aire cuando escuchó a Vicky decir. "Creo que me diste mal el vuelto". Tenía terror a equivocarse. Llevaba años trabajando en el colegio, pero era nueva en el cargo de secretaria. Giró veloz; el delantal se le enroscó en el cuerpo y con la punta del bibliorato rozó la foto del obispo en su última visita a Roma. Ahora, el obispo, besaba la tapa vidriada del escritorio. Perla se afirmó con la mano libre al respaldo de la silla y, por encima de los anteojos de leer, inquirió a Vicky.
-¿Qué dijiste, Vicky?.
Había escuchado perfectamente, pero necesitaba unos segundos de tiempo extra para acomodarse a la situación.
Vicky dejó de estudiarse en el vidrio de la ventana.
-Creo que me diste mal el vuelto- dijo.
-¿El vuelto?
-Sí, Perla... el vuelto- iba a agregar más información. Toda la información, pero Perla la interrumpió.
-¿El vuelto de la cuota?
Estaba roja. No quería saber nada de tener problemas, y menos con dinero.
-Sí- dijo Vicky -, fijate que...
-Tengo que hacer un arqueo de caja- dijo Perla, abriendo con violencia el bibliorato donde archivaba el pago de las cuotas -, y revisar el movimiento del libro diario...
Caminó hasta el armario. Retiró una caja de zapatos, adentro estaba el dinero. Vicky cerró el Registro de Asistencias de 1º Año y abrió el de 2º.
-Como comprenderás- dijo Perla -, no puedo devolverte dinero sino... si antes no...
-No- dijo Vicky, dejó la lapicera suspendida en el aire, como un pintor frente a la tela, frente a la última pincelada de su obra -, no tenés que devolverme: me diste de más.
-¿De más?- dijo Perla.
-Sí- dijo Vicky -, no estoy muy segura, pero creo que sí.
Perla no pudo evitar sonreír.
-De todas maneras- dijo Vicky -, cabe la posibilidad que sí me hallas dado bien el vuelto y a mí se me mezcló en la cartera.
-Bueno- dijo Perla -, de todas maneras, tengo que hacer un arqueo de caja.
-Sí, Perla- dijo Vicky -, hacé nomás.
Perla sonreía. Estaba segura de que Vicky iba a darse cuenta de éso, pero no podía evitarlo. Buscó pensar en otra cosa. De más, pensó Perla, está bien, una puede equivocarse. Acaso, ¿una no es humana?. De más, bueno, es mejor así. Si hubiese sido al revés, yo también lo habría comunicado inmediatamente. Seguro.
Perla comenzó a sumar las entradas y salidas de la planilla de Caja Diaria. Hacía bailar los dedos sobre el teclado de la calculadora. Cada tanto, revisaba la cinta de papel que la calculadora iba entregando. Hacía tildes al pie de cada columna conciliada. Se sentía inexplicablemente feliz y tenía ganas de hablar.
-Hoy le mandamos una Carta Documento- dijo.
Vicky, la preceptora, escribió una "A", de ausente, al segundo de la lista. Después, miró hacia la ventana, con sus dedos plumereó el flequillo.
-¿A quién?- dijo.
Perla cortó la cinta de papel que se había amontonado sobre una esquina del escritorio, la hizo un bollo y la tiró en el cesto de la basura.
-Al padre de la chica ésa- dijo -, la de tercero.
-Ah, sí- dijo Vicky, dejó la lapicera sobre el registro -, esa chica - y se quedó mirando a través de la ventana, cómo caían las flores anaranjadas de las tipas -. ¿Te conté que lo cité para hablar?
Perla contaba el dinero. Los billetes de 50, los de 20, 10, 5. Contaba y los sujetaba con una bandita elástica. Cada fajo lo sostenía un momento entre sus manos, lo sopesaba.
-No- dijo -, ¿lo citaste por las cuotas atrasadas?
-No- dijo Vicky, empuñó la lapicera y puso una "P" al tercero de la lista -, lo cité, porque esa chica... le dije: "Señor, su hija sigue con esa manía..."
-¿Encima tiene una manía?- Perla agarró el fajo de los billetes de 50 y los acercó a la nariz.
Vicky la miró.
-Me encanta el olor de los nuevos- dijo Perla, después agregó -. Sí, me decías, la manía que tiene esa chica.
-Claro- dijo Vicky -, esa chica vive comiendo mandarinas en los recreos. Él dijo:"Me había prometido tirar las cáscaras en el tacho de la basura". "Claro, sí, muy bien", le dije yo, "eso lo hizo, pero el olor que le queda en las manos es muy desagradable".
-Pobre hombre- dijo Perla, con el índice contó los fajos alineados sobre el escritorio. Anotó la suma en la planilla -. Dicen que la mujer lo dejó.
-¿Sí?
-Sí, gritaba tanto de noche.
-¿Gritaba?
-Sí- dijo Perla -, soñaba. Soñaba todo el tiempo.
-Pesadillas.
Perla dudó un instante. El arqueo no le daba. Miró el dinero amontonado sobre el escritorio. Recordó que faltan contar las monedas.
-Claro, sí, pesadillas. Pobre hombre..
-Y encima lo del trabajo- dijo Vicky -; es decir, no puede mantener los trabajos.
Perla hizo varias pilas con las monedas.
-Cuando lo llamé por la cuotas atrasadas, dijo que estaba esperando un subsidio del gobierno.
-¿Por lo de Malvinas?
-Sí- dijo Perla -, un crédito o algo así.
Terminó de contabilizar las monedas. Hizo la suma total en la calculadora. Sonrió satisfecha.
-Pero la pensión de guerra la cobra - dijo Vicky -, yo misma lo he visto en el Banco Nación.
-Aseguró que el monto del subsidio iba a ser importante. "Me alegro muchísimo", le dije yo, "los veteranos de Malvinas se lo merecen".
-Hiciste bien en no decirle la verdad- dijo Vicky.
Perla guardó el dinero en la caja de zapatos, pero no puso la tapa.
-Por qué, Vicky; por qué decís eso.
-A estos muchachos le pagan en la misma ventanilla de los jubilados.
-Y ya se sabe cómo trata el Estado a nuestros mayores. Entiendo lo que me querés decir.
-Es indignante- dijo Vicky -, una vergüenza.
-Me pidió que le diera un poco más de tiempo- dijo Perla -, y yo le dije: "Lo entiendo, señor, cómo no lo voy a entender, pero son seis meses de atraso".
Perla cruzó las manos sobre la tapa vidriada, suspiró, luego dijo:
-Lo aconsejé que llevara a su hija a una escuela pública, y ahí me dijo algo que me conmovió, Vicky, algo que me hace sentir orgullosa de pertenecer a este colegio, dijo: "Sí, lo que pasa es que, acá, aparte de la educación religiosa se respira un aire diferente".
-Tiene razón- dijo Vicky -, pero ésta no es una institución que pueda dedicarse graciosamente a la filantropía.
Se quedaron las dos un momento en silencio. Afuera, las flores anaranjadas de las tipas seguían cayendo despacio.
Vicky miró hasta Nuestra Señora de los Desposeídos. Luego recogió la mirada y la dejó en el vidrio de la ventana. Con dos o tres toques acomodó el pelo de la frente. Un remolino de viento llevó una flor anaranjada contra el vidrio. Vicky, instintivamente, alzó la mano, para protegerse. Se sintió un poco tonta haciendo eso, miró de reojo a Perla. Perla la miraba.
-Tenías razón, me faltan diez pesos- dijo Perla -.Gracias, Vicky.
-De nada, Perla- dijo Vicky -, de nada - y puso una "P" al cuarto de la lista.

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