Entrevista que me hizo Alfredo Maxit, para la revista Consudec
* ¿Cómo comenzó tu experiencia narrativa? ¿Podés señalar hechos, personas, lecturas que hayan influido en tal camino?
J.S.: Mi experiencia narrativa, directamente relacionada con la idea de publicar, tiene su origen en el año 1991. Sin embargo, antes, ya venía escribiendo, registrando algunos sucesos simples, pero inabarcables e inconversables en la diaria cotidianeidad, como por ejemplo: un amanecer camino a la fábrica donde trabajé hasta el año 1999. Tengo una carpeta "El cajón de las ideas", en la que conservo anotaciones de aquella época. De manera que, entre los veinte y treinta años, dejaba asentado en hojas sueltas la forma en que la vida me llegaba.
De adolescente o de joven no tengo nada registrado: ni en la mente ni en el papel. Sin embargo, ya habiendo publicado, compañeros del colegio secundario, me recordaban que, por aquellos días, alguna redacción mía se había abierto paso para ser considerada por la profesora de Castellano.
El hecho que posibilitó que me decidiera por la escritura con la intención de compartirla con los demás, fue el siguiente: como dije antes, trabajaba en una fábrica, en la sección contaduría. Había ingresado en el '79. Se trabajaba mucho. En ocasión de los cierres mensuales estábamos adentro de la fábrica casi catorce horas. Cuando me casé y tuvimos hijos, se hacía duro el ritmo de trabajo. Luego de diez años, y gracias a un negocio familiar, decidimos dejar la fábrica. Corría el año 1989. Comencé a encontrarme con tiempo libre: estar al mediodía en casa significaba un momento invalorable.
Por aquellos días mi hermano me alcanzó un libro, La elección, se llamaba, de Og Mandino. La historia trataba de un hombre que trabajaba en una oficina y dejaba su trabajo para dedicarse a escribir. Remontando las opiniones contrarias el hombre se compraba un faro y se instalaba ahí para encarar su nueva actividad. Obviamente le fue muy bien. Esta novela me produjo gran impacto. Corría el año '91. Luego supe que, a este tipo de literatura, algunos la consideraban menor. Es más, si ahora tuviera que leerla, me costaría. Posiblemente esté mal escrita, a lo que hay que agregarle las traducciones que suelen ser inadecuadas para este lado del planeta. Sí es justo señalar que, a partir de este libro, yo decidí comenzar a escribir para compartir con los demás. Dicho de otro modo: comencé a pensar en publicar.
Cuando tomé esta decisión, tuve la gracia de que alguien me recomendara asistir a un taller literario: y lo hice. Viajaba a la Capital cada quince días. Los frutos de esta siembra se vieron a los tres años. A partir de ahí obtuve algunos reconocimientos, luego participé en concursos de libros de cuentos y me fue bien y así pude publicar mi primer libro, El ojo del ciclón (1994). Para llegar hasta aquí tuve que remontar serias dificultades con mi ortografía y mi sintaxis (todavía arrastro algunos errores). También, entre otras cuestiones, tuve que aprender a no imponer un clima, sino a sugerirlo. De manera que tuve que trabajar para conseguir mi estilo y mi voz narrativa.
En el primer taller que asistí me encontré con autores que no frecuentaba: Borges, Cortázar. Fue un fuerte impacto. En ocasiones me parecía una literatura fría. Efectiva, pero no afectiva. Luego mudé esa opinión, muchos de aquellos escritos reflejaban, reflejan, conflictos humanos, angustias, dolores, de manera admirable.
Mis lecturas.
De adolescente leía los libros que había en la biblioteca familiar: la colección Iridium: Verónica al timón; Verónica estrella de cine; también de la colección Robin Hood. Además y sobre todo la literatura llamada paulina: la vida de San Francisco; casi todo lo de Carlos Carretto; las Cartas de Nicodemo.
Así mismo recuerdo que leíamos revistas de Vida de Santos, que podían retirarse gratuitamente del Colegio Parroquial. Otra actividad era ir al Cine Club: mi hermana mayor nos llevaba a los más chicos a ver películas del cine de Europa del este. No entendía mucho aquellas historias sombrías en blanco y negro, pero sin duda han contribuido bombeando sangre a mis venas literarias.
A leer algunos libros de espiritualidad, sentía que me relacionaba con el mundo, con Dios. Dicho de otro modo: sentía que rezaba. Me preguntaba si este tipo de lectura no podía darse a partir de un texto de ficción. Para mi alegría encontré, más adelante, la literatura de Dostoievsky (Los hermanos Karamazov, por ejemplo) Tolstoi (Los tres staretzi, entre otros). O Salinger con El cazador oculto o sus Nueve cuentos que, como salida, propone la sencillez de los niños o de los que son como niños.
También, y desde otra postura existencial, la lectura de La Peste de Albert Camus, me produjo una fuerte conmoción: era el gemido del hombre ante el silencio de Dios. A pesar de su condición de ateo o de agnóstico sentí que, con la lectura de esa novela, yo estaba rezando ("Bien sé que el hombre es capaz de acciones grandes, pero si no es capaz de un gran sentimiento no me interesa"). Creo que ahí comprendí que, en sus vidas de escritores, se libraban grandes batallas como la que protagonizó Jacob aquella noche, para conseguir (arrancar) de Dios una bendición. También comprendí que yo me asemejaba a ellos y que quería escribir historias que tuviesen que ver con esta necesidad del hombre de ser lo que está llamado a ser.
* ¿Qué conexiones con la realidad tiene tu mundo de ficción?
J.S.: La vida está en una permanente dinámica, es una obviedad decirlo. Cada día, aunque se esté anudado a una rutina severa, es diferente al anterior y al que vendrá. Esta dinámica nos va modificando. Personalmente espero, sinceramente, cambiar para bien. Digo esto de los cambios, porque sucede con mi literatura. En El ojo del ciclón (cuentos gestados entre el 90 y el 93) creo que subyace la siguiente temática: el hombre no puede ser lo que está llamado a ser por cuestiones ajenas a su existencia. Se trata de un hombre sin control de la situación, sujeto al arbitrio de los vientos. En algunos de estos cuentos puede percibirse que, personas o la vida misma (tal vez Dios), conspiran contra la felicidad de los personajes.
Sin embargo, en El talón de Esaú (1995) sobrevuela otra temática: aquí puede leerse que, intentar "saltar o saltear" la cruz, no es negocio. Entonces nos encontramos con otra actitud hacia lo Divino y hacia los hombres. La cruz se acepta y se carga, como se disfruta y se goza la Resurrección. El personaje de la novela, para poder ser lo que está llamado a ser, tiene que aceptar ese cara y cruz que propone la natural y necesaria dinámica de la vida.
Finalmente, en Los corderos imperfectos (inédita), se plantea otra cuestión. ¿Qué sucede con ese hombre que con su no respuesta, con su no compromiso deja un blanco en la historia? ¿Qué pasa con ese hombre que no consigue acertar el camino?... ¿Le dará Dios da una segunda oportunidad? ¿Está comprometido Dios con la felicidad del hombre?
Entonces, ésta es la evolución de mi literatura, ésta es mi evolución interior.
* ¿Cuál es la actualidad narrativa argentina? ¿Hay renovación? ¿Existe un lugar para los jóvenes?
J.S.: Mis actividades solo me permiten seguir los movimientos de la narrativa del país a través del suplemento de cultura de La Nación y de la Revista Ñ. También, a veces, consigo ver algún programa en la televisión. ¿Si hay renovación? Sí hay gente nueva que escribe y que publica. Sin embargo, espero, no tanto una manera nueva de escribir, como nuevas temáticas a tratar, o abordadas de una manera diferente.
* ¿Cuál es el lugar de la narración en la escuela, según tu experiencia?
J.S.: Puedo hablar desde este mundo acotado, que es mi ciudad, San Pedro. Y, siendo más preciso, de mis cuatro horas de Lengua y Literatura en el Polimodal. Dicto clases en primero y segundo año del colegio Normal. Los chicos no están leyendo ni escribiendo. Digo no están, sin embargo no deberíamos pensar en un puro presente. El desmoronamiento de la cornisa comenzó a producirse hace varios años. En mis cursos tengo dificultades referidas a la expresión escrita de los alumnos. Pienso (pensé, pensaré) si con dos horas semanales se puede conseguir reparar esta realidad dañada. Pienso en las cuarenta almas diferentes que pueblan el aula. Imagino este desmoronamiento del que hablaba antes, como una catástrofe. En ésta, luego del sacudón inicial, hay que ocuparse uno por uno de los heridos. Percibo que, la mayoría de los chicos (éstos, los de mi mundo acotado), están heridos de gravedad en la expresión tanto escrita como oral y no alcanza con suministrar a todos el mismo remedio.
Sin embargo soy optimista. Algunos teóricos sostienen que transitamos una cultura prácticamente oral, y que es necesaria la repetición de conceptos. Ir una y otra vez a los contenidos teóricos, a su ejercitación, para poder afirmarlos. Pero este reenvío, esta rumia de los conceptos atentan contra la época. Contra este tiempo caracterizado por el vértigo en el que se está inmerso. El hombre de hoy siente aversión al pasado. Vive el presente: Ya fue; Viví el instante; entre otras son sus consignas. Corregir, repasar, reparar, borrador, no figuran en el diccionario del hombre de hoy. No obstante, alguna vez hay que comenzar a frenar. El desaceleramiento llevará años. Transitar a una velocidad conveniente para nuestro espíritu, llevará otros tantos. Ojalá a nosotros, nos toque la posibilidad histórica de empezar.
En algunos ámbitos he planteado el hecho de poder escribir y de poder hablar como una cuestión de salud. Aquel que no puede expresar lo que siente, lo que le pasa, descarga de forma agresiva esos sentimientos. Los descarga hacia adentro o hacia afuera, y lo cierto es que, de ninguna de las dos maneras, le hará bien.
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