Carambolas a tres bandas del Sargento Garrido
Un cuento negro, un cuento policial.
Por: Jorge Luis Sagrera
12 de abril. 15 hs.
Llegó. La víctima había sido cubierta con una sábana blanca. A la altura de la zona pudenda sobresalía una forma extraña. La experiencia en Homicidios le sugirió un puñal clavado. Clavado ahí. (Aunque por el tamaño, él en ese momento, habría asegurado que no se trataba de un puñal, sino de una cuchilla para despostar ballenas). El sargento Garrido sintió un tirón, abajo. Imaginó que, un pliegue nuevo, se le agregaba al escroto.
-¿Crimen pasional?
-No- dijo el forense -. Erección.
El sargento Garrido recibió el impacto, retrocedió uno o dos pasos, como si alguien lo hubiera tironeado por el cuello de la camisa.
Recuperemos la vertical. Ordenémosnos. Ordenémonos. Ordene Monos. Ordeñémonos. Orden en la sala. Primera deducción llovida del cielo: la víctima es de sexo masculino. O sea, no tengo que andar, como de costumbre, detrás del forense preguntándole como un tonto si es varón o mujer. La víctima, digo. Segunda deducción: disimulemos.
-Qué se sabe.
-Muy poco- dijo el forense -. Se llamaba Anselmo Godoy. Murió hace una hora.
-¿Una hora?, ¿exacta?
El forense dejó de examinar el brazo izquierdo de la víctima y estudió por encima de los anteojos a Garrido.
-Recojo ese guante. ¿Necesita la hora exacta?. Murió a la una y cincuenta pasado el bacilo de Koch.
El sargento Garrido achicó un ojo y se lo quedó mirando, el forense aguantó esa mirada acostumbrada a interrogar malvivientes.
-Tengo una duda y una pregunta- dijo Garrido.
El forense, que tenía noticias sobre los métodos que utilizaba Garrido para resolver crímenes, lo previno.
-Si tiene que ver con el caso, lo escucho.
Garrido, que tenía noticias de la poca colaboración que acostumbraba a prestar el forense, decidió una modificación en el abordaje.
-Sólo la pregunta- dijo -, la duda la podemos esputar más tarde.
-Dele nomás.
-Cómo sabe que murió a la una y cincuenta pasado el meridiano de Sándwich.
-Su pregunta me obliga a hacerle una odiosa corrección pedagógica, que dejo para evacuar después del almuerzo. Respecto a cómo sé que murió a esa hora, la respuesta es obvia: está roto- señaló el reloj en la muñeca de Godoy -, marca la una y cincuenta. La víctima, al caer al piso, lo hizo sobre su brazo izquierdo.
¡Objeción, Señor Juez!: No es descabellado pensar que el reloj sufrió un ataque cardíaco (tradúzcase y archívese: caída libre de vida de la víctima al piso) a la una y treinta y que se aferró a su tictac hasta la una y cincuenta. Entonces tenemos que la víctima murió a la una y treinta y el reloj a la una y cincuenta. ¿Qué tal, eh? ¿Qué le parece mi objeción, Señor juez?
-¡Ha lugar!- dijo Garrido.
-Sí, cómo no- dijo el forense sin detener el exámen -. No hay necesidad de gritar: en el fondo hay lugar.
-Qué me dice de... de... - el sargento completó la frase con un gesto: señaló en la sábana la forma de la carpa.
El forense consumió unos segundos para pensar. Se puso colorado, y, quitándose los anteojos, porque se le habían empañado, dijo:
-De algo tenemos que estar seguros, la mujer que fue capaz de provocar semejante firmeza, no debe pasar desapercibida.
El sargento Garrido se la imaginó caminando por la peatonal, provocando olas, sacudiendo lolas.
El forense limpió los anteojos con el pañuelo. Después se los calzó y volvió a su tarea.
-Pinchazo en el brazo derecho- anunció.
-¡Hundido!- dijo Garrido.
-Extraño pinchazo.
Garrido se acuclilló junto al médico.
-Qué le sugiere.
-No mucho, parece haber sido hecho con una aguja poco común.
-¿Insinúa que lo mataron?
-Yo no insinúo nada, hay que esperar la autopsia.
El forense se puso de pie y caminó hasta la cocina. Garrido lo siguió, concentrado.
-Inpúgneme esto- dijo Garrido alzando el dedo índice.
El forense se detuvo, lo midió y le bajó el dedo
-Ya está- dijo.
-Me refiero a esta teoría- dijo Garrido y volvió a alzar el índice -. Supongamos que "la que no puede pasar desapercibida" le pide a Godoy que cumpla como el toro de Penélope.
-Era el caballo de Cleopatra.
-Le acepto esa impugnación. Le pide que cumpla como el Caballo de Troya. El tipo quería estar ágil, ganador, como en las propagandas de cigarrillos, entonces se inyecta algo...
El forense no estaba para nada de acuerdo con esas resoluciones al modo televisivo y no lo disimuló. Arrugó la nariz.
-¿Droga?... ¿Se inyecta droga?- negó con la cabeza -. No se observan otros pinchazos.
-Su arrugue de barrera sostiene mi teoría: el tipo era un novato. Incrustó los pistones en el capot antes de largar.
El forense estudió a Garrido, a Godoy que yacía en el living, y otra vez a Garrido.
-¿De verdad piensa que ocurrió así?
-Lo ví en Columbo.
-¿Columbo?
-El detective de la tele, ese que anda con un impermeable que dá lástima.
-Ah, de la tele- dijo con desprecio el forense -. Lo suyo es un disparo en la oscuridad.
-Nunca se sabe- justificó el sargento -, en Kualalumpur están experimentando con negros, a modo de blancos humanos, que salen al encuentro del proyectil.
13 de abril. 19 hs.
El sargento Garrido llegó a la morgue. Preguntó por el forense y el recepcionista, dinámico como la ceniza fría, le indicó: "Por el pasillo, la tercera puerta, hasta el fondo. Otra vez a la izquierda hasta una puerta batiente que está atascada, pero se puede entrar por la ventana (no va a haber problemas, acá todos saltan por la ventana). Sube la escalera y luego a la derecha. El forense está trabajando ahí".
Garrido dijo gracias y se encaminó en busca del forense. Hizo todo según le habían indicado. Golpeó la puerta, sin esperar que lo atendieran, entró. El sitio estaba oscuro, a tientas buscó la llave de la luz, la accionó y de pronto se encontró yendo hacia abajo. Sospechó que se había extraviado. La sospecha fue certeza cuando al abrir la puerta del ascensor comprobó que se hallaba otra vez en la recepción. El empleado se ofreció a acompañarlo. Estaban tan cerca el uno del otro como en una respiración boca a boca.
-Vamos- dijo el recepcionista.
El sargento Garrido se vio sorprendido por esa fragancia propia de flores atrapadas en un libro y que salía de la boca de su acompañante.
-Es acá- dijo el recepcionista.
Garrido agradeció de lejos y se metió en la sala. Hacía frío. Garrido se prendió hasta el último botón de la chomba. Allá, en un rincón, Anselmo Godoy enteramente violeta, estaba tumbado sobre una larga mesada de mármol. El forense también estaba violeta. Tiritaba. Tiritaba con dignidad y pulso firme. Garrido se acercó.
-Salúd la barra- dijo alzando una mano.
-Hola- dijo el forense, sopesando un riñón.
El sargento Garrido miró a Godoy y recién ahí se dio cuenta. Aspiró eses como quien se salva raspando de un accidente.
-Así que... no me diga que...
-Sí- dijo el forense.
-¿No había caso?
-No. Seguía empecinado, desafiante y altivo.
Garrido descubrió, en un frasco de mayonesa Hellmann's, el miembro seccionado flotando en formol.
-Notable-dijo.
-¿El miembro?
-No- dijo Garrido -, la falta de presupuesto.
-Así que la tuvo que... cortar.
-Me molestaba para trabajar. Parecía que me observaba... ¡Zac!, y a otra cosa mariposa.
Garrido sufrió un hondo tirón y evocó las paperas de su niñéz.
-¿Pudo averiguar algo?
-Estaba anémico.
-"La que no puede pasar desapercibida", convirtió en aserrín al Caballo de Troya- dijo Garrido.
El forense no se rió, carecía de sentido del humor. Del humor de Garrido.
-Descubrí algo más.
-Dígame.
El forense, con intención, esquivó la mirada de Garrido.
-Rastros de cocaína en la sangre- dijo.
Garrido se empecinaba en buscarle los ojos a forense.
Lo felicito sargento, tenemos una punta. El disparo en la oscuridad, provocó tal fogonazo que.
-Pero eso no lo mató- dijo el forense, hermético, triunfal.
-¿Ah, no?, ¿eso no lo mató?
El forense levantó un trozo de intestino grueso hasta ponerlo frente a una lámpara de 100 watt.
-No- dijo -, es una dosis baja. Precisamente, el ingenuo matador, quiere hacernos creer eso.
Excelente. ¿Y qué pensará El Ingenuo Matador, respecto al bacilo de Koch que sirve para marcar las diferencias horarias?
14 de abril. 10 hs. Departamento de Policía. Oficina del sargento Garrido.
Garrido vació, sobre el escritorio, una bolsa de papel madera. La agenda y el reloj de pulsera roto de Anselmo Godoy. Sacudió la bolsa, pero no había más. La infló, miró a derecha y a izquierda, y la hizo explotar. Un agente, tras el tabique vidriado, en el acto dejó de aporrear la Remington y llevó su mano a la cintura. Garrido le hizo una seña con el pulgar levantado y el agente se tranquilizó: volvió a castigar a la Remington.
La agenda estaba gruesa y maltratada. Correspondía al año anterior y Godoy se había tomado el trabajo de ir cambiando, en el márgen superior, el día y el mes, para adaptarla al año en curso. Garrido señaló una anotación hecha en el mes de marzo.
-El tipo era muy ordenado- dijo.
-Un hincha pelotas- dijo el forense.
-Por qué dice eso.
-No era necesario registrarlo. Todo el mundo lo sabe: cuatro al año.
-O sea que más de cuatro no.
-Es desaconsejable. Entre una extracción y otra, mínimo, deben transcurrir tres meses.
-En el banco de sangre nos informaron que el tipo la cobraba bien.
-Tipo difícil.
-Sí, comercializar con la sangre no es de buena gente.
-Me refiero al tipo de sangre- dijo el forense -. Difícil de conseguir.
-Claro y Godoy se las rebuscaba con eso.
-Hasta que se le declaró una anemia severa y tuvo que dedicarse a otra cosa.
Garrido se puso a mirar al agente que no paraba de vejar a la Remington, no podía pensar bajo la mirada del forense, era como si, al orinar, se le instalara al lado, inhibiéndolo. Agarró una lapicera que había sobre el escritorio y se echó para atrás en el sillón.
-Qué me dice de esto...- comenzó a decir.
-Que no es basculante: se le van a romper las patas de atrás.
-Supongamos- dijo Garrido, dejando ir el sillón hacia adelante -, que Godoy estaba enfermo. Su sangre enferma provocó la muerte de "Juan Pérez". Los padres de Juancito, por otra parte, muy querido en el barrio, muchacho bueno que pasaba las tardes mateando en la vereda, incapáz de propinarle mal a nadie, ni siquiera a una mosca; decía, los padres y familiares de Juancito, deciden vengarse.
El forense le echó una mirada larga. Era una mirada Humprey Bogart. Acaso las teorías de Garrido comenzaban a interesarle. Se tiró para atrás en la silla.
-Esa tampoco es basculante- dijo Garrido.
El forense devolvió las cuatro patas a la silla.
-Esa teoría- dijo, como reflexionando con sí mismo -... la sangre infectada, la venganza...- no pudo continuar.
-Pasó algo similar en "La banda siguió tocando".
-No conozco ese boliche.
-No es un boliche, es una película.
-Ah... una película- dijo el forense -. Le advierto que está intentando un sólo de violín sin violín.
-Facilíteme la partitura.
-La sangre de Godoy estaba sana.
-¿Por qué no lo dijo antes?
-No lo preguntó.
Tres meses después. Oficina del sargento Garrido.
26 de julio. 11 hs.
El agente llevaba dos o tres debajo del brazo. "¡Diarooó!", gritó y desde el pasillo revoleó "El Clarín".
Garrido, que estaba sentado encima del escritorio, dijo: "¡Mía!", y al mejor estilo del Gato Andrada, el mítico arquero de Rosario Central, saltó hacia el diario con la rodilla levantada. La rodilla rebotó en la manija del archivo metálico. Hubo una risa sofocada. El agente hizo la venia a la altura de los bigotes, y se perdió enseguida en el pasillo.
En los siguientes diez minutos Garrido se dedicó a estudiar los clasificados y a darse masajes en la rodilla.
-¿Busca trabajo?
Garrido levantó la mirada.
-Ah, hola. No, no busco. Estaba revisando...
-¿Para qué me mandó a llamar?
-Ayer estuve en la morgue- dijo Garrido, deslizándose hacia abajo en el sillón -, sigue ahí, como granadero en la Casa Rosada.
-Va a dormir en paz cuando usted resuelva el caso.
-Es notable cómo conserva exacta la rigidéz.
-Sí, más quisieran algunos poseer tanta virtud.
-Justamente lo mandé a llamar- Garrido clavó el dedo en un aviso clasificado -, hace varios días que estoy leyendo...
-Con razón hay tormenta.
-... el diario.
-No puede ser- dijo el forense revisando la fecha -. Es de hoy: es inconsistente lo que usted dice. ¿Cómo va hacer varios días que está leyendo este diario?
-Su sentido del humor honra las filas policiales- dijo Garrido -. Me refiero a que, desde hace unos días, vengo siguiendo un clasificado. Tal vez pueda ser útil- el sargento se quedó esperando un comprendido.
-Defina de una buena vez, Ermindo Onega: el arco está libre.
-Busco orientar la pista a través de un profesional. Lea por favor- Garrido le indicó un aviso.
El forense se estiró por encima del escritorio. Leyó mentalmente: "Pelotas de cuero. Costura artesanal". Regresó a su asiento con una sonrisita cínica.
-¿Pelotas de cuero. Costura artesanal?- dijo -. Con este tipo de pistas podemos carretear hasta La Quiaca ida y vuelta sin levantar vuelo.
El sargento Garrido se lanzó como un kamikaze sobre el diario.
-¡No... qué pelotas artesanales... ese no es!...- deslizaba el dedo a lo ancho y largo de la página - Acá está- dijo por fin -. Este: "¨Eyaculación precoz? ¿Impotencia? Doctor Laborde. Obras sociales. Jubilados (por razones obvias) abstenerse. Absoluta reserva. Trabajos garantidos".
-¿Y?
-Digo, ya que tiene el consultorio acá a la vuelta podemos hacerle una consulta.
Mismo día. 11 hs.
Sala de espera del consultorio del Dr. Laborde.
-No insista- dijo el forense.
-Contaba con usted para que me ayude con algunas precisiones médicas- dijo Garrido.
El forense se inclinó sobre la mesita ratona y manoteó la revista Gente.
-El detective es usted. Entre y sea breve, no puedo perder todo el día.
Garrido entró al consultorio, no sin antes sugerirle al forense que, cuando terminara con la Gente, se entretuviera con La Guía de la Industria del año 1996.
El doctor Laborde hechó una ojeada ascéptica a la sala de espera, Garrido se puso de pie, Laborde lo hizo pasar y le indicó una silla frente al escritorio. Después cerró la puerta.
Garrido, con policial rapidez, lo estudió de arriba a abajo. Le pareció un tipo seguro. Personalidad arrolladora. Inteligente. Cejijunto: ¿obsesionado o concentrado? Me quedo con el concentrado, concluyó. Además joven. Gran futuro el muchacho.
Laborde se movía con soltura. Parecía habituado a estas situaciones.
-Tranquilo- dijo. Le dio una palmadita en el hombro.
A Garrido le gustó que lo trataran así. Se sintió cómodo. Laborde señaló con un cabeceo en dirección a la sala de espera.
-¿Vino con un amigo?
-¿Mi amigo?... No, qué va a ser mi amigo...
-Está bien, no importa demasiado si es o no su amigo. Lo importante es que usted decidió enfrentar el problema.
-Así es- dijo Garrido, pero no estaba dispuesto a cargar con toda la responsabilidad -. Aunque mí problema, también es el problema del forense.
-¿Del forense?- dijo Laborde - ¡Qué gracioso... lo llama "El forense"!
-Es que él es... -comenzó a explicar Garrido.
Laborde lo atajó con un gesto de las manos.
-No, no me diga el nombre. No es necesario. Así sienten protegidas sus identidades... "El forense". Muy gracioso... ¿Y usted, quién vendría a ser?
-¿Yo?, yo soy el sargento Garrido.
El doctor Laborde comenzó a hipar. Se levantó brúscamente y fue hasta una biblioteca baja y volvió con una caja de pañuelos de papel. Las lágrimas le salían a sacudones y quedaban pocos pañuelos.
-Perdón- consiguió decir entre ese vértigo de risa y lágrima -, no lo considere una falta de respeto... sólo que... me resultó muy gracioso...
A Garrido no le resultaba nada gracioso.
Laborde hizo una inspiración larga y secó, discreto y con la yema de los dedos, los rastros de lágrimas que había sobre las mejillas.
-Relájese- dijo. Regresó a su profesionalidad.
-No veo por qué no voy a estar relajado- dijo Garrido.
-Usted confesó que estaba preocupado.
-Preocupado, preocupado- Garrido subía y bajaba los hombros -, preocupado... No es una cosa que: ¡Oohhh!, qué preocupado está el sargento Garrido (Laborde se llevó la derecha a la boca y ahogó una risa). Podemos convenir en que este problema me preocupa, pero no me quita el sueño, trato que los problemas del trabajo no interfieran en mi vida privada.
Laborde comenzaba a impacientarse, consideraba a Garrido unos de los pacientes más esquivos que le había tocado entrevistar.
-Escuche- dijo, se apoyó sobre el escritorio -, usted reconoció que tenía un problema y vino a mí...
Garrrido abrió la boca para aprontar una frase, pero Laborde no lo dejó.
-Tiene un problema- dijo, lo trató con dureza -. Lo tiene, ¿sí o no?
-Sí- contestó Garrido cautivo del interrogatorio.
-Si usted se cierra no vamos a llegar a ningún lado.
-No me cierro- dijo Garrido.
-Sí se cierra- Laborde lo amenazaba apuntándolo con el dedo -. Se cierra. No le da al asunto la gravedad que el asunto merece.
-Qué quiere qué le diga- dijo Garrido -: no me parece de vida o muerte.
El doctor Laborde dejó de apoyarse en el escritorio y lo amenazó otra vez con el dedo.
-En cierta forma sí- dijo -. De alguna manera una parte suya, y muy importante, querido amigo, está muerta.
-No dramatice, doctor. Hay decenas de casos que no he podido resolver.
-Imagino lo desdichadas que se habrán sentido esas damas.
-Y los varones también, doctor. Los varones también.
-¿También varones?
-Seguro, la muerte no discrimina por sexo.
-Mire, usted es joven...
-Y mi tía Ruperta tiene un almácigo de rabanitos peruanos, y qué.
-Es joven- repitió Laborde. Comenzaba a perder la paciencia -. Si acepta mi ayuda, si se deja guiar, lo arreglamos en un periquete.
-¿Cuánto tiempo es un periquete?
-Menos que una pijorrésima de segundo.
Garrido pensó que Laborde estaba loco, o que en cualquier momento comenzaba la ceremonia para entregarle el diploma. Sin embargo necesitaba información y se dispuso a colaborar.
-Qué tengo que hacer.
-Para su tranquilidad quiero comentarle que mis trabajos son serios, he tenido importantes progresos, excelentes resultados y mi proyección internacional...
-Sísí- dijo Garrido impaciente -. Voy a colaborar, qué quiere que haga.
Laborde se sentó encima del escritorio. Lo miraba desde ahí arriba con aire de suficiencia.
-Contésteme unas preguntas- dijo -. Le ruego sinceridad, es imprescidindible la sinceridad, el tratamiento...
Garrido lo cortó.
-Venga la primera.
Laborde preparó el anotador y una lapicera Parker.
-¿Cuánto hace de esto?
-¿Se refiere a cuánto hace que estoy detrás de este caso?
-Sí, correcto- dijo Laborde -, llamémoslo "este caso". ¿Cuánto hace que está detrás de "este caso"?
-Desde de abril.
-¿Desde abril?. Cuatro meses- dijo pensativo Laborde y anotó abril -. Bien, dígame, de chico: ¿alguna vez pensó que podría ocurrirle esto?
El sargento Garrido pensó que era un chiste y se rió. Laborde no.
-¿Me lo pregunta en serio?
-Muy.
Garrido se cruzó de brazos. Sacudía la cabeza sin dejar de sonreír. Miró al techo y enseguida a Laborde.
-No- dijo con nostalgia -. De chico no pensaba resolver casos, de chico soñaba con ser piloto de fórmula uno.
-Entiendo- dijo Laborde -. Dee foorrmuuula uuuno- anotó -. Y le gustaban las hamacas- no lo preguntó: lo afirmó.
Ese anticipo de Laborde sorprendió a Garrido y pensó que, con él, iba a llegar a buen puerto.
-¡Cómo lo sabe!- dijo con admiración - ¡Sí que me gustaban!. ¡Alto, bien alto!... me entraba un fresco bárbaro por la península de Valdés.
-Típico- dijo Laborde y anotó "Típico" -. Otra pregunta: en abril, cuando toma consciencia o conocimiento de esta circunstancia, ¿cómo reaccionó, qué pasó por su mente?
-Fue muy duro descubrirla flotando en formol, sentí como un vacío, como si me pasara a mí.
A Laborde ya no le preocupaba los eufemismos de Garrido, pero anotó una rasgo distintivo en este tipo de pacientes: doble personalidad.
-Otra pregunta- dijo Laborde -, dígame: cuando lo tiene en sus manos, cuando orina: ¿siente lástima por él?
Garrido no pudo soportarlo.
-¡Déjeme de embromar!. ¡Qué asco, viejo! Mire que voy a pensar... voy a pensar... en un... en un... flotando en formol.
Laborde sonrió, se notaba que tenía ganas de desternillarse de risa, pero recordó que ya no quedaban pañuelos de papel.
-Tengo que reconocerle- concedió -, que es una expléndida metáfora.
-¡Qué metáfora, ni secreto de sumario!...
-No se altere.
-Quién se altera, ¿yo me altero?... esto me parece una ridiculez.... ¡Que me voy a alterar yo!
-Conteste mi pregunta.
-¿Qué pregunta?
-Le pregunté- dijo Laborde -: qué siente cuando lo tiene entre sus manos.
Garrido estaba descontrolado y pensaba meter preso a Laborde. No sabía el por qué, pero iba a meterlo preso. Ya.
-Yo no siento nada... ¿Por qué no se lo pregunta al muerto?
-Como se imagina- dijo Laborde, inmpávido -, Él no puede hablar. Él es puro instinto, un animal salvaje.
-Má que puro instinto, ni tigre de Bangladesh, si está más quieto que un cubito de hielo.
Laborde consideró suspender el interrogatorio, ir directamente a los bifes: Al "paciente" le estaba por salir espuma por la boca y eso lo preocupó. Dejó la Parker en el portalapicero y arrojó con clase el anotador encima del escritorio.
-No más preguntas- dijo, como quien tiene derecho sobre la vida y la muerte.
-Menos mal, yo vine por unas preguntas para dilucidar un caso que...
-Bájese los pantalones, por favor.
-¡Qué!
-Que se saque los pantalones y se recueste en la camilla.
Ahí fue cuando Garrido, "El Investigador", comprendió en la confusión que se habían embarcado el doctor Laborde y él.
-Ahora caigo- dijo Garrido. Lo dijo feliz: ya no iba a haber malos entendidos.
-Me alegro- dijo Laborde, paternalmente -, me alegro que entienda que lo único que deseo es ayudarlo.
-Sí, sí- dijo Garrido con animo saltarín -, y yo me voy a dejar ayudar.
-Fenómeno- dijo Laborde -, sáquese la ropa y...
-No, no vine por mí...
-Sigue negando su problema.
-Es que yo no tengo ningún problema con mi actividad sexual.
Laborde se sentó encima del escritorio, mordió el labio inferior, entrecerró los ojos y sacudió la cabeza de acá para allá .
-Dice que no tiene problemas- le habló a la pared.
-Escuche, acá hay una confusión: lo mío anda muy bien... Excelente, diría yo. Hay un par de señoras, distinguidas, que pueden venir a declarar, a certificar con suspiros lo que estoy diciendo.
-Entonces, ¿para qué vino?
-Quiero hacerle algunas preguntas- Garrido le enseñó la chapa de policía.
Laborde dio un brinco, cortito, hacia atrás, como un conejo asustado. Se puso colorado, pero no de vergüenza. Rojo, pero no de indignación.
-No, no- dijo Garrido como queriendo atajar algo -, no se me ponga así, amigo. Siéntese, relájese.
Laborde se sentó, pero no se relajó. Garrido decidió que el doctor debía llevarse una impecable impresión de la fuerza policial. Impecable impresión de sus vecinos.
-No ponga esa cara, amigazo- dijo Garrido -. Haga de cuenta que es una visita de vecino a vecino.
Laborde tiritaba y Garrido pensó que sí, que tal vez en el consultorio hacía un poco de frío. Trató de ser cortés.
-Se le cayó un cuadro- dijo.
-To... to... todavía no lo colgué‚- murmuró Laborde -. Acabo de mudarme, hace unos días...
-¿No me diga? Sabe elegir, ¿eh? Escuche- el tono era de confesión -, en este barrio no va a tener problemas...
Laborde se levantó bruscamente y fue hasta la mesita bar.
-¿Café?- dijo.
-Sí, gracias.
Laborde se puso a servir. La mano le temblaba y el café‚ salía bombeado por el pico de la cafetera. Garrido miró la alfombra beige, nueva, ahora salpicada al tono.
San Cirano, menos mal que no es cirujano, pensó el sargento..
Laborde traía los dos pocillos en sus respectivos platitos, caminaba despacio y tan convencido de no caerse al suelo, como lo está un equilibrista a punto de retirarse.
En la cuerda floja, pensó para sí mismo Garrido, que dijo gracias por el café‚ y se bebió primero el líquido que había en el platito.
-Us... usted dirá - dijo Laborde, hizo un movimiento con la mano, como para darle entrada a Garrido y tumbó el portalapicero - ¡Torpe!- dijo - ¡Torpe, torpe!
Garrido pensó en volver otro día y que mejor, Laborde, se hubiera mudado a la vuelta del Hospital Borda.
-No es para tanto, vecino- dijo, mientras en cuatro patas y debajo del escritorio reunía lapiceras -. A cualquiera le puede pasar... acá está la Parker.
-¡Basta! Basta!- gritó Laborde.
Garrido se sobresaltó y se dio la cabeza contra la cajonera. El escritorio hizo "¡Tronck!" y el sargento surgió de abajo del escritorio, voleado, con un puñado de lapiceras en la mano y un puñado de lágrimas en los ojos.
-Acá tiene la Parker...
-¡Basta!- Laborde insitía con el "¡Basta"! y parecía enajenado.
Garrido, atribulado, tiró la Parker debajo del escritorio.
-¿No pensará que me la iba a quedar, no? ¿O sí?
Laborde se llevó las manos a la cara.
-Se abusó... yo no tengo tanto dinero... me pedía una suma exagerada... ¿De dónde la iba a sacar, eh? ¿De dónde?
Garrido decidió darle un cauce definitivo a la conversación.
-Escuche, esto no es Barrio Norte, pero tiene lo suyo. Hay que empezar de abajo. Además- otra vez el tono de confesión -, nos tiene a nosotros para cuidarlo de cerca.
Laborde le sacudió un frentazo formidable al escritorio, la tapa vidriada amagó con partirse al medio.
-Estaba cansado- repitió el frentazo -. Agobiado.
-Las mudanzas son así, provocan angustia- Garrido intentó sujetarlo por el hombro - y deje de golpearse la frente que después le va a doler la cabeza.
-Yo se lo advertí. Le advertí sobre posibles riesgos cuando vino a ofrecerse para las pruebas. Sólo le importaba el dinero... le produjo una reacción, estaba anémico.
-De inmobiliarias anémicas no conozco mucho, sólo sé que, algunas, piden hasta cuatro meses antes de darle a uno las llaves.
-En invierno se las arreglaba bastante bien con un sobretodo amplio que yo mismo le había comprado.
-¿No había losa radiante? Pero... mirá vos, ché.
-En verano no podía ir a la playa: parecía que iba con un diario Clarín enrollado debajo del short... La situación era insostenible. En marzo de este año fue cuando le sugerí una operación.
Garrido entendía poco, pero igual se animó.
-Según dicen, Pérez Companc, cotiza bastante bien.
-Amenazó con denunciarme- Laborde, con los dedos, se peinaba una y otra vez -... Había una error en la fórmula... Un mínimo error, que ya fue corregido... ¡Y ahora!- el tono era de euforia - ¡Ahora está dando excelentes resultados!
-Tome- dijo Garrido y le alcanzó una tarjeta -: mi sicóloga. Ella también está obteniendo excelentes resultados.
Laborde aceptó la tarjeta la estudió con interés y después de hacerla un bollo se la metió en la boca.
-No se haga el gracioso- dijo Garrido -, si no la quiere devuélvamela. Es la única que tengo.
Laborde masticaba con entusiasmo y con la boca bien abierta. Garrido supo que debía despedirse de su tarjeta cuando en un movimiento de glotis Laborde envió hacia abajo el bolo alimenticio.
Mismo día. 12 hs. En la vereda.
La ambulancia tardaba en llegar. El forense se acercó a Garrido.
-¿Sabía que en este barrio la tracción a sangre está prohibida?
Garrido no entendió.
-No entiendo- dijo -. Lárgueme más rollo: vienen de setenta y cuatro metros.
-A través de la puerta pude escuchar cómo, este pobre tipo, le gritaba "¡Basta, basta!", le suplicaba que se detenga.
-No invente historias- dijo Garrido.
-¿Qué motivo tenía para tratarlo así?. Seguramente lo arrastró de los pelos a lo largo y ancho del consultorio.
-No diga macanas. Lo único que yo pretendía era arrimar un poco de luz al caso Godoy.
Laborde escuchó Godoy y se puso a bailar un carnavalito.
-¡Uy, uy, uy, uy, Godoy!
-¿No vé?- dijo Garrido -, está del tomate.
-Con sus torturas- dijo el forense -: puré de tomate.
-No insista con eso, no es mi estilo. En mi formación no hay lugar para la violencia, y para controlar esta situación, recurrí al manual de "Técnicas de contención contra brotes sicóticos".
-No conozco ese manual.
-Naturalmente, es para detectives.
El sargento Garrido condujo al doctor Laborde a la ambulancia que acababa de llegar.
-El segundo pinchazo fue sutil y mortal- explicó Laborde -, entró por el primer agujero.
-¿Qué dijo?- preguntó el forense .
-Pavadas- dijo y acercándose al chofer -. Llévenlo al Borda: ya voy para allá.
-¡Aire en las venas!- gritó Laborde sacando la cabeza por la ventanilla.
Garrido, paternalmente, se la volvió al interior de la ambulancia.
-Le queda bien el chalequito blanco- le dijo.
Laborde estaba empecinado con Godoy.
-¡Aire en las venas!. ¡Pum Godoy!
-Mencionó aire en las venas- dijo el forense.
-¿Le va a hacer caso?: está completamente chiflado.
La ambulancia comenzó a andar. Era un lindo cuadro: a cada bache que embocaba la ambulancia Laborde respondía con: "¡Pum Godoy!".
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