martes, 30 de octubre de 2007
Del álbum familiar (Entrevista a mi tío, veterano de guerra)
ENTREVISTA A LUIS MURGOITIO
Realizada por Jorge Sagrera.
Durante tres décadas deleitó a los sampedrinos con sus comidas; pero antes, mucho antes, a los 16 años, estuvo en la guerra civil española.
En el año 1986, cerró definitivamente sus puertas el mítico restauran Victoria (hoy Zeus). Es cierto, sí, por aquellos días el restauran siguió funcionando y los nuevos dueños conservaron el mismo nombre. Pero ellos se dieron cuenta, todos nos dimos cuenta que, sin sus antiguos dueños, el Victoria no sería igual.
Fueron treinta años dorados de piononos, lenguas a la vinagreta, pejerreyes, bogas, chupines de surubí, ranas a la provenzal, supremas, pulpo a la gallega, paellas, bifes de chorizo, parrilladas, Don Pedros, flanes y budines caseros.
Prestigio ganado a fuerza de exquisiteces, el restauran Victoria, mereció un comentario en el diario La opinión (23-06-77), en una época en que no era tan sencillo conseguir un espacio en los medios masivos.
Aquellos hombres que, en 1956, desde La Plata y Mar del Plata, subieron a San Pedro para abrir el Victoria, fueron Murgoitio y los hermanos Sagrera.
Precisamente, de Luis Murgoitio, hoy queremos a hablar. ¿Quién es este hombre que prodigó durante años exquisitos platos a los sampedrinos? ¿Quién es este hombre que ahora transita pacíficamente la conserjería del Hotel Natural y reparte sus horas entre esposa, hijos y nietos?
Luis Murgoitio nació en Lima y Humberto Primo, en el barrio de Constitución, en la Capital Federal; era el año 1919. Antes, su padre, nativo de Logrona, La Rioja, llegó soltero (su novia había quedado en Barcelona) a la Argentina para escapar de la guerra: en aquel tiempo los enviaban a luchar a Cuba o a Marruecos, España necesitaba poner freno a las efervescencias independentistas de sus colonias.
Después de unos meses, el padre de Luis, desafiando la posibilidad de que lo detectaran y lo mandaran a hacer el servicio militar, regresó a España para casarse con su novia catalana. Se casaron y se volvieron a la Argentina. Estuvieron seis o siete años en el barrio de Constitución. El padre de Luis era profesor de Francés en la escuela de los Hermanos Maristas y llevaba algunas contabilidades. Cuando pasó la edad de la milicia y para tentar una mejor suerte, armaran las valijas y otra vez a España. Luis tenía un año.
Una de las cosas que primero cuenta Luis Murgoitio, sea por que lo impone la cronología de los hechos, sea por la contundencia del recuerdo, es sobre una epidemia que hubo en España. "Tendría cuatro o cinco años y hubo una epidemia grande. Me salvé raspando: ya tenía el féretro preparado".
Su padre era director de una mina, la compañía los destinó a Zaragoza, ahí estuvieron unos cuantos años. Después fue Barcelona y, finalmente, Valencia. Al estallar la guerra civil, Luis tenía catorce años, era Bachiller e iba a segundo año de la escuela industrial.
"Cuando llegamos a España, todavía gobernaba el Rey Alfonso III. El 14 de abril del 33 o del 34, hubo elecciones y ganó el Partido Republicano, entonces echaron al Rey. Lo pusieron en un barco y no volvió hasta que estuvo Franco".
"En unos de los primeros levantamientos, en la juventud socialista nos dieron fusiles y granadas. Llegué a casa y mi madre me dijo:
-¡Rajá de acá, andá a devolver todo eso!.
Me pasó igual cuando íbamos a reconquistar Mallorca, estaba por subir al barco junto a las tropas y alguien me dice:
-¡Pibe, vos no!. ¡Sacáte ese fusil y dáselo a ese hombre!.
"En el colegio integraba la juventud socialista. Había mucha participación en los partidos y en los sindicatos. La gente sabía por qué luchaba. Yo tenía dieciséis años y a todos mis compañeros de esa edad, y a los de diecisiete y dieciocho, los habían empezado a incorporar. A mí no me aceptaban por ser extranjero. Pero la decepción duró poco: me agarró la presidenta del partido socialista y me dijo: ¿Vos querés ir? Sí, le contesté".
"Me llevó al Ministerio de no sé qué y me alisté en algo así como la gendarmería de acá, que dependía del Ministerio de Hacienda, el Ministro de hacienda era muy amigo de mi padre. Yo creía que iba a estar custodiando la frontera, pero no fue así".
"Al llegar las brigadas internacionales empezó a reorganizarse el ejército Republicano. Cuando comenzó el conflicto, se asaltaban los cuarteles a pecho limpio. A las tropas marroquíes las trajeron engañadas, en el pecho llevaban un escapulario que decía: Detente bala. La República podría haber llegado más lejos, pero había divisiones entre los republicanos. Una vez estábamos en el frente de Teruel y se estaban peleando los comunistas republicanos y anarquistas en Barcelona, y nos mandaron a nosotros, los carabineros, a detener eso. Si se hubieran unificado, Franco no habría aguantado contra todo el pueblo, de no haber existido esas luchas internas no habría llegado al poder".
Teruel.
Estuvieron en las trincheras, tranquilos un tiempo, luego debieron alistarse para la toma de Teruel, controlada por tropas franquistas.
"Nos subieron a un tren, y cuando atravesábamos Valencia, (las vías pasaban a cinco seis cuadras de donde vivía), vi a un vecino y le grité: ¡Dígale a mi padre que me llevan para Teruel!".
El 15 de diciembre de 1937, en medio de un desolado paisaje polar, que aquel invierno conocería los veinte grados bajo cero, el Ejército Republicano iniciaba una inesperada y formidable ofensiva sobre Teruel.
El saldo es estremecedor: treinta mil muertos y veintiocho mil prisioneros por ambos bandos. Muchos que salvaron su vida de los morteros, no pudieron evitar caer destruidos por el hielo, el hambre y la sed.
La batalla de Teruel, de P.L. Alonso.
"En Teruel dormimos en una iglesia, que estaba llena de materiales, lo que menos había eran santos, habían sacado todo. De repente, hubo un momento de pánico, en el frente se veía todo colorado; alguien gritó: ¡gas, gas!, decían que eran gases tóxicos. Yo había perdido la careta antigases, vi una ambulancia y me metí adentro: de acá no me muevo. Pero no eran nubes de gases, después supimos que era el fuego de los lanzallamas".
Luis estuvo en el conflicto dos años y medio, aproximadamente.
"Cuando no había combate se timbeaba. Una vez, de la trinchera de los franquistas que estaba cerca, a doscientos metros, se escuchó una voz que cantaba. Uno de los muchachos que estaba conmigo dice. Por la voz, ése es hermano mío. Gallego era, y con un megáfono dice: '¡Fulano, sos Fulano yo soy tu hermano!'. Y el otro contestó: 'soy yo'. Los dos bandos se pusieron de acuerdo en una tregua. Ese día, pararon el frente, se juntaron los hermanos, se intercambiaron cartas y novedades y después, cada uno, volvió a su trinchera".
...por su amplitud fue una de las guerras más importantes del siglo XX, se trataba también de un asunto doméstico, de una lucha entre hermanos que hablan el mismo idioma y que se conocen... Las líneas de fuego fueron teatro, en los tiempos de más calma, de intercambio de palabras, de saludos y de insultos, que es la otra forma de ser familiares cuando las cosas no van bien. Los de la zona nacional (franquistas) proporcionaban a los de enfrente, haciendo una pausa en las provocaciones de sus altavoces, los resultados de las corridas de toros del domingo pasado, y éstos las del fútbol.
La batalla de Teruel, de P.L. Alonso.
"A la noche se hacía imaginaria, salías de tu trinchera, saltabas la alambrada que tenías adelante y te ibas a hacer la recorrida, si el enemigo venía tirabas una bomba para avisar. Te tocaba casi todas las noches, éramos dos o tres. Se había hecho un pozo y ahí nos quedábamos. Una vez me tocó hacer imaginaria con un Andaluz, y el tipo cantaba y cantaba toda la noche y yo le decía pero calláte que te van a escuchar. No podía dejar de cantar, él cantaba porque lo llevaba en la sangre. Era arriesgado ser imaginaria. A veces, hasta lloraba".
Invierno.
"Teníamos buena ropa los carabineros, pero igual hacía un frío de gran puta. Echábamos ramas de árboles en las trincheras, dormíamos tres o cuatro juntos. Poníamos una frazada sobre las ramas, nos acostábamos y las otras tres frazadas encima".
Llega una hija de Luis y abre un poco los postigos del comedor, cuando ella se va, Luis vuelve a entornarlos: "Me gusta la penumbra", dice. Estamos a mediados de marzo, pero no hace demasiado calor. Luis me pregunta si necesito el ventilador. Le digo que no, que estoy bien. "Yo nunca lo uso. El frío, los cambios éstos... me agarra fatiga", explica. Quedó delicado de los bronquios en aquellos días de la guerra civil.
Anselmo estaba acurrucado al amparo de un árbol grande, mientras la nieve le pasaba silbando a ambos lados. Se apretaba fuertemente contra el árbol y tenía las manos metidas dentro de las bocamangas de su chaqueta, cada una de las manos en la manga opuesta, y la cabeza hundida entre los hombros... " Si me quedo aquí mucho tiempo más, me helaré", pensaba.
Por quién doblan las campanas, E. Hemingway.
Hambre.
"No bien entrábamos a los pueblos (gente no había quedado nadie), buscábamos pollos, gallinas, conejos, después los chanchos, después los gatos. Había hambre, pero a nosotros, por suerte, nos tocó un capitán, un tipo que tenía mucha experiencia, había estado en Africa. Miren muchachos, decía, cuando venga el rancho quiero tener verduras y zanahorias hervidas... Recolectábamos lo que había en los campos, nos armábamos unos pucheros bárbaros y eso nos fortificaba... tuvimos suerte, cuando retrocedíamos hasta Francia, vimos mucha gente desnutrida".
Hay golpes en la vida...
"Después de Teruel, me anoté para entrar en la aviación. Me gustaba volar. Me presenté dos veces: una para piloto y otra para bombardero. Tenía que aprender, pero había completado bien todos los requisitos, y cuando llegué me agarró conjuntivitis y me rechazaron: tuve que volver al frente. La segunda vez, estuve en Murcia; veinte días en un campo de aviación. También me bocharon. Cuando volvía para casa (Murcia y Valencia están cerca), iba en un tren y me encuentro con unos primos míos.
-A dónde vas.
-Voy para mi casa.
-No sabés lo que pasa en tu casa.
-No, qué pasa.
Ahí, donde vivía mi familia, estaban los tanques de alcohol. La aviación había bombardeado y mi casa se vino abajo. Mi madre murió, pero no a causa del bombardeo. Murió del corazón, a causa del disgusto. Cuando llegué, justo la sacaban...
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Los heraldos negros. Cesar Vallejo.
Retroceder hasta Francia.
"Cuando me sacaron de las trincheras por ser extranjero, me mandaron con las brigadas internacionales argentinas: ahí fue que conocí a Maimó (origen mallorquín) y a Chato (origen valenciano). Nuestro destino era Valencia, entonces, fui a casa y esa noche cené con mi papá y mi hermano. Dormí ahí, al otro día les dije: esta noche vuelvo y ya no volví más. Recién cuando llegué a la Argentina pude escribir a casa, pero no estaban en la misma dirección y costó localizarlos".
"Nos embarcaron y llegamos a Barcelona. Todavía estaban un poco lejos las tropas franquistas y nos metieron enseguida en el frente, el bombardeo era intenso. De Barcelona fuimos caminando, retrocediendo, hasta Francia. Cuando llegamos al túnel internacional, nos dijeron que por ahí no se podía pasar. Tuvimos que volver hacia atrás, con los franquistas detrás de nosotros, y pasar por el puesto fronterizo. Eramos miles retrocediendo. Ahí nos recibían, nos sacaban las armas, todo lo que llevábamos y nos metían en un campo de concentración".
"En el primer campo de concentración que estuve, fue el de Boulogne Sur Mer, viste, ahí donde murió San Martín. Estábamos en la playa. Pusieron una alambrada y después nos traían ramas de árboles para hacernos algo así como cabañas, pero los caballos que habíamos traído nos comían las hojas de las ramas. Y nosotros después nos cominos los caballos. Los gobiernos de por ahí, Marsella, eran socialistas y querían ayudar. Mucha gente se quedó en casa de familias. Teníamos un hambre bárbaro, a los pocos días lo único que enviaron fueron unos camiones, y nos tiraron unos panes: se portó bastante mal el gobierno francés.
El Frente Popular español contó con el apoyo inicial de Francia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sin embargo, el temor francés a crear una situación conflictiva en todo el continente frenó su apoyo inicial y se acogió a la política de no intervención aplicada por la Sociedad de Naciones, cerrando su frontera a la entrada de material bélico a cualquiera de los contendientes, perjudicando notablemente al gobierno republicano.
Enciclopedia Encarta.
En Argentina: antihéroes y vencidos.
"Embarcamos en Burdeos, hicimos escala en Brasil y en Uruguay antes de Argentina. Acá llegamos y fuimos todos presos, estaba el gobierno de Ortiz, que después se enfermó de la vista y fue a operarse en Barcelona".
"Nosotros creíamos que nos iban a recibir alegres, qué sé yo, bien. Había en argentina movimientos republicanos, pero no los dejaron ni arrimar. Así que llegamos y nos mandaron a la isla Martín García. Los que estaban sorteados para hacer la conscripción: a hacer la conscripción. Y a los que no nos había tocado todavía nos dejaron libres hasta el sorteo".
"Como única familia en Argentina tenía a mi padrino, que vivía en parque Chacabuco y no veía desde que yo tenía un año, así que de recuerdo: nada de nada. Él sabía que yo estaba en la jefatura de policía, ahí en Moreno y me habló por teléfono: Me dijo que no podía ir a buscarme, que me tomara el colectivo 7 y que me bajara en parque Chacabuco, que en esa esquina él iba estar esperándome".
"¿Cómo fue estar en un país nuevo?. Uno venía con tanta sed de libertad, que para mí era todo fenómeno. Estuve un tiempo en casa de mi padrino, pero era muy católico. Me hizo bautizar en Lourdes por un obispo para sacarme todas las ideas raras. Estuve un mes ahí, y me fui a vivir con Maimó y Chato. Sabía el café dónde se reunían, ahí en la Avenida de Mayo".
"Pasé todo un año sin tener noticias de mi padre, escribí al colegio de los Hnos. Maristas, en Zaragoza, y ellos me consiguieron la dirección. (Un día, que yo estaba de licencia con los carabineros y andaba por Valencia, encontré al director del colegio de los Hnos. Maristas, se pone blanco: creía que yo lo iba a denunciar porque él era fraile. No se haga problema, le dije, ni pensé tal cosa. Hablamos un rato y después nos despedimos), escribí y enseguida mi padre me contestó. Decían que no sabía que estuviera vivo... A mí me hubiera gustado ir para allá, pero sabía que estando Franco no podía. Aunque unos muchachos que habían venido conmigo a la Argentina, fueron a Madrid y no les pasó nada. Pero igual, si uno te tenía bronca te podía denunciar, aunque yo era pibe cuando estuve allí... ".
Génesis del restauran Victoria.
"Al tiempo, Chato, Jaime Maimó y yo conseguimos trabajo: Un mallorquín nos contrató para trabajar en un bar de la calle Montevideo. ¿Mozos? (Se ríe). No, qué íbamos a ser mozos. Uno era lava copas y los otros dos lava platos. Alquilamos una pieza en parque Chacabuco con tres catres. Primero se casó Jaime, después yo y después Chato. Nos sortearon a los tres para hacer la conscripción. De los tres, el único que la hice fui yo. Uno se salvó por número bajo, el otro porque estaba herniado en ese momento. Entré en el 3 de infantería (Ahora La Tablada). Cuando entré a los pocos días ya me peleé con el teniente: Estaba mostrando a la compañía un fusil ametralladora.
-¡Esto es más viejo que la miércoles!- dije.
-¡Gallego de mierda, qué te creés vos!
"Justo pasaba el capitán y me dio la razón. Al otro día me mandaron al bar del casino. Pasé un buen año. Cuando terminé el servicio, los militares me ubicaron en el Embassy, donde trabajé unos cuantos años y después pasé al Tourbillón, en Mar del Plata".
Con Jaime y Chato compraron un Hotel en La Plata, después vino Sebastián Sagrera. Estuvieron cinco años, vendieron y se vinieron a San Pedro, en el 46.
"¿Por qué restaurante Victoria?, porque el Hotel de La Plata se llamaba Victoria. Y mi familia, de la parte vasca, vivía en Victoria".
Después de cincuenta años, volver a España.
"Lo del viaje a España en 1989, se dio porque mi hermano que está en Huesca tramitó la pensión de guerra. Lo primero que mandaron fueron diez mil dólares".
"Cuando los recibí, dije: esto me lo gasto en España".
-¡Y bien gastado, bien gastado!- repite con firmeza y nostalgia.
"Lo primero que hizo mi hermano cuando llegué a Zaragoza, fue llevarme a dar una vuelta. Vi el colegio de los Hnos. Maristas, la universidad, la escuela industrial: todo estaba igual. También fuimos a la casa que teníamos, que se estaba por vender, estaban esperando que yo viniera para firmar el boleto. Y estando yo ahí, se vendió. No quise sacarle una foto, me daba mucha emoción. Eso sí que me daba mucha emoción...".
"Mi hermano me contó que ellos también sufrieron".
-Tuviste suerte, Luis. Yo tenía ocho años y mi padre me mandaba a conseguir una gallina o algo para comer por el campo. Me agarraba la Guardia Civil, me cagaban a palo y me quitaban lo que había conseguido. Las pasamos negras.
Lo que queda del día.
"¿Visitar otra vez España?. Yo... para volver y no ir bien, como la primera vez... no quiero volver... Podría haber vuelto, mis hermanos me recibían, en Mallorca, la familia de mi esposa, me recibía. Yo iba a casa de mis hermanos al mediodía y a la noche y llevaba comida y bebida. En Mallorca, un primo de Dora (su esposa) me decía: 'Pero ché, para qué compras sobrasada, mirá cuántas querés, mirá si ahí tenés colgadas...' Pero yo no podía ir sin llevar algo, ¿entendés?".
"San Pedro me parece bueno, porque yo vine y me quedé, la gente es macanuda. El Victoria duró treinta años... Vos vas por la calle y te saluda uno, te saluda el otro, eso vale".
-¡Chau don Luis!- me dicen.
-¿Y vos quién sos?.
-¿No se acuerda?, yo trabajé con usted en el Victoria.
Realizada por Jorge Sagrera.
Durante tres décadas deleitó a los sampedrinos con sus comidas; pero antes, mucho antes, a los 16 años, estuvo en la guerra civil española.
Ningún hombre es en sí equiparable a una Isla;
todo hombre es un pedazo del Continente,
una parte de Tierra Firme...
La muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque soy una parte de la Humanidad.
Por eso no quieras saber nunca por quién doblan las campanas;
¡están doblando por ti...!
todo hombre es un pedazo del Continente,
una parte de Tierra Firme...
La muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque soy una parte de la Humanidad.
Por eso no quieras saber nunca por quién doblan las campanas;
¡están doblando por ti...!
John Donne.
En el año 1986, cerró definitivamente sus puertas el mítico restauran Victoria (hoy Zeus). Es cierto, sí, por aquellos días el restauran siguió funcionando y los nuevos dueños conservaron el mismo nombre. Pero ellos se dieron cuenta, todos nos dimos cuenta que, sin sus antiguos dueños, el Victoria no sería igual.
Fueron treinta años dorados de piononos, lenguas a la vinagreta, pejerreyes, bogas, chupines de surubí, ranas a la provenzal, supremas, pulpo a la gallega, paellas, bifes de chorizo, parrilladas, Don Pedros, flanes y budines caseros.
Prestigio ganado a fuerza de exquisiteces, el restauran Victoria, mereció un comentario en el diario La opinión (23-06-77), en una época en que no era tan sencillo conseguir un espacio en los medios masivos.
Aquellos hombres que, en 1956, desde La Plata y Mar del Plata, subieron a San Pedro para abrir el Victoria, fueron Murgoitio y los hermanos Sagrera.
Precisamente, de Luis Murgoitio, hoy queremos a hablar. ¿Quién es este hombre que prodigó durante años exquisitos platos a los sampedrinos? ¿Quién es este hombre que ahora transita pacíficamente la conserjería del Hotel Natural y reparte sus horas entre esposa, hijos y nietos?
Luis Murgoitio nació en Lima y Humberto Primo, en el barrio de Constitución, en la Capital Federal; era el año 1919. Antes, su padre, nativo de Logrona, La Rioja, llegó soltero (su novia había quedado en Barcelona) a la Argentina para escapar de la guerra: en aquel tiempo los enviaban a luchar a Cuba o a Marruecos, España necesitaba poner freno a las efervescencias independentistas de sus colonias.
Después de unos meses, el padre de Luis, desafiando la posibilidad de que lo detectaran y lo mandaran a hacer el servicio militar, regresó a España para casarse con su novia catalana. Se casaron y se volvieron a la Argentina. Estuvieron seis o siete años en el barrio de Constitución. El padre de Luis era profesor de Francés en la escuela de los Hermanos Maristas y llevaba algunas contabilidades. Cuando pasó la edad de la milicia y para tentar una mejor suerte, armaran las valijas y otra vez a España. Luis tenía un año.
Una de las cosas que primero cuenta Luis Murgoitio, sea por que lo impone la cronología de los hechos, sea por la contundencia del recuerdo, es sobre una epidemia que hubo en España. "Tendría cuatro o cinco años y hubo una epidemia grande. Me salvé raspando: ya tenía el féretro preparado".
Su padre era director de una mina, la compañía los destinó a Zaragoza, ahí estuvieron unos cuantos años. Después fue Barcelona y, finalmente, Valencia. Al estallar la guerra civil, Luis tenía catorce años, era Bachiller e iba a segundo año de la escuela industrial.
"Cuando llegamos a España, todavía gobernaba el Rey Alfonso III. El 14 de abril del 33 o del 34, hubo elecciones y ganó el Partido Republicano, entonces echaron al Rey. Lo pusieron en un barco y no volvió hasta que estuvo Franco".
"En unos de los primeros levantamientos, en la juventud socialista nos dieron fusiles y granadas. Llegué a casa y mi madre me dijo:
-¡Rajá de acá, andá a devolver todo eso!.
Me pasó igual cuando íbamos a reconquistar Mallorca, estaba por subir al barco junto a las tropas y alguien me dice:
-¡Pibe, vos no!. ¡Sacáte ese fusil y dáselo a ese hombre!.
"En el colegio integraba la juventud socialista. Había mucha participación en los partidos y en los sindicatos. La gente sabía por qué luchaba. Yo tenía dieciséis años y a todos mis compañeros de esa edad, y a los de diecisiete y dieciocho, los habían empezado a incorporar. A mí no me aceptaban por ser extranjero. Pero la decepción duró poco: me agarró la presidenta del partido socialista y me dijo: ¿Vos querés ir? Sí, le contesté".
"Me llevó al Ministerio de no sé qué y me alisté en algo así como la gendarmería de acá, que dependía del Ministerio de Hacienda, el Ministro de hacienda era muy amigo de mi padre. Yo creía que iba a estar custodiando la frontera, pero no fue así".
"Al llegar las brigadas internacionales empezó a reorganizarse el ejército Republicano. Cuando comenzó el conflicto, se asaltaban los cuarteles a pecho limpio. A las tropas marroquíes las trajeron engañadas, en el pecho llevaban un escapulario que decía: Detente bala. La República podría haber llegado más lejos, pero había divisiones entre los republicanos. Una vez estábamos en el frente de Teruel y se estaban peleando los comunistas republicanos y anarquistas en Barcelona, y nos mandaron a nosotros, los carabineros, a detener eso. Si se hubieran unificado, Franco no habría aguantado contra todo el pueblo, de no haber existido esas luchas internas no habría llegado al poder".
Teruel.
Estuvieron en las trincheras, tranquilos un tiempo, luego debieron alistarse para la toma de Teruel, controlada por tropas franquistas.
"Nos subieron a un tren, y cuando atravesábamos Valencia, (las vías pasaban a cinco seis cuadras de donde vivía), vi a un vecino y le grité: ¡Dígale a mi padre que me llevan para Teruel!".
El 15 de diciembre de 1937, en medio de un desolado paisaje polar, que aquel invierno conocería los veinte grados bajo cero, el Ejército Republicano iniciaba una inesperada y formidable ofensiva sobre Teruel.
El saldo es estremecedor: treinta mil muertos y veintiocho mil prisioneros por ambos bandos. Muchos que salvaron su vida de los morteros, no pudieron evitar caer destruidos por el hielo, el hambre y la sed.
La batalla de Teruel, de P.L. Alonso.
"En Teruel dormimos en una iglesia, que estaba llena de materiales, lo que menos había eran santos, habían sacado todo. De repente, hubo un momento de pánico, en el frente se veía todo colorado; alguien gritó: ¡gas, gas!, decían que eran gases tóxicos. Yo había perdido la careta antigases, vi una ambulancia y me metí adentro: de acá no me muevo. Pero no eran nubes de gases, después supimos que era el fuego de los lanzallamas".
Luis estuvo en el conflicto dos años y medio, aproximadamente.
"Cuando no había combate se timbeaba. Una vez, de la trinchera de los franquistas que estaba cerca, a doscientos metros, se escuchó una voz que cantaba. Uno de los muchachos que estaba conmigo dice. Por la voz, ése es hermano mío. Gallego era, y con un megáfono dice: '¡Fulano, sos Fulano yo soy tu hermano!'. Y el otro contestó: 'soy yo'. Los dos bandos se pusieron de acuerdo en una tregua. Ese día, pararon el frente, se juntaron los hermanos, se intercambiaron cartas y novedades y después, cada uno, volvió a su trinchera".
...por su amplitud fue una de las guerras más importantes del siglo XX, se trataba también de un asunto doméstico, de una lucha entre hermanos que hablan el mismo idioma y que se conocen... Las líneas de fuego fueron teatro, en los tiempos de más calma, de intercambio de palabras, de saludos y de insultos, que es la otra forma de ser familiares cuando las cosas no van bien. Los de la zona nacional (franquistas) proporcionaban a los de enfrente, haciendo una pausa en las provocaciones de sus altavoces, los resultados de las corridas de toros del domingo pasado, y éstos las del fútbol.
La batalla de Teruel, de P.L. Alonso.
"A la noche se hacía imaginaria, salías de tu trinchera, saltabas la alambrada que tenías adelante y te ibas a hacer la recorrida, si el enemigo venía tirabas una bomba para avisar. Te tocaba casi todas las noches, éramos dos o tres. Se había hecho un pozo y ahí nos quedábamos. Una vez me tocó hacer imaginaria con un Andaluz, y el tipo cantaba y cantaba toda la noche y yo le decía pero calláte que te van a escuchar. No podía dejar de cantar, él cantaba porque lo llevaba en la sangre. Era arriesgado ser imaginaria. A veces, hasta lloraba".
Invierno.
"Teníamos buena ropa los carabineros, pero igual hacía un frío de gran puta. Echábamos ramas de árboles en las trincheras, dormíamos tres o cuatro juntos. Poníamos una frazada sobre las ramas, nos acostábamos y las otras tres frazadas encima".
Llega una hija de Luis y abre un poco los postigos del comedor, cuando ella se va, Luis vuelve a entornarlos: "Me gusta la penumbra", dice. Estamos a mediados de marzo, pero no hace demasiado calor. Luis me pregunta si necesito el ventilador. Le digo que no, que estoy bien. "Yo nunca lo uso. El frío, los cambios éstos... me agarra fatiga", explica. Quedó delicado de los bronquios en aquellos días de la guerra civil.
Anselmo estaba acurrucado al amparo de un árbol grande, mientras la nieve le pasaba silbando a ambos lados. Se apretaba fuertemente contra el árbol y tenía las manos metidas dentro de las bocamangas de su chaqueta, cada una de las manos en la manga opuesta, y la cabeza hundida entre los hombros... " Si me quedo aquí mucho tiempo más, me helaré", pensaba.
Por quién doblan las campanas, E. Hemingway.
Hambre.
"No bien entrábamos a los pueblos (gente no había quedado nadie), buscábamos pollos, gallinas, conejos, después los chanchos, después los gatos. Había hambre, pero a nosotros, por suerte, nos tocó un capitán, un tipo que tenía mucha experiencia, había estado en Africa. Miren muchachos, decía, cuando venga el rancho quiero tener verduras y zanahorias hervidas... Recolectábamos lo que había en los campos, nos armábamos unos pucheros bárbaros y eso nos fortificaba... tuvimos suerte, cuando retrocedíamos hasta Francia, vimos mucha gente desnutrida".
Hay golpes en la vida...
"Después de Teruel, me anoté para entrar en la aviación. Me gustaba volar. Me presenté dos veces: una para piloto y otra para bombardero. Tenía que aprender, pero había completado bien todos los requisitos, y cuando llegué me agarró conjuntivitis y me rechazaron: tuve que volver al frente. La segunda vez, estuve en Murcia; veinte días en un campo de aviación. También me bocharon. Cuando volvía para casa (Murcia y Valencia están cerca), iba en un tren y me encuentro con unos primos míos.
-A dónde vas.
-Voy para mi casa.
-No sabés lo que pasa en tu casa.
-No, qué pasa.
Ahí, donde vivía mi familia, estaban los tanques de alcohol. La aviación había bombardeado y mi casa se vino abajo. Mi madre murió, pero no a causa del bombardeo. Murió del corazón, a causa del disgusto. Cuando llegué, justo la sacaban...
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Los heraldos negros. Cesar Vallejo.
Retroceder hasta Francia.
"Cuando me sacaron de las trincheras por ser extranjero, me mandaron con las brigadas internacionales argentinas: ahí fue que conocí a Maimó (origen mallorquín) y a Chato (origen valenciano). Nuestro destino era Valencia, entonces, fui a casa y esa noche cené con mi papá y mi hermano. Dormí ahí, al otro día les dije: esta noche vuelvo y ya no volví más. Recién cuando llegué a la Argentina pude escribir a casa, pero no estaban en la misma dirección y costó localizarlos".
"Nos embarcaron y llegamos a Barcelona. Todavía estaban un poco lejos las tropas franquistas y nos metieron enseguida en el frente, el bombardeo era intenso. De Barcelona fuimos caminando, retrocediendo, hasta Francia. Cuando llegamos al túnel internacional, nos dijeron que por ahí no se podía pasar. Tuvimos que volver hacia atrás, con los franquistas detrás de nosotros, y pasar por el puesto fronterizo. Eramos miles retrocediendo. Ahí nos recibían, nos sacaban las armas, todo lo que llevábamos y nos metían en un campo de concentración".
"En el primer campo de concentración que estuve, fue el de Boulogne Sur Mer, viste, ahí donde murió San Martín. Estábamos en la playa. Pusieron una alambrada y después nos traían ramas de árboles para hacernos algo así como cabañas, pero los caballos que habíamos traído nos comían las hojas de las ramas. Y nosotros después nos cominos los caballos. Los gobiernos de por ahí, Marsella, eran socialistas y querían ayudar. Mucha gente se quedó en casa de familias. Teníamos un hambre bárbaro, a los pocos días lo único que enviaron fueron unos camiones, y nos tiraron unos panes: se portó bastante mal el gobierno francés.
El Frente Popular español contó con el apoyo inicial de Francia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sin embargo, el temor francés a crear una situación conflictiva en todo el continente frenó su apoyo inicial y se acogió a la política de no intervención aplicada por la Sociedad de Naciones, cerrando su frontera a la entrada de material bélico a cualquiera de los contendientes, perjudicando notablemente al gobierno republicano.
Enciclopedia Encarta.
En Argentina: antihéroes y vencidos.
"Embarcamos en Burdeos, hicimos escala en Brasil y en Uruguay antes de Argentina. Acá llegamos y fuimos todos presos, estaba el gobierno de Ortiz, que después se enfermó de la vista y fue a operarse en Barcelona".
"Nosotros creíamos que nos iban a recibir alegres, qué sé yo, bien. Había en argentina movimientos republicanos, pero no los dejaron ni arrimar. Así que llegamos y nos mandaron a la isla Martín García. Los que estaban sorteados para hacer la conscripción: a hacer la conscripción. Y a los que no nos había tocado todavía nos dejaron libres hasta el sorteo".
"Como única familia en Argentina tenía a mi padrino, que vivía en parque Chacabuco y no veía desde que yo tenía un año, así que de recuerdo: nada de nada. Él sabía que yo estaba en la jefatura de policía, ahí en Moreno y me habló por teléfono: Me dijo que no podía ir a buscarme, que me tomara el colectivo 7 y que me bajara en parque Chacabuco, que en esa esquina él iba estar esperándome".
"¿Cómo fue estar en un país nuevo?. Uno venía con tanta sed de libertad, que para mí era todo fenómeno. Estuve un tiempo en casa de mi padrino, pero era muy católico. Me hizo bautizar en Lourdes por un obispo para sacarme todas las ideas raras. Estuve un mes ahí, y me fui a vivir con Maimó y Chato. Sabía el café dónde se reunían, ahí en la Avenida de Mayo".
"Pasé todo un año sin tener noticias de mi padre, escribí al colegio de los Hnos. Maristas, en Zaragoza, y ellos me consiguieron la dirección. (Un día, que yo estaba de licencia con los carabineros y andaba por Valencia, encontré al director del colegio de los Hnos. Maristas, se pone blanco: creía que yo lo iba a denunciar porque él era fraile. No se haga problema, le dije, ni pensé tal cosa. Hablamos un rato y después nos despedimos), escribí y enseguida mi padre me contestó. Decían que no sabía que estuviera vivo... A mí me hubiera gustado ir para allá, pero sabía que estando Franco no podía. Aunque unos muchachos que habían venido conmigo a la Argentina, fueron a Madrid y no les pasó nada. Pero igual, si uno te tenía bronca te podía denunciar, aunque yo era pibe cuando estuve allí... ".
Génesis del restauran Victoria.
"Al tiempo, Chato, Jaime Maimó y yo conseguimos trabajo: Un mallorquín nos contrató para trabajar en un bar de la calle Montevideo. ¿Mozos? (Se ríe). No, qué íbamos a ser mozos. Uno era lava copas y los otros dos lava platos. Alquilamos una pieza en parque Chacabuco con tres catres. Primero se casó Jaime, después yo y después Chato. Nos sortearon a los tres para hacer la conscripción. De los tres, el único que la hice fui yo. Uno se salvó por número bajo, el otro porque estaba herniado en ese momento. Entré en el 3 de infantería (Ahora La Tablada). Cuando entré a los pocos días ya me peleé con el teniente: Estaba mostrando a la compañía un fusil ametralladora.
-¡Esto es más viejo que la miércoles!- dije.
-¡Gallego de mierda, qué te creés vos!
"Justo pasaba el capitán y me dio la razón. Al otro día me mandaron al bar del casino. Pasé un buen año. Cuando terminé el servicio, los militares me ubicaron en el Embassy, donde trabajé unos cuantos años y después pasé al Tourbillón, en Mar del Plata".
Con Jaime y Chato compraron un Hotel en La Plata, después vino Sebastián Sagrera. Estuvieron cinco años, vendieron y se vinieron a San Pedro, en el 46.
"¿Por qué restaurante Victoria?, porque el Hotel de La Plata se llamaba Victoria. Y mi familia, de la parte vasca, vivía en Victoria".
Después de cincuenta años, volver a España.
"Lo del viaje a España en 1989, se dio porque mi hermano que está en Huesca tramitó la pensión de guerra. Lo primero que mandaron fueron diez mil dólares".
"Cuando los recibí, dije: esto me lo gasto en España".
-¡Y bien gastado, bien gastado!- repite con firmeza y nostalgia.
"Lo primero que hizo mi hermano cuando llegué a Zaragoza, fue llevarme a dar una vuelta. Vi el colegio de los Hnos. Maristas, la universidad, la escuela industrial: todo estaba igual. También fuimos a la casa que teníamos, que se estaba por vender, estaban esperando que yo viniera para firmar el boleto. Y estando yo ahí, se vendió. No quise sacarle una foto, me daba mucha emoción. Eso sí que me daba mucha emoción...".
"Mi hermano me contó que ellos también sufrieron".
-Tuviste suerte, Luis. Yo tenía ocho años y mi padre me mandaba a conseguir una gallina o algo para comer por el campo. Me agarraba la Guardia Civil, me cagaban a palo y me quitaban lo que había conseguido. Las pasamos negras.
Lo que queda del día.
"¿Visitar otra vez España?. Yo... para volver y no ir bien, como la primera vez... no quiero volver... Podría haber vuelto, mis hermanos me recibían, en Mallorca, la familia de mi esposa, me recibía. Yo iba a casa de mis hermanos al mediodía y a la noche y llevaba comida y bebida. En Mallorca, un primo de Dora (su esposa) me decía: 'Pero ché, para qué compras sobrasada, mirá cuántas querés, mirá si ahí tenés colgadas...' Pero yo no podía ir sin llevar algo, ¿entendés?".
"San Pedro me parece bueno, porque yo vine y me quedé, la gente es macanuda. El Victoria duró treinta años... Vos vas por la calle y te saluda uno, te saluda el otro, eso vale".
-¡Chau don Luis!- me dicen.
-¿Y vos quién sos?.
-¿No se acuerda?, yo trabajé con usted en el Victoria.

