Cuando en una familia se espera el nacimiento de un nuevo miembro todos viven los preparativos con intensidad. Hasta los más alejados de la pareja se preocupan por preguntar cómo van las cosas, y los más cercanos colaboran en la preparación del nido.
Arreglar la habitación donde va a estar el bebé, conseguir un moisés para que tenga donde dormir, comprar algunos pañales descartables para ahorrarle trabajo a la madre, tejer una batita o escarpines...
En fin, no hace falta abundar en detalles sobre todo lo que se puede hacer para preparar el nacimiento de un niño. Y lo más importante: si hay hermanitos, hablar con ellos para preparar el corazón. Si no los hay, soñar en pareja, imaginar el futuro, rezar a Dios por la nueva vida...
Preparar el nacimiento de Jesús debe ocasionar similares preparativos y conmocionar de manera parecida el hogar.
Por eso, es bueno preguntarnos cómo nos estamos preparando para el nacimiento de Cristo. ¿Cómo le hacemos un lugar en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestro corazón?
Arreglemos la habitación acercándonos al sacramento de la reconciliación, tejamos una gran red de oraciones y consigamos todo lo necesario para que nuestra propia existencia sea una casa agradable donde pueda venir el Señor. Allanemos los caminos para que todos sean testigos de la salvación.
Durante el Adviento del año 1980 el Papa Juan Pablo II estuvo con más de dos mil chicos en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis:
- ¿Cómo es que se preparan para la Navidad?
- Con oración,- responden los chicos gritando.
- Bien, con la oración, les dice el Papa, pero también con la Confesión. Tienen que confesarse para acudir después a la Comunión. ¿Lo van a hacer?
- ¡Si, lo haremos!
- Si, deben hacerlo - les dice Juan Pablo II. Y en voz más baja agrega: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño-Dios.
Que bueno sería que para prepararnos para la llegada del Señor en la próxima Navidad, dentro de unas pocas semanas, nos propongamos algún propósito semanal para ayudar a nuestro prójimo y prepararnos interiormente. Podríamos visitar algún enfermo, ayudar en alguna tarea de la parroquia, confesarnos y comulgar, rezar más, llevar a nuestros hijos a presenciar con recogimiento algún pesebre viviente.
Concuerdo con Ud. Que estemos abonando desde ahora el amor en nuestros corazones para recibir a nuestro Señor con alegrìa,que participemos de algun pesebre(es más lindo),y que esa alegrìa permanezca en nosotros durante todo el año.Saludos