Jueves, 01 de noviembre de 2007
Publicado por JorgeSagrera @ 21:08
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LA PATA DE MONO (cuento)

W.W JACOBS (1863 - 1943)



I

La noche era fr?a y h?meda, pero en la peque?a sala de Laburnum Villa, los postigos estaban cerrados y el fuego ard?a vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez; el primero ten?a ideas personales sobre el juego y pon?a al rey en tan desesperados e in?tiles peligros, que provocaba el comentario de la vieja se?ora que tej?a pl?cidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el se?or White: hab?a cometido un error fatal y trataba de que se hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo ?ste moviendo implacablemente la reina- Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contest? el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vocifer? el se?or White con imprevista y repentina violencia -. De todos los barriales, este es el peor. El camino es un pantano. No s? en qu? piensa la gente. Como hay s?lo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer -, ganar?s la pr?xima vez.
El se?or White alz? la vista y sorprendi? una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimul? un gesto de fastidio.
-Ah? viene -dijo Herbert White al o?r el golpe del port?n y unos pasos que se acercaban. Su padre se levant? con apresurada hospitalidad y abri? la puerta; lo oyeron condolerse con el reci?n venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el se?or White, present?ndolo. El sargento les dio la mano, acept? la silla que le ofrecieron y observ? con satisfacci?n que el due?o de casa tra?a whisky y unos vasos y pon?a una peque?a pava sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empez? a hablar. La familia miraba con inter?s a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extra?os.
-Hace veinti?n a?os -dijo el se?or White sonriendo a su mujer y a su hijo -. Cuando se fue era apenas un muchacho. M?renlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la se?ora White amablemente.
-Me gustar?a ir a la India -dijo el se?or White -. S?lo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aqu? -replic? el sargento moviendo la cabeza. Dej? el vaso y, suspirando levemente, volvi? a sacudir la cabeza.
-Me gustar?a ver esos viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el se?or White -. ?Qu? fue, Morris, lo que usted empez? a contarme los otros d?as, de una pata de mono o algo por el estilo?.
-Nada -contest? el soldado, apresuradamente-. Nada que valga la pena o?r.
-?Una pata de mono? -pregunt? la se?ora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgano el sargento.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distra?damente, el forastero llev? la copa vac?a a los labios; volvi? a dejarla. El due?o de la casa la llen?.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sac? del bolsillo.
La se?ora retrocedi?, con una mueca. El hijo tom? la pata de mono y la examin? atentamente.
-?Y qu? tiene de extraordinario? -pregunt? el se?or White quit?ndosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poder m?gico -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quer?a demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede opon?rsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habl? tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ?por qu? no pide las tres cosas? -pregunt? Herbert White.
El sargento lo mir? con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideci?.
-?Realmente se cumplieron los tres deseos? -pregunt? la se?ora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-?Y nadie m?s pidi?? -insisti? la se?ora.
-S?, un hombre. No s? cu?les fueron las dos primeras cosas que pidi?; la tercera, fue la muerte. Por eso entr? en posesi?n de la pata de mono.
Habl? con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talism?n- dijo, finalmente, el se?or White - ?Para que lo guarda?.
El sargento sacudi? la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo har?. Ya ha causado bastantes desgracias. Adem?s, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme despu?s.
-Y si a usted le concedieran tres deseos m?s -dijo el se?or White -, ?los pedir?a?.
-No s? -contest? el otro-. No s?.
Tom? la pata de mono, la agit? entre el pulgar y el ?ndice y la tir? al fuego. White la recogi?.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, d?mela.
-No quiero -respondi? terminadamente-. La tir? al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que le pueda suceder. Sea razonable, t?rela.
El otro sacudi? la cabeza y examin? su nueva adquisici?n. Pregunt?:
-?C?mo se hace?.
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las Mil y Una Noches - dijo la se?ora White. Se levant? a preparar la mesa -. ?No le parece que podr?an pedir para mi otro par de manos?.
El se?or White sac? del bolsillo el talism?n: los tres se rieron al ver la expresi?n de alarma del sargento.
-Si est? resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White -, pida algo razonable.
El se?or White guard? en el bolsillo la pata de mono. Invit? a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talism?n fue, en cierto modo, olvidado. Atra?dos escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata del mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerr? la puerta y se alej? con prisa, para alcanzar el ?ltimo tren -, no conseguiremos gran cosa.
-?Le diste algo? -pregunt? la se?ora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contest? el se?or White, ruboriz?ndose levemente -. No quer?a aceptarlo, pero lo obligu?. Insisti? en que tirara el talism?n.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, as? no estar?s dominado por tu mujer.
El se?or White sac? del bolsillo el talism?n y lo examin? perplejamente.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa ser?as feliz ?no es cierto? -dijo Herbert poni?ndole la mano sobre el hombro -. Bastar? con que pidas doscientas libras.
El padre sonri? avergonzado de su propia credulidad y levant? el talism?n; Herbert puso una cara solemne, hizo un gui?o a su madre y toc? en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras - pronunci? el se?or White.
Un gran estr?pito del piano contest? a sus palabras. El se?or White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia ?l.
-Se movi? -dijo mirando con desagrado el objeto y lo dej? caer -. Se retorci? en mi mano, como una v?bora.
-Pero yo no veo el dinero -observ? el hijo, recogiendo el talism?n y poni?ndolo sobre la mesa-. Apostar?a a que nunca lo ver?.
-Habr? sido tu imaginaci?n, querido -dijo la mujer mir?ndolo ansiosamente.
Sacudi? la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era m?s fuerte que nunca. El se?or White se sobresalt? cuando se golpe? una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvi? hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrar?s el dinero en una gran bolsa, en el medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparici?n horrible, agazapada encima del ropero, te acechar? cuando est?s guardando tus bienes leg?timos.
Ya solo, el se?or White se sent? en la oscuridad y mir? las brasas, y vio caras en ellas. La ?ltima era tan simiesca, tan horrible, que la mir? con asombro; se ri?, molesto, y busc? en la mesa su vaso de agua para ech?rselo encima y apagar la brasa; sin querer, toc? la pata de mono; se estremeci?, limpi? la mano en el abrigo y subi? a su cuarto.



II

A la ma?ana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se ri? de sus temores. En el cuarto hab?a un ambiente de prosaica salud que le faltaba la noche anterior; y esa pata de mono, arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parec?a terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la se?ora White -. ?Qu? idea, la nuestra, escuchar esas tonter?as!. ?C?mo puede creerse en talismanes, en esta ?poca?. Y si consiguieran las doscientas libras, ?qu? mal podr?an hacerte?.
-Pueden caer arriba y lastimarle la cabeza -dijo Herbert.
-Seg?n Morris, las cosas ocurr?an con tanta naturalidad que parec?an coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert levant?ndose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se ri?, lo acompa?? hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burl? de la credulidad del marido. Sin embargo, cuando el cartero llam? la puerta, corri? a abrirla y cuando vio que s?lo tra?a la cuenta del sastre, se refiri? con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendr? tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el se?or White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movi? en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habr? sido en tu imaginaci?n -dijo la se?ora suavemente.
-Afirmo que se movi?. Yo no estaba sugestionado. Era... ?Qu? sucede?.
Su mujer no le contest?. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decid?a a entrar. Not? que el hombre estaba bien vestido y que ten?a una chistera nueva y reluciente: pens? en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el port?n: por fin se decidi? a llamar. Apresuradamente, la se?ora White se quit? el delantal y lo escondi? debajo del almohad?n de la silla.
Hizo pasar al desconocido. ?ste parec?a inc?modo. La miraba furtivamente, mientras ella le ped?a disculpas por el desorden que hab?a en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La se?ora esper? cort?smente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw y Meggins -dijo por fin.
La se?ora White tuvo un sobresalto.
-?Qu? pasa?. ?Qu? pasa?. ?Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, se?or.- y lo mir? pat?ticamente.
-Lo siento... -empez? el otro.
-?Est? herido? -pregunt?, enloquecida, la madre.
El hombre asinti?.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la se?ora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendi? el sentido siniestro que hab?a en la seguridad que le daban y vio la confirmaci?n de sus temores, en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiraci?n, mir? a su marido que parec?a tardar en comprender, y le tom? la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las m?quinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las m?quinas -repiti? el se?or White, aturdido.
Se sent?, mirando fijamente por la ventana; tom? la mano de su mujer, la apret? en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el ?nico que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levant? y se acerc? a la ventana.
-La compa??a me ha encargado que les exprese sus condolencias por esta gran p?rdida -dijo sin darse vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan s?lo un empleado y que obedezco las ?rdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la se?ora White estaba l?vida.
-Se me han comisionado para declararles que Maw y Meggins niegan toda la responsabilidad en el accidente -prosigui? el otro-. Pero en consideraci?n a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El se?or White solt? la mano de su mujer y, levant?ndose, mir? con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ?cu?nto?.
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin o?r el grito de su mujer, el se?or White sonri? levemente, extendi? los brazos, como un ciego, y se desplom?, desmayado.



III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y silencio.
Todo pas? tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los d?as pasaron y la expectativa se transform? en resignaci?n, esa desesperada resignaci?n a los viejos, que algunos llaman apat?a. Pocas veces hablaban, porque no ten?an nada que decirse: sus d?as eran interminables hasta el cansancio.
Una semana despu?s, el se?or White, despert?ndose bruscamente en la noche, estir? la mano y se encontr? solo. El cuarto estaba a oscuras: oy?, cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorpor? a la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a tomar fr?o.
-Mi hijo tiene m?s fr?o -dijo la se?ora White y volvi? a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los o?dos del se?or White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sue?o. Un despavorido grito de su mujer lo despert?.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El se?or White se incorpor? alarmado.
-?D?nde?. ?D?nde est??. ?Qu? sucede?.
Ella se acerc?:
-La quiero. ?no la has destruido?.
-Est? en la sala, sobre la repisa -contest? asombrado-. ?Por qu? la quieres?.
Llorando y riendo se inclin? para besarlo, y le dijo hist?ricamente.
-S?lo ahora he pensado... ?Por qu? no he pensado antes?. ?Por qu? t? no pensaste?.
-?Pensaste en qu?? -pregunt?.
-En los otros dos deseos -respondi? enseguida-. S?lo hemos pedido uno.
-?No fue bastante?.
-No -grit? ella triunfalmente-. Le pediremos otro m?s. B?scala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sent? en la cama, temblando.
-Dios m?o, est?s loca.
-B?scala pronto y pide -le balbuce?-; ?mi hijo, mi hijo!.
El hombre encendi? la vela:
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que est?s diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumpli?. ?Por qu? no hemos de pedir el segundo?.
-Fue una coincidencia.
-B?scala y desea -grit? con exaltaci?n la mujer.
El marido se dio vuelta y la mir?:
-Hace diez d?as que est? muerto, y, adem?s, no quer?a decirte otra cosa, lo reconoc? por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...
-Tr?emelo -grit? la mujer arrastr?ndolo hacia la puerta-. ?Crees que temo al ni?o que he criado?.
El se?or White baj? en la oscuridad, entr? en la sala y se acerc? a la repisa. El talism?n estaba en su lugar. Tuvo miedo que el deseo todav?a no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes que ?l pudiera escaparse del cuarto. Perdi? la orientaci?n. No encontraba la puerta. Tante? alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontr? en el zagu?n, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entr? en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareci? cambiada. Estaba ansiosa y blanca y ten?a algo sobrenatural. Le tuve miedo.
-P?delo -grit? con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuce?.
-P?delo -repiti? la mujer.
El hombre levant? la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talism?n cay? al suelo. El se?or White sigui? mir?ndolo con terror. Luego, temblando, se dej? caer en una silla mientras la mujer se acerc? a la ventana y levant? la cortina. El hombre no se movi? de ah?, hasta que el fr?o del alba lo traspas?. A veces miraba a su mujer, que estaba en la ventana. La vela se hab?a consumido; hasta apagarse, proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talism?n, el hombre volvi? a la cama; un minuto despu?s, la mujer, ap?tica y silenciosa, se acost? a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Cruji? un escal?n. La oscuridad era opresiva; el se?or White junt? coraje, encendi? un f?sforo y baj? a buscar una vela.
Al pie de la escalera el f?sforo se apag?. El se?or White se detuvo para encender otro; simult?neamente, reson? un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los f?sforos cayeron. Permaneci? inm?vil, sin respirar, hasta que se repiti? el golpe. Huyo a su cuarto y cerr? la puerta. Se oy? un tercer golpe.
-?Qu? es eso? -grit? la mujer
-Una rata -dijo el hombre-. Una rata. Se me cruz? en la escalera.
La mujer se incorpor?. Un fuerte golpe retumb? en toda la casa.
-?Es Herbert!. ?Es Herbert! -la se?ora White corri? hacia la puerta, pero su marido la alcanz?.
-?Qu? vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-?Es mi hijo; es Herbert! -grit? la mujer, luchando para que la soltaran-. Me hab?a olvidado que el cementerio est? a dos millas. Su?ltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-?Tienes miedo de tu propio hijo? -grit?-. Su?ltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes m?s. La mujer se libr? y huy? del cuarto. El hombre la sigui? y la llam?, mientras bajaba la escalera. Oy? el ruido de la tranca de abajo; oy? el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si puediera encontrarla antes de que eso entrara...- Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El se?or White oy? que su mujer acercaba una silla; oy? el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontr? la pata de mono y, fren?ticamente, balbuce? el tercer y ?ltimo deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban a?n en la casa. Oy? retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entr? por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el port?n. El camino estaba desierto y tranquilo.

Tags: Literatura, Cuento de terror.

Comentarios
Publicado por Olivia07
Viernes, 02 de noviembre de 2007 | 14:48
Me he reencontrado en la memoria con uno de los muy buenos cuentos de terror que he leido a lo largo de mi historia, ChicalocoHeladoHelado
Publicado por JorgeSagrera
S?bado, 03 de noviembre de 2007 | 0:02
Ah... usted, entonces, tambi?n es una muy buena lectora. Ya no me queda desde donde sorprenderla: estoy a punto del retiro.
Publicado por Olivia07
S?bado, 03 de noviembre de 2007 | 0:28
Pero no, hombre, no se me va a retirar por un cuentito que le? vaya a saber cu?ndo!!
















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