Se ve que no me conocés, Ignacio (cuento)
Por: Jorge L. Sagrera.
En la sala de espera de la terminal, Ignacio aguardaba sin urgencia la salida atrasada del ómnibus. Con el pañuelo se dio unos toques en la punta de la nariz, el resfrío comenzaba a bajar. Un viejo dormía sentado, piernas abiertas, en otro banco. El sitio estaba sucio. Ignacio imaginó viejos y nuevos orines incorporados al piso y las paredes.
El viejo se relamía en sueños. Se colocó de costado y, al cruzar las piernas, se tiró un pedo. Espió por debajo de la visera de la gorra y sonrió. Los dientes eran pocos y marrones.
-Acabo de leerle el futuro, compañero- dijo el viejo y se acomodó para seguir durmiendo.
Ignacio tuvo vergüenza ajena. Sujetó el bolso, se encaminó hasta la puerta y salió.
Era junio. Clima de cristal, pensó Ignacio. El sol de las nueve de la mañana trepaba despacio, prometía un fin de semana agradable. La llave del departamento de un amigo y la necesidad de sacudirse del cuerpo los tres años vividos en el Seminario, también prometían un fin de semana agradable.
Por los altavoces se anunció la partida del coche en la plataforma seis. Ignacio verificó, una vez más, su número de asiento. Un maletero le arrebató el bolso de la mano, lo depositó en la baulera y se quedó esperando una propina. Ignacio le dio un billete de cinco pesos. Sabía que era demasiado, pero no tenía monedas.
El ómnibus llegaba de Rosario. Subió. Sintió alivio pasando entre toda esa gente sin tener que estar atento para saludar. Ubicó el número 30, pasillo. Probó la palanca reclinatoria. Le faltaba el botón de plástico y el fierro le hería la palma de la mano. Intentó, tres o cuatro veces, dejarla en el punto del medio: la palanca zafaba y el respaldo se iba hacia atrás. Aceptó resignado la posición que el asiento proponía.
Porfiada. Palanca: no podrás evitar que éste sea un hermoso día. ¿Dormir? ¿Pensar? Puedo hacer lo que quiera. Dejarme llevar.
Cerró los ojos.
Percibió una dulce fragancia. Era como una estela fría con aroma de flores. Después la voz. Una voz de mujer. Dijo:
-Treinta y uno.
Abrió los ojos y se econtró frente a un rostro bellísimo. Lo conocía.
-¿Veró... sos?- dijo -¿Sos... Verónica?
Ella asintió con la cabeza.
-Hace como tiempo- dijo él.
-¿Eh?
Ignacio parpadeó, parecía un monitor de PC a punto de apagarse.
-Qué decís- dijo por fin -, tanto tiempo.
-¿Qué digo?. Digo si me dejás pasar, mi asiento es el treinta y uno.
Ignacio se incorporó veloz como un monaguillo. El respaldo le palmeó los riñones. Dijo algo sobre reclamar la mitad del importe del boleto. Intentó fijar el asiento en el punto del medio, pero la palanca volvió a zafar y ahora el respaldo le sacudió la frente. Ella se sentó. La falda era del color de una sotana, aunque mucho más corta. Tenía una camisa blanca con manzanitas rojas bordadas entre botón y botón; un pañuelito negro anudado al cuello y un cardigan gris. Ignacio la contemplaba, aturdido, como a una aparición divina.
-Qué tienen mis rodillas- dijo ella.
A Ignacio, el rojo le ganó, desparejo, la frente y las mejillas. Creyó estar a punto de un ataque de apoplejía. La fragancia de flores le provocaba vértigo. Verónica también. Siempre.
Dulce vértigo. Es una fragancia eficaz, tuvo la virtud de perforar el dique de agua que me aseguraba el resfrío. Perfume marca Estocada.
El ómnibus arrancó.
-¿Dónde andabas?- dijo ella.
¿Cuándo? ¿En estos últimos años, o ahora?
-Por ahí- dijo él.
Verónica, afirmada en los apoya brazos, miró por encima de los asientos al frente y a la derecha.
-¿Por dónde?- dijo.
-Por dónde, qué.
-Dijiste que andabas por ahí- dijo ella señalando con el mentón.
El pelo de las sienes había sido cepillado una y otra vez hacia atrás: estaba tirante, firme, sujeto con una cinta roja. El peinado devolvía unos ojos rasgados. Orientales. Gatunos.
-Ni chofer, ni pasajero- dijo Ignacio -. "Anduve por ahí", es una forma de decir.
-¿Te casaste?
Él, en un acto instintivo, consultó el reloj de pulsera.
-Cinco años que nos recibimos- dijo.
Ella, sin dejar de mirarlo, se rió.
-¿Marca los años?
-¿El reloj?... No, no marca los años. Ni los años, ni las pulsaciones.
Enseguida se quedó mirando hacia cualquier parte. Verónica conseguía mortificarlo como antes.
Sigue igual. Tan enana. Las mismas miserias en el alma. En cambio yo sí crecí. Aprendí cosas. Aprendí a no ser manteca. La margarina es más sana. La sanación por el humor. Tumor. Humor negro. Si no hay tumor, no hay sanación. Tumor dulce humor.
-Soy un varón muy tímido.
-¿No me digas?
-Sí, ciertas personas me turban.
-¿Ah sí?
-Sí. Te podés dar cuenta enseguida, porque para saludarlas, digo: "¿Qué va?", o "¿Cómo tal?"
Verónica se llevó la mano a la boca y movió la cabeza para uno y otro lado.
-Se te lengua la traba.
-Sí.
Ella lo estudió seriamente. La expresión de la cara se iba modificando, como si estuviera recordando aquellos buenos tiempos del secundario. Después sonrió, los ojos le brillaron.
-Te convertiste en un tipo más interesante- dijo.
-¿Sí?
-Más seguro- dijo Verónica y reforzó la frase con un gesto de la mano.
-Ah...
-Si hubiera sabido... Digo, si hubiera sabido, no te habría dejado escapar... ¿Hiciste diván?
-No.
-Hombre de pocas palabras.
-Por qué decís eso.
-Porque son pocas, por eso lo digo. "Sí. No". En vez de boca y lengua, parece que tuvieses un martillo y un cincel.
Verónica movió la cortina de la ventanilla. El centro de la ciudad ya había quedado atrás. Se entretuvo mirando las casas que pasaban.
Ignacio se reprochó no haber sido más locuaz.
Ella dijo:
-Me conmueven.
-Qué.
-Esas casitas- dijo, señalando por la ventanilla -. Esas casitas con jardines adelante, me conmueven.
-Sí- dijo él, enseguida agregó -. Son cálidas.
-Transmiten paz, y lo que yo necesito es algo de paz.
Justamente. Estás frente, digo, al costado de un hombre bienaventurado que trabaja por la paz. Pienso ofrecerme como trapo blanco, sólo haría falta un mástil para enarbolarlo.
-En realidad- continuó Verónica -, no es algo de paz.
¿No? Lástima, pensaba en ofrecerme.
-No, yo necesito "toda" la paz.
Pienso en ofrecerme.
-Ché- dijo ella -, qué te pasa que no hablás.
-Ah... ¿hablo poco?
-¡Claro!
-Sucede que me gusta escuchar- dijo Ignacio.
-No, no. A vos te cambió la cara. Primero fue sorpresa, después, se notaba, estabas bien, contento. Ahora parece que alguien te estuviera aprisionado el alma con una morsa.
Ignacio quiso recuperarse e intentó una sonrisa, pero el resto de su cara no acompañaron el gesto.
-Me parece- dijo ella -, que en quinto año nos peleamos.
-¿Sí?... ¿Cuándo?... ¿En quinto?.
-Creo que fue en un picnic de la primavera.
-No- dijo Ignacio -. Fue en un partido de basquet.
-¡Ah, sí!, un partido de voley...
-Basquet.
-No tiene importancia si es béisbol o filatelia... Ahora me acuerdo: el gimnasio de la escuela. Sí, un campeonato interno o algo así.
-Se llamaban Intertribus: los Onas versus los Comanches.
-¡Ah sí!... Confraternidad deportiva.
Partido final. Eras la Hechicera de los Onas y arengabas; para decirlo sin eufemismos, insultabas, desde la tribuna. Yo era Comanche y desplegaba un cautivante juego para vos, mi enemiga, que con tus búfalos bufosos pisoteabas mi verde pradera. Y en el baile que cerraba la Intertribu, en el baile, querida Hechicera, pensaba sacarte a bailar. También pensaba otras cosas, que no diré ahora porque estoy bajo secreto de confesionario.
-Seguís enojado- dijo Verónica.
-No, no estoy enojado.
-Te digo que sí, se te nota.
-Que no y que no- dijo él simulando un berrinche.
-Tenés que conocerme, Ignacio
-Claro, lo que pasa es que...
-Ni me acuerdo qué fue lo que te dije.
-Yo tampoco- dijo, encogiéndose de hombros.
Dijiste: "¡Andá a meterle dobles al aro de tu hermana, nariz de tapir!"
-... para mí- continuó ella -las palabras van y vienen. Un par de palabras fuertes no pueden cortar una relación. Hay personas que a las palabras le asignan demasiado valor... ¿Vos, le das demasiado valor a las palabras?
No eran un par de palabras, era toda una frase. Completita frase completita. Pero igual te perdono.
-No- dijo él.
-"Sí. No"... martillo y cincel- dijo Verónica.
Hubo un incómodo silencio. Ignacio cerró los ojos.
Ya está: ya me cerré. No veo la realidad, estoy a salvo. En esta penumbra me convierto en el hombre de las ideas audaces. En esta oscuridad, soy héroe. Avestruz: abrí los ojos. Arriesguemos.
-Arriesguemos.
-¿Qué decís?
-Va todo lo que tengo al cero.
-No te entiendo.
-Estuve en el Seminario.
-Un seminario de qué.
-En el Seminario.
-¿Para cura?
Se va a reir, la conozco. Pero valía la pena arriesgar. Una vez en la vida, todo al cero. Pelado pelado, sólo pelusas en los bolsillos.
-¿Dejaste?- dijo ella.
-Sí.
-¿Por qué?
-Me costaba vivir algunas cosas
-¿Qué cosas?- dijo Verónica, pero no esperó la respuesta: volvió a mirar por la ventanilla.
-¿Vas a Buenos Aires?- dijo él.
Ella le contestó secamente:
-Sí.
Parecía ofendida.
Si está ofendida es porque le hice algo. Si le hice algo y se ofendió es porque le importo. ¡Ah, lo que es la mayéutica aplicada a uno mismo! La verdad es que me doy risa.
-¿Qué pensarías- dijo ella -si te digo que tuve siete novios?
Él repitió mentalmente la frase. Se tranquilizó con el tiempo verbal que ella había utilizado: "tuve".
-¿Qué te diría?... Te diría que, siete, en la cábala judía, significa plenitud.
-Qué bien- dijo ella, simulando un bostezo - ¿Eso lo aprendiste en el seminario?
-Sí. También aprendí poesía rápida para el hombre sin tiempo.
-¿A ver?
-¿Un ejemplo?
-Me encantaría.
-Cebolla de verdeo, tanto tiempo que no te veo.
Verónica soltó una carcajada. Varios pasajeros se dieron vuelta. El chofer los estudió por el espejito.
-Te falta una pieza- dijo ella.
-En el costado- dijo él -. Tengo un vacío acá- se llevó una mano a la altura del corazón -. Un vacío... como el que experimentó Adán cuando Dios le quitó una costilla para crear a Eva.
Verónica se quedó pensando.
-Me pareció una lindísima reflexión- dijo.
-¿Sí?
Ella lo miraba diferente. Esperaba que continuara hablando. Él se dio cuenta, pero no tenía nada que agregar.
-Así que siete... - dijo Ignacio.
-Siete- confirmó ella.
-Se ve que no encontraste el tipo justo.
-No hay tipo justo... ¿Vos conocés alguno?
-No, no conozco.
-¿Y vos?
-No- dijo él arqueando las cejas -, yo no tuve novios.
Verónica se rió con ganas.
-Estás del tomate... Me gusta la gente con posibilidad de ensalada mixta.
Ignacio también rió.
-Permiso- dijo Verónica -, voy al baño.
Él hizo ademán de levantarse.
-No- dijo ella, lo sujetó con suavidad por los hombros -, no te levantes.
Ignacio juntó las rodillas, las movió hacia el pasillo y pegó la espalda contra el asiento. Verónica salió de frente y le rozó la pierna. Buscó el baño, llevándose con ella la fragancia de flores.
Soy como un Ford-T del treinta: media manija y arranco. Está saliendo con alguien, seguro. Es imposible que esté sola. Nunca supo. Sin un varón a su lado. Al menos que haya cambiado en estos últimos años. Tal vez hizo un retiro en el Tibet. Me gustó (el Tibet no, ella), me gusta, me gustará. Es una locura. Tengo que mirarle el anular. No debo interferir.
-Volví- dijo Verónica.
Ignacio repitió el movimiento de piernas. Ahora ella entró de espaldas. Cuando terminó de pasar y se sentó, Ignacio se dio cuenta que no había podido observarle el dedo anular, sólo comprobó que la falda, atrás, le quedaba ajustada.
-¿Vas a pasear a Buenos Aires?- dijo él.
-No, estoy tratando de instalarme.
-¿Te gusta como ciudad?
-Me gusta el anonimato que propone.
Busco lo mismo, pensó en decirle Ignacio.
-Entiendo- dijo.
-Voy a dormir un ratito- dijo ella -¿Me despertás en Campana, por favor?
Él dijo "Sí". Lo dijo con bronca: ella prefería dormir. Verónica se cruzó de piernas, de brazos y luego se acurrucó contra la ventanilla.
Se durmió enseguida.
Ignacio la espiaba de reojo. Verónica respiraba serenamente, profundo. En cada inspiración el pecho se separaba de la blusa. Él podía declarar bajo juramento que, el corpiño que usaba Verónica, poco se parecía al que habría usado la abuela.
Parezco un cavernario. Me sueltan y a la primera mina que se me cruza. No es una mina. Minón. Mignón. Flautita. Traversa. Es linda y me gusta su forma de ser. ¿Qué decís, Ignacio? ¿Te gusta que las mujeres te traten mal? Creí que me tenía bronca. Aunque ese día las palabras que soltó no llevaban odio, parecían impersonales, huecas. Como dijo ella: "Palabras que van y vienen". Es desenfadada. Y seductora. Buenobueno, frenemos: Spoot. No, iluminación, no. Señal de tránsito: Stop.
Verónica se movió, dijo algo en sueños. Ignacio dejó de espiarla. Ella giró, apoyó suavemente la cabeza en el hombro de él. Desbocada, en el pecho de Ignacio, galopaba la medalla del Sagrado Corazón. Cuando consiguió dominarse, disfrutó ese rostro dormido en su hombro. Con un mínimo movimiento de la mano derecha, sacó el pañuelo del bolsillo del pantalón. Se limpió la nariz. No pudo evitar pensar en "Nariz de Tapir". Cerró los ojos y nuevamente lo atrapó ese perfume de flores silvestres.
Soñó que jugaba al tenis con el Obispo. Era un partido desleal. A Ignacio, en lugar de raqueta, le habían puesto en la mano un diario Clarín enrollado. Para ganar tenía que desplegar una táctica agresiva de saque y volea, pero él era jugador de fondo y el diario se iba haciendo pedazos. Después soñó que estaba en el campo y era de noche. Una noche oscura, sin luna. Comenzó a aclarar por el este. El alba disolvió estrellas lejanísimas. Ahora podía ver. En el horizonte distinguió una silueta, una forma de mujer. Él comenzó a caminar hacia el horizonte, pretendía alcanzarlo. Pero el horizonte mantenía siempre la misma distancia. La forma de mujer también.
-¿Una pastilla?- dijo Verónica.
-¿Eh?
-El aliento a omnibus es terrible.
-Me quedé dormido - se disculpó Ignacio - ¿Por dónde andamos?
-Por la ruta.
Los dos rieron.
-Escobar- dijo ella sacando un espejito de la cartera.
-Tenía que llamarte en Campana...
-Está bien- dijo, sin dejar de mirarse en el espejito -. No era importante.
Ignacio tuvo celos de éso que no era tan importante. Verónica dijo:
-Maquillarse arriba de un carricoche como éste, es un riesgo: un bache y quedás tuerta- repasó los labios-. Si les gusto como estoy: bien; sino, a otra cosa mariposa.
-Estás linda- dijo Ignacio.
Se puso colorado.
Ella lo espió por el espejito. Después lo cerró y lo guardó en la cartera.
-¿Te parezco linda?
-Sí... me parece que sí.
-En el barrio dicen que estoy regalada.
-No entiendo.
-Pasando los veinte: de novio, casada, o regalada.
-No creo que vos estés regalada- dijo él. Estaba eufórico y no conseguía dominarse.
-Eso dicen- Verónica lo miraba.
Ignacio no aguantaba esa mirada caliente y se esforzaba por armar una frase.
-Qué hablen al pedo todo lo que quieran- dijo ella -. En Buenos Aires me irá bien.
Ignacio interpretó, o quiso interpretar esa frase como una insinuación.
-¿A qué lugar vas?
-San Telmo.
-Ah- dijo él. No tenía idea dónde quedaba -. Yo voy a Lima al novecientos.
-Estamos cerca- dijo ella sin interés.
-¿Cerca de la terminal?
A Verónica le dió risa.
-No, tontito- dijo, y lo agarró del mentón -. Lima al novecientos, está a pocos minutos de San Telmo.
Él hubiera querido que ella no dejara de tomarlo por el mentón y que le repitiera durante una semana: "No, tontito".
El omnibus abandonó la Avenida General Paz y se metió en Figueroa Alcorta. Verónica miraba cómo el sol pegaba y se deslizaba en las aguas del Río de la Plata.
-Tal vez podríamos encontrarnos- dijo él.
Ella giró súbitamente. Sonreía y estaba hermosa.
-¿Me estás encarando, Ignacio?
-¡No!... No. Conversar... y todas esas cosas.
-Ah, me parecía- dijo ella y le guiñó un ojo -. Anotá mi dirección.
El coche entró a la Terminal de Omnibus.
-Muy bien- dijo ella -. Llegamos.
Él pensó que debía medir, elegir, las últimas palabras.
-Llegamos- dijo.
Bajaron. Verónica no tenía equipaje, sólo un bolso de mano.
-Ahora te alcanzo- dijo él y se encaminó rápido hacia la baulera del ómnibus.
-Allá- dijo Verónica -. Te esperó allá- y señaló la puerta de la sala de espera.
Ignacio retiró el bolso y fue a buscarla.
-Bueno- dijo él -, aquí estamos.
-Hoy estamos, mañana no sabemos- dijo ella.
A su lado, un hombre con aspecto de maletero, sostenía el bolso de Verónica. Ignacio recordó que no tenía monedas y se aferró con extraña fiereza a las manijas. El hombre lo miraba, como si lo conociera de antes. Hubo un titubeo entre los dos. El altavoz de la terminal se hizo cargo del silencio e informó que, a las diez y quince, partía un coche hacia Santa Fe.
-¡Ah- dijo Verónica -, qué despistada soy!.
Parecía haberse acordado de algo importante. Comenzó a dibujar en el aire un arco con la mano, que terminó exactamente en el pecho del hombre con aspecto de maletero. Haciendo una reverencia, como una actriz que saluda a su público, anunció:
-Te presento a mi pareja.
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