Teresa de Lisieux dejó escrito:
“Madre querida, sabéis muy bien que el Señor se ha dignado hacer pasar a mi alma por muchas clases de tribulación: he sufrido mucho desde que estoy en la tierra. Pero si en mi infancia sufrí, con tristeza, ahora ya no sufro así, lo hago con alegría y con paz. Verdaderamente hallo mi alegría en el sufrir.
Así, a pesar de esta prueba, que me roba todo goce, aun puedo exclamar: "Señor, me colmáis de alegría con todo lo que hacéis" (Salmo 91). Porque, ¿hay, acaso, una alegría mayor que la de sufrir por vuestro amor?... Cuanto más íntimo es el sufrimiento, tanto menos aparece a los ojos de las criaturas, y tanto más os alegra a vos, ¡oh. Dios mío! Pero si, por un imposible, vos mismo tuvieseis que ignorar mi sufrimiento, yo me sentía aún dichosa de padecerlo, si con él pudiese impedir o reparar un solo pecado cometido contra la fe...
Sabéis también que Jesús me ha presentado más de un cáliz amargo, y los ha retirado de mis labios antes de beberlas, pero no sin antes haberme dejado saborear su amargura.
Mi único fin sería, pues, cumplir la voluntad de Dios, sacrificarme por él de la manera que más le agradase.
Estoy segura de que no sufriría decepción ninguna, pues cuando se cuenta con un sufrimiento puro y sin mezcla, la más pequeña alegría resulta una sorpresa inesperada. Además, vos lo sabéis, Madre mía, el sufrimiento mismo se convierte en el mayor de los gozos cuando se lo busca como el más precioso de todos los tesoros.”
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