Woher
Por: Miguel A. Ostoich
Woher viajaba a alta velocidad. Llegaba tarde para la cita anual.
El auto aminoró la marcha y se dirigió al estacionamiento del subsuelo del cual sólo tres personas tenían acceso.
Woher, con paso firme (el paso altivo de siempre), entró al hotel.
Isaac, el conserje, lo recibió con una sonrisa fingida. Habían pasado cuarenta años, sin embargo todos esos años no consiguieron atenuar lo que había vivido en Auschwitz.
-Buenas tardes- dijo Woher.
-Buenas tardes, señor Woher: arriba lo están esperando. En cinco minutos les alcanzo el café.
Isaac dejó caer tres o cuatro pastillas soporíferas en la cafetera. En media hora, pensó, pondré fin a tantos años de tormento. Colocó la cafetera y tres pocillos en la bandeja y subió al primer piso.
Golpeó la puerta y esperó que abrieran. Nunca le habían permitido pasar.
-Gracias- dijo Woher y recibió la bandeja.
Isaac consultó el reloj, las pastillas ya habrían hecho efecto. Sólo faltaba ejecutar la última parte del plan, pero no se sentía feliz. Hubiese querido preguntarles el por qué de aquella orden que terminó con la vida de tanta gente, entre ellos la de sus padres.
Con la llave maestra abrió la habitación. Los cuerpos de los tres ancianos se encontraban inertes en los sillones. El sueño los había sorprendido en una conversación amena. Acaso evocaban los viejos tiempos. Isaac los miró un instante, maquinalmente sacó del bolsillo la cinta de embalar. Empezó a sellar los intersticios de puertas y ventanas. Fue hasta el calefactor, accionó la válvula y el gas comenzó a salir. Repasó con su mirada a los tres hombres. Se sintió cansado. Dejó caer su cuerpo en un sillón: su lucha había terminado.
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