Dice Juan Pablo II:
No habéis sufrido, o sufrís, en vano: el dolor os madura el espíritu, os purifica el corazón, os da un sentido real del mundo y de la vida, os enriquece de bondad, de paciencia y -oyendo resonar en vuestro espíritu la promesa del Señor: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados"- os da la sensación de una paz profunda, de una alegría perfecta, de una esperanza gozosa.
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