Poetas del Lavadero
Todo lo sólido se desvanece en el aire
Un cuento de Susana Benavídez
El bazar había resistido hasta entonces el avance de la modernidad. La fachada alta era de piedra gris con dos ventanales-vidriera donde se acumulaban sin orden coherente ni gusto estético ollas de aluminio, platos de porcelana junto a bachas de loza, vasos de vidrios y de madera, enormes fuentones de plástico, cortinas de hule y todo lo que se pudiese imaginar, cubierto por una fina capa de polvo que sólo era quitada de vez en cuando por la empleada.
Ella repartía su tiempo entre los pocos clientes, la atención y cuidado de los ancianos dueños y la limpieza de la casa ubicada en el fondo del terreno, contigua al local.
Atrapado entre un moderno negocio de electrodomésticos, amplio y luminoso, de paredes completamente vidriadas, y una perfumería que emanaba sofisticación, el bazar semejaba una flor marchita en un ramillete de pimpollos frescos, recién cortados.
Los dueños eran un matrimonio: ella, doña Leonor, delgada y de baja estatura, poseía una vitalidad que desmentía su edad. Vestía polleras durante todo el año porque jamás habían logrado conquistarla los pantalones y visitaba la peluquería con puntualidad una vez a la semana para mantener prolijos los pequeños rulos que adornaban su cabeza.
El, don Pedro, era un hombrecito deslucido, postrado en silla de ruedas desde hacía quince años consecuencia de un accidente de tránsito. Le gustaba conversar pero generalmente dejaba hablar a su señora - y ella lo hacía con ganas-. Así surgió la fama de reservado entre quienes no lo frecuentaban, cuando en realidad era un caballero con su mujer. Tenía el cabello y el bigote prolijamente recortados, tarea de su dedicada esposa. Al sonreír, don Pedro dejaba ver los dientes que hacían pensar de inmediato en un conejo.
Sin descendencia ni parientes cercanos siempre estaban acompañados por la empleada, Marita. Ella vivía allí con los ancianos quienes la trataban como a una hija y como tal, Marita se brindaba. El cariño de los viejos era una caricia para su soledad.
Un día entró al bazar un hombre de mediana edad, vestido de traje, con un portafolios en la mano izquierda. Su pulcritud y presencia se destacaban en aquel lugar donde reinaba un aire viejo y triste.
Avanzó decidido hasta el fondo del local junto al mostrador dónde se hallaban los ancianos y excediendo la diestra los saludó afablemente y se presentó.
Era el corredor inmobiliario más conocido y respetado de la ciudad. Le había echado el ojo a aquel local situado en pleno centro comercial y luego de algunas averiguaciones supo que podría hacer un muy buen negocio si lograba adquirirlo. Con claridad les explicó a los ancianos su proyecto y les ofreció una suma importante de dinero.
Los viejos no se mostraron ni entusiasmados ni contrariados. Sólo se miraron un momento, lo que semejó una extensa conversación, luego doña Leonor le dio una respuesta negativa al agente. Este, antes de marcharse, les aconsejó que pensaran la propuesta y les dejó una tarjeta.
Apenas se fue el hombre, Marita, que había oído toda la conversación mientras repasaba una y otra vez con la franela la misma fuente, les hizo saber su opinión. No debían vender. ¿Para qué? dijo Marita. Acá estamos bien ¿cierto?. Tenemos techo, estamos los tres juntos ¿cierto? Les terminó de decir la voz casi quebrada por el llanto.
Los ancianos guardaron silencio.
El agente volvía con frecuencia, sin claudicar, como buen negociante, para llevarse siempre la misma negativa.
Los viejos parecían inconmovibles. Sin embargo un día sorprendieron a Marita comunicándole que venderían todo. Casa y local. De nada valieron los peros, las protestas, el llanto y hasta el enojo de Marita. Ellos ya se habían decidido tras largas noches de cavilaciones que tenían por delante muchos proyectos para los tres – Marita también, por supuesto – si lograban vender por el verdadero valor del lugar.
Con grandes y desparejas letras blancas pintaron en la vidriera:
Liquidación por cierre.
La gente comenzó a asomarse por allí tímidamente pero luego el poder convocante del “boca en boca” hizo que a toda hora hubiese en el local al menos tres clientes juntos. Parecían buscadores de tesoros; lo primero en venderse fueron las mejores piezas.
Los ancianos observaban en silencio aquel movimiento repentino, y Marita iba y venía febrilmente sintiéndose importante y ocupada.
Una tarde de lluvia mientras tomaban el té, la vieja comentó en voz alta sus pensamientos:
-Mi padre compró este lugar apenas llegamos al pueblo. Bien ubicado, era una de las tres cuadras pavimentadas. ¡Cómo cambió todo! Nunca supe por qué vinimos aquí. Padre era un hombre de pocas palabras. Me gustaba imaginar que… ¡ Bah ! – dijo moviendo la mano como espantando la fantasía infantil; continuó luego: - Yo tendría cuatro o cinco años. El bazar fue una novedad en este pueblo, era un negocio como los de la capital… teníamos muchos clientes… Al año siguiente murió mamá y mi padre y yo quedamos completamente solos en el mundo. No conocí familia, nunca. Crecí entre piezas de cristal y porcelanas finas pintadas con acuarelas, y aprendí a moverme con delicadeza., cuidadosamente, pues mi mundo era un lugar donde todo podía romperse.
El viejo en la silla de ruedas la miraba con ojos húmedos.
Una clienta se había detenido cerca, atrapada por el retrato de la anciana.
-Te conocí acá – le dijo el viejo a su mujer.
-Si, acá – señaló la vieja un lugar junto al mostrador de madera labrada- donde rompiste aquella tetera que comprabas para un regalo a tu madre…
Los ancianos terminaron el té en silencio.
Al día siguiente la misma clienta volvió y al acercarse a la caja a pagar su compra le dijo a la anciana:
-¿Así que cierra el bazar, abuela ?, ¡lástima!
-Sí querida – contestó ella- lástima, pero…
-Tantos años aquí – siguió la otra y recordando las palabras de ayer agregó: - Y acá lo conoció a su marido… cuando rompió la tetera diciendo que era un accidente sin importancia…
-El muy tonto se olvidó de todo cuando me vio – dijo ella con una sonrisa de
orgullo.
-¡Qué muchacha bonita! – exclamó el viejo elevando la mirada al techo.
Se sucedieron los días y en cada uno que pasaba los ancianos continuaban relatando su historia ante la audiencia de clientes y curiosos que iban creciendo en número.
Era como seguir una novela, sin libro ni televisor: Un relato con la voz de sus propios protagonistas. Cada tarde, a la hora del té, era una cita en el bazar a oír a los ancianos.
Un lunes, último día de julio frío y ventoso, una nueva pintada en la vidriera
anunciaba:
Hoy cierre definitivo.
-¿Y qué van a hacer después? – preguntó alguien.
Los viejos se tomaron de las manos y mirando a Marita sólo sonrieron. Aquella tarde fue el relato de la última historia.
Poco tiempo después una cuadrilla de obreros llegó al lugar y levantó el vallado de seguridad correspondiente para empezar la obra de remodelación.
Los ancianos ya no fueron vistos en la ciudad. Algún vecino aseguró que habían iniciado un viaje, pero nadie sabía a ciencia cierta a dónde… Se nombró Córdoba, México y hasta varios lugares cálidos de Europa…
Marita se marchó con ellos y se dijo que los viejos la habían adoptado legalmente.
Terminada la remodelación del antiguo bazar y la casa, lucían luminosos y coquetos, seis pequeños locales, en galería, ocupados por empresas de telefonía celular, tiendas de ropa infantil, de bijouterie y boutiques.
No quedaron rastros del antiguo comercio ni de sus viejos dueños.
Edificio y personas que, excepto por algunos que tal vez, en ocasiones, recordarán sus historias, pareciesen no haber existido.
Fin
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