Jorge Sagrera Escritor/Lic. en Comunicación Social

miércoles, 18 de junio de 2008

Héroes, los de antes



 

...GRAN CONDUCTOR...

 

I

  

Moisés era un varón importante, hay cuatro libros del Antiguo Testamento, que lo tienen como principal protagonista: Deuteronomio, Números, Levítico, Éxodo. Era un varón importante y bien plantado: en algunas ocasiones lo escuchamos increpándolo a Dios: "Deja de lado tu indignación y arrepiéntete del mal que quieres infligir a tu pueblo".

 

¡Qué audaz!, ¿cierto? Así, era este muchacho.

 

Como puede notarse, en el tándem Dios y Moisés, había algunos chisporroteos y, en uno de éstos, a Moisés le mostraron la tarjeta roja. Dice el pasaje bíblico (Deuteronomio 32.52): "Por eso no entrarás en la tierra que yo daré a los israelitas, sino que solamente la verás de lejos". 

 

Hablamos, claro, del ingreso a la Tierra Prometida. Quién sabe la que se habrá mandado Moisés para no poder entrar a la Tierra Prometida. ¿Qué era la Tierra Prometida? ¿Qué significaba para el pueblo de Israel? ¿Qué para Moisés? ¿Cuál es su Tierra Prometida, estimado lector? Nos hacemos estas preguntas para tener una idea aproximada de la amonestación de la que el patriarca fue objeto.

 

Aunque, según Deuteronomio 3. 25, Moisés sería algo así como un primer Cristo: cargó con culpas ajenas. "Déjame ir a ver la hermosa tierra que está del otro lado del Jordán", le suplica a Dios, y, a continuación, refiriéndose a los israelitas: "Pero por culpa de ustedes Dios se irritó contra mí y no me escuchó".

 

Moisés, recordamos, salió de Egipto con todo el pueblo de Dios detrás (a veces se le ponían a la par, porque estaban muy apurados). Era un líder y un gran conductor. Tomó con firmeza a ese pueblo y lo condujo por el desierto unos cuantos años. Les pasaron cosas en esa travesía. Muchas. Pero en el horizonte estaba la Tierra Prometida. Eso los hacía caminar, los animaba.

 

Ahora bien, al líder, al conductor, al hombre de la brecha, le advierten, a poquísimo de plantar su huella en la Tierra Prometida: "No entrarás, no pisarás el suelo por el que tanto peregrinaste". Y no sólo con los pies había peregrinado el patriarca, lo había hecho con el alma.

 

Lo invitamos a reflexionar: qué hubiera hecho usted estimadísimo lector, si, a pocos kilómetros de la llegada a "la meta" (cualquier meta, por la que valga la pena sacrificarse), su superior le advierte: "¡No entrarás!". ¿Qué haría? ¿Reflexionaría usted lo siguiente?:

  • "Si yo no puedo entrar me voy ahora mismo", o
  • "¡Que se arreglen solos, que se arreglen!". O, tal vez, no tan drásticamente y con la vena del cuello no a punto de reventar, tal vez diríamos al pueblo:
  • "Se me ha informado que no voy a entrar; bien, me lo merezco, sigan ustedes, nomás, yo me quedo acá". Sí, acaso, ésta sea una reflexión menos histérica y menos caprichosa.

 

Muy bien, nos pusimos de acuerdo. Pero, ¿qué cree que hizo Moisés?... Sí, señor, ha acertado: usted puede llegar a ser un gran profeta. Moisés siguió al frente de su pueblo, conduciéndolo, aún sabiendo que él no vería, no gozaría, nada por lo que marchó cuarenta (muchos) años.

 

Suele decirse que la voz del pueblo es la voz de Dios. Ojalá encontremos dos o tres Moisés dando vueltas por ahí.

  

 

II

 

Hablamos de Moisés, alguien con una capacidad de renuncia de sí mismo que añoramos en estos tiempos.

 

El 97% de las personas (dejemos ese 3% restante como una reserva, tal vez sean aquellos que subirán al Arca) tenemos una particularísima perspectiva de lo que, por ejemplo, puede ser la vivencia de determinados tipos de valores.

 

¿No se ha sorprendido usted, alguna vez, asestándole una pequeña infidelidad a la vida? Digo, un  pequeñísimo, insignificante, acto de corrupción. Una norma, un estatuto, un reglamento, una ley, atravesada por el lateral. No estamos diciendo algo grueso (¡en el acto pondríamos stop!); hablamos de cuestiones imperceptibles, "que casi la cumplo, que casi por un pelito la cumplo, o por un pelito no la cumplo. Pero estuve ahí, ¿eh?, casi bien".

 

Teoría: Hay que construir un orden más justo, un sitio más agradable.

 

Práctica: siempre y cuando no me toque a mí comenzar.

 

Solemos tener buenas y nobles excusas para nuestras acciones. Lo digo en serio,  yo soy un argentino ejemplo:

 

·         "¿Entré en contramano?; sucede que vivo acá, a un cuarto de cuadra, no voy a dar toda la vuelta".

·         "Sí, pasé con el semáforo en rojo, pero lo hice despacito y no venía nadie".

·         "¿Los desagües se van a tapar porque tiré un papel a la calle?: no exagere, hombre".

·         "No, no me dio factura por el equipo que compré. Reconozco que estaba a mitad de precio, pero el vendedor me aseguró que no era robado".

 

En Los hermanos Karamazov, Dostoievsky, hace decir a uno de sus personajes: "Conocí a un gran idealista a quien, un día, encerraron en prisión. A la semana del encierro, era capaz de vender sus ideales por un paquete de cigarrillos: y un hombre así dice: 'Voy a cambiar el mundo'".

 

¿Qué tal, eh? Parece ser que hace falta una gran fuerza de voluntad para cambiar el mundo. Claro, que habla de un paquete de cigarrillos, es decir: veinte cigarrillos. Tengamos la esperanza de que, por diez, el personaje de Dostoievsky no se hubiera corrompido.

 

Una curiosidad: ¿cuáles y cuántos son los cigarrillos por los que usted vendería un ideal? (¿Yo?: seis de chocolate, son mi debilidad)

 

Y hablando de corrupción, soy optimista. San Agustín, en sus Confesiones, escribe que, si el corazón del hombre se ha corrompido, significa que antes no lo estaba. Es decir, para que una materia se corrompa, necesariamente debe tener un estado anterior sin mácula. ¿No le parece alentador saber que si bien podemos corrompernos, podemos también no hacerlo?

 

Tal vez usted, estimado lector, se encuentre en ese 3% (¿ha reparado que, "3", está relacionando con lo trinitario?) que tendrá un lugar en el Arca. En todo caso, ¿no podría hacerme un espacio a mí?

 

 


Tags: Ejemplo bíblico, Conducción, Renuncia, Líder, Ideales, Comunicación, Opinión.

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