El costo de tus manos limpias

-Hermanito- dice Jean con voz estrangulada.
-Ya sabía que ibas a venir.
-¿Te sientes mal?
-No. Pero creo que no llegaré a viejo.
Jean toma entre las suyas las manos de Lucien:
-¿Me odias?
-No, te compadezco. Yo he podido guardar hasta el fin las manos limpias. Y nada tengo que lamentar.
Y retirando su mano de la de Jean, lo mira con severidad:
-Tienes las manos llenas de sangre.
-Ya lo sé -concede Jean- ¿Y crees que no hubiese querido conservarme también puro? Pero si hubiese hecho como tú, el Regente estaría aún en el poder. La pureza es un lujo. Tú te lo has podido permitir, porque yo estaba cerca de ti y era yo el que me ensuciaba las manos.
[...]
-Jean, ¿por qué me dices estas cosas? ¿Quieres que muera desesperado?
-No. No, Lucien.
Jean vuelve a sentarse en la banqueta cerca de Lucien, tomándose la cabeza entre las manos:
-¿Crees que yo mismo no estoy desesperado? Todo lo he tomado sobre mí. Todas las muertes y hasta tu propia muerte. ¡Me tengo horror!
-¿Hice mal en quererme mantenerme puro?
-Yo… yo no lo creo. Sé que hacen falta hombres como tú y hombres como yo.
J.P Sartre
El engranaje
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