lunes, 24 de noviembre de 2008
Una llama, por débil que parezca
Encender una vela

Dedicado a N., que perdió la fe en la humanidad
¡Cuántas veces las tinieblas de la soledad, que oprimen a un alma, pueden ser desgarradas por el rayo luminoso de una sonrisa o de una palabra amable!
Una palabra buena se dice pronto; sin embargo, a veces se nos hace difícil pronunciarla. Nos detiene el cansancio, nos distraen las preocupaciones, nos frena un sentimiento de frialdad o de indiferencia egoísta.
Así sucede que pasamos al lado de personas a las cuales, aún conociéndolas, apenas les miramos la cara y no nos damos cuenta de lo que frecuentemente están sufriendo por esa sutil, agotadora pena, que proviene de sentirse ignoradas.
Bastaría una palabra cordial, un gesto afectuoso e inmediatamente algo se despertaría en ellas: una señal de atención y de cortesía pueda ser una ráfaga de aire fresco en lo cerrado de una existencia, oprimida por la tristeza y por el desaliento.
Del libro Orar, de Juan Pablo II
Tags: Espiritualidad, Juan Pablo II, Reflexión, Una sonrisa.

